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El olor a cloro de la infancia

El Gimnàs Sant Pau, que cumple 75 años en el Raval de Barcelona, nació como Baños Populares

Olga Merino

El Gimnàs Sant Pau cumple tres cuartos de siglo. 

El Gimnàs Sant Pau cumple tres cuartos de siglo.  / ALBERT BERTRAN

Ronda de Sant Pau, en el número 46, casi tocando con la plaza Folch i Torres. A eso de las 11 de la mañana, un grupo de señoras, recién salidas de pilates o del aquagym, comparten café y conversación en la cafetería del centro deportivo, una plática distendida que, en un bucle peculiar, mezcla a Makoke, la costilla de Matamoros, con la nuera de no sé quién. Algunas de las tertulianas tienen el carrito de la compra dispuesto para acercarse, tan pronto salgan, hasta el mercado de Sant Antoni, en una escena cotidiana, de gimnasio familiar, muy de barrio y charleta en el bar, donde la gente se saluda por el nombre en vez de entrar con los cascos puestos y el espinazo tieso. Aquí la clase de zumba es de zumbao.

         El Gimnàs Sant Pau, que así se llama, celebra su 75º aniversario. Fue inaugurado en noviembre de 1940, con el nombre de Baños Populares, por la Sociedad General de Aguas de Barcelona (SGAB), que abrió poco después otras dos instalaciones, en el Clot y Gràcia, en un tiempo en que hacerse unos largos en la piscina y asearse costaba peseta y media.

         Por aquel entonces, cuando Barcelona aún trataba de sacudirse de encima el motete de “ciudad del tifus” tras la mortífera epidemia de 1914, disponer de un plato de ducha en casa suponía un lujo a la altura de los pollos de Carpanta. Tampoco es que entonces gustara demasiado el agua, como sugiere un folleto de la época editado por la SGAB para darse autobombo que se conserva en el archivo histórico.

"Hemos hecho el trabajo del ayuntamiento", dice el director, Ernest Morera

Redactado en un estilo rimbombante, con la prosa sonajero tan característica del nodo, el texto alaba la “benemérita labor” de los particulares que a la “chiticallando” habían abierto duchas y baños en diversos puntos de la ciudad, al tiempo que promueve las virtudes de la higiene: “La afición al agua es de las que crecen con la práctica. Quien empieza a bañarse una vez por semana, pronto suspira por bañarse días alternos y, si puede, acaba por bañarse a diario”.

Es Ernest Morera, director del centro, quien muestra una copia digitalizada del impreso en la cafetería, la de la tertulia, y me cuenta que el club deportivo ha ido rodando de mano en mano, como sortija robada. De Aguas de Barcelona, pasó a los escolapios de Sant Antoni, luego a la Federació Catalana de Natació y después se lo quedó un grupo de profesores del INEF que lo dejo casi en la bancarrota. Fue entonces, hace cuatro años, cuando los trabajadores, incluido Morera, se lo quedaron con la intención de reflotarlo. Y en ello están. A punto de arrojar la toalla. Crujidos por la subida del IVA al 21%, que absorbieron para no ahogar a una clientela justa de bolsillo.

“Cuando nos hicimos cargo —dice el jefe—, tuvimos en cuenta enseguida que el centro forma parte de un barrio, el Raval, con unas necesidades muy concretas”. O sea, mucha inmigración, a veces viviendas insalubres, desempleo… Y se han dedicado a paliar esas realidades: los parados tienen descuento, pueden matricularse los simpapeles —hace poco se anotaron dos manteros— y se valora caso por caso la situación económica de cada usuario para ajustar la cuota.

Lo inauguró Aguas de Barcelona para universalizar la higiene

Un centro especial, el Gimnàs Sant Pau. Las noches del ramadán cierra dos horas más tarde para que a los musulmanes les dé tiempo a cenar algo antes del ejercicio y es el único gimnasio en Barcelona con vestuario para transexuales. Ellas lo pidieron.

Morera me lleva a dar una vuelta por las instalaciones y, al bajar a la piscina, el olor peculiar del cloro, la atmósfera densa y húmeda, las voces amortiguadas en el vapor, transportan al territorio de la infancia, al tiempo aquel en que uno aprendía a nadar (y a vivir) atado con el cinturón de un albornoz, el del monitor. Y por eso hablamos de niños, de los críos del Casal dels Infants del Raval, que disfrutan aquí de las actividades gratuitas que organizan para ellos. “Hemos estado haciendo el trabajo que debería haber hecho el ayuntamiento”, dice el director, y razón no le falta.

Ahí queda eso.

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