Excursión al Berlín este barcelonés

A los pies de la térmica del Besòs de invirtieron para los JJOO 1.200 millones de pesetas que no lucen como se merecen

Entorno del polideportivo municipal Marina Besòs, junto a la central térmica. / CARLOS MONTAÑÉS

Entorno del polideportivo municipal Marina Besòs, junto a la central térmica.
Instalaciones del polideportivo, con las tres chimeneas de la térmica asomando al fondo.
Entorno del polideportivo Marina Besòs, junto a la central térmica.

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Barcelona es, pese a todo, una ciudad aún amurallada. Está, por ejemplo, la muralla de Riera Blanca. Desde sus almenas se puede disfrutar de unas vistas panorámicas sobre L’Hospitalet. No es una muralla física, de acuerdo, sino psicológica, pero por ello es más difícil de franquear. El barcelonés prototípico no suele ir nunca a L’Hospitalet. La prueba del nueve es la sinceridad que mostró el filósofo y ensayista Josep Ramoneda cuando la alcaldesa Núria Marín le encargó que diseñara un plan estratégico para convertir esa ciudad, la segunda de Catalunya en población, en una plaza fuerte de la cultura. Confesó que, antes de aceptar el encargo, de L’Hospitalet sabía poco o nada, y que, tal vez por eso, su sorpresa posterior fue agradable y mayúscula.

A lo que íbamos. Barcelona tiene murallas. Son 11, tantas como municipios con los que comparte frontera. Así que, cuando por cuestiones personales toca ir a la calle de Dolores Ibárruri de Sant Adrià, al polideportivo municipal Marina Besòs, no está mal ir a lo Ramoneda, dispuesto a aceptar que Barcelona no es el ombligo del mundo metropolitano. Menudo sorpresón.

El motivo de esta aventurilla extramuros no es otro que esa sabatina actividad familiar que tantos padres y madres conocen, las ligas escolares, en este caso de voleibol, partidos que suelen jugarse al aire libre, y este es a las nueve de la mañana y desde la perspectiva de un barcelonés prototípico, al otro lado del barrio de La Mina, justo cruzar el río y al lado del mar, junto a la llamada playa de Chernóbil, a la sombra de las torres de la central térmica.

El partido (derrota sin piedad del equipo visitante, lástima) se juega sobre un piso de estupendo parquet, a cubierto. Junto a la grada hay un bar espacioso con vista al mar y, al otro lado de un cristal, la piscina cubierta. Desde la pista de tenis se divisan a la perfección las monumentales torres de la térmica, que la empresa propietaria quiere demoler y que una plataforma vecinal de Sant Adrià pretende salvar. Vistas de cerca le dan a aquel lugar un aire deliciosamente soviético, muy oportuno para la reflexión que viene a continuación.

Tiene piscina, pista de tenis,  gimnasio, polideportivo y está junto a la playa, y no es el Club Natació Barcelona

Aquel equipamiento es uno más de todos aquellos que se construyeron con motivo de los Juegos Olímpicos de 1992. Su uso durante aquella cita fue menor. Era el lugar en que entrenaban los jugadores de waterpolo y los de badminton, pero se edificó con la vista puesta en el futuro, se supone que en hoy mismo, por ejemplo. Por eso costó 1.200 millones de pesetas, porque el sueño entonces era adecentar el litoral barcelonés de punta a punta. En la Barceloneta se derribaron muy precipitadamente los chiringuitos y los tinglados del Port Vell para que la playa de la Barceloneta y, sobre todo, la de Sant Sebastià se integraran a la trama urbana. El objetivo, aunque con molestas contrapartidas, se consiguió con creces. Como muestra de ello sirve el hecho de que el Club Natació Barcelona (en el que conceptualmente se inspiraron en el 92 para levantar el de Sant Adrià) tiene cerrada la lista de admisión de nuevos socios. Costa arriba, la tarea fue más compleja. Hubo que adecentar el río, inventarse algo tan desopilante como el Fórum de las Culturas para cubrir la infame depuradora del Besòs y, lo que fue peor, tragarse el pundonor urbanístico de la ciudad para que un inversor americano edificara de una tacada Diagonal Mar. La inversión económica llevada a cabo es de las que quitan el hipo, sin duda, pero la meta propuesta no se ha alcanzado aún, pues las torres de la térmica, la playa de Chernóbil y el polideportivo de Marina Besòs conservan intacto ese aire de Berlín este antes de la caída del muro. ¿Por qué?

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Una explicación (discutible, como todo, pero pescada en aguas de urbanistas con una dilatada trayectoria profesional) es que cuando Xavier Trias llegó a la alcaldía en el 2011 recolocó en el fondo del cajón buena parte de los proyectos heredados del anterior equipo y dio prioridad a los nuevos, a los suyos, como la controvertida marina de lujo del Port Vell o la reforma de la Diagonal. Vamos, que invirtió en Berlín occidental.

Los barrios más próximos al Besòs –prometió recientemente Ada Colau—serán destinatarios estos próximos años de un buen pellizco de las inversiones municipales. Quién sabe. A lo mejor cae por fin una muralla.