BARCELONEANDO

Entre animales sospechosos

Animal Sospechoso fue una revista y ahora es una editorial y un local multiusos dirigidos por el poeta colombiano Juan Pablo Roa

Juan Pablo Roa en su editorial, Animal Sospechoso.

Juan Pablo Roa en su editorial, Animal Sospechoso. / JULIO CARBÓ

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RAMÓN DE ESPAÑA / BARCELONA

Decía José Ángel Valente (1929-2000) que un poema es, para cualquier ideología, un animal sospechoso porque no se puede controlar. Ese concepto debió ser del agrado del colombiano Juan Pablo Roa (Bogotá, 1967), pues 'Animal sospechoso' fue el nombre con el que bautizó la revista de poesía que fundó en 2002, la editorial que dirige desde hace un par de años (la publicación cerró en 2009, tras cinco números elaborados a trancas y barrancas, cosa habitual en el menesteroso mundo de la poesía) y el local que compró en el número 9 de la calle Ventalló de Barcelona, donde vende libros de segunda mano, alberga exposiciones artísticas, acoge presentaciones de ediciones propias y ajenas y alquila los fines de semana para todo tipo de actos culturales. Aunque lleva abierto desde diciembre, Animal Sospechoso será oficialmente inaugurado los próximos días 26 y 27 con lecturas poéticas, actuaciones musicales variopintas (de una cantautora a una violonchelista) y alguna que otra sorpresa.

Como era de prever, Juan Pablo es poeta -en el 2011 ganó el premio Vila de Martorell con su libro 'Existe algún lugar en donde nadie'- y sabe que el animal sospechoso por antonomasia no da de comer ni a su padre. Su editorial, con un ritmo de dos novedades al año, no es precisamente una máquina de ganar dinero. Por eso tiene otra editorial, Antípodas, que en cierta medida mantiene a la primera, pues se centra en temas relacionados con la autoayuda, aunque de manera tan digna que dudo mucho que le ayude a lucrarse en serio: los genuinos cantamañanas de la autoayuda -se llama así porque solo ayuda a los que escriben los libros, ¿verdad?- publican sus paparruchas optimistas en otros sellos más potentes.

José Ángel Valente calificó la poesía como animal sospechoso  por su habilidad para escapar al control de cualquier ideología

Pero nuestro hombre no parece alguien al que le mueva en exceso la acumulación de dinero. Si te acercas por su local, como hice yo el pasado jueves, te lo encontrarás sentado al ordenador, ante un sencillo escritorio, trabajando y pensando en sus cosas. Y si le informas de que está libre el cargo de Escritor Oficial Colombiano en Barcelona -por el que pugnaron durante años los difuntos Óscar Collazos y Rafael Humberto Moreno Durán, que se profesaban mutuamente un odio sarraceno cuyo origen nunca llegué a dilucidar-, pone cara de que eso no puede importarle menos.

MUERTE TONTA

Juan Pablo llegó a Barcelona dando un rodeo. Su padre murió en 1992, y su hermano menor en 1993: “Mi padre, de enfermedad. Mi hermano, de la manera más tonta. Cuando bebía, tenía la mala costumbre de ponerse a trepar por los edificios, y una madrugada que iba cargadísimo, le dio por escalar la casa de nuestra madre, perdió el equilibrio, cayó en una alberca llena de agua que atendía las necesidades de una obra aneja y se ahogó. A mí, entre la muerte de mi padre y la de mi hermano, se me vino el mundo encima y solo tenía ganas de salir corriendo de Colombia. Fue así como acabé en Lisboa, estudiando portugués. Afortunadamente, allí conocí a una genovesa llamada Roberta, que ahora es mi esposa y la madre de nuestra hija Cloe, con la que, tras unos pocos años en Italia, me vine para España. Al principio pensamos instalarnos en Madrid, pero Roberta sabía que echaría de menos el mar y yo sabía que Barcelona era la ciudad de las editoriales. Así pues, aquí acabamos y aquí seguimos”.

Juan Pablo es consciente de que si vende 500 ejemplares  de cada libro ya podrá darse con un canto en los dientes

Gracias a una carta de recomendación para Nicanor Vélez, que dirigía el área de poesía de Galaxia Gutenberg, Juan Pablo empezó a ejercer de editor, convertido en la mano derecha de Vélez hasta el fallecimiento de éste en 2011. Tras pasar por Duomo -editorial que ahora languidece, pero que desarrolló una gran labor literaria, ya que no comercial, cuando la dirigía Valerie Miles- y otros sitios en los que no se sintió muy bien tratado, decidió liarse la manta a la cabeza o, como él mismo dice, “opté por explotarme a mí mismo en vez de dejar que lo hicieran otros”. Pensando en ganar algo de dinero, “me percaté de que en esta ciudad, y concretamente en Gràcia, hay un centro de terapias alternativas en cada esquina, y la clientela de esa clase de sitios suele mostrarse receptiva a ensayos a medio camino entre la filosofía, la sociología y la autoayuda, así que de ahí salió Antípodas”.

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La casa madre, por llamarla de alguna manera, solo ha publicado dos libros hasta ahora, uno de George Herbert y otro de Rosa Lentini. ¿Tirada?: 1.000 ejemplares. Juan Pablo es consciente de que si vende 500 de cada uno ya podrá darse con un canto en los dientes, pero eso tampoco parece preocuparle demasiado. Sabe que la poesía es un animal sospechoso, pobre, honrado y carente de la menor relevancia social, pero hasta ahora le ha permitido ganarse la vida haciendo lo que le gusta. Y como él mismo dice: “Si me arruino con las editoriales, siempre puedo convertir este local en un restaurante colombiano”.

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