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CASO POLICIAL EN UN TERRARIO

Robado un dragón de komodo nacido en Barcelona

Unos ladrones sustraen de una granja de exhibición de animales exóticos de Francia uno de los ejemplares enviados por Barcelona

CARLES COLS / BARCELONA

«Esto es la acción insensata de un apasionado de los dragones de Komodo o, peor aún, un trabajo hecho por encargo». Eso dijo el director del equipo de veterinaria de la granja de exhibición de animales exóticos de Pierrelatte (Francia), Samuel Martin, cuando descubrió que faltaba de su jaula uno de los cuatro ejemplares que el 14 de abril del 2014 le envió el Zoo de Barcelona. El apareamiento entre Guntur y Asmara fue todo un acontecimiento en Barcelona. Fue en abril del 2012. Hasta un grupo de niños en visita escolar pudo presenciar sin más barrera que un cristal lo que era a todas luces una cópula prehistórica.

De aquella coyunda salieron 23 hermosotes huevos. Once no eclosionaron jamás, pero de los otros 13 salieron otras tantas bestias fascinantes que, por cuestión de espacio y por la políticas de preservación de la especie, iniciaron una diáspora hacia Madrid, Vissenbjerg (Dinamarca) y Pierrelatte.

Los responsables del recinto descartaron que se tratara de una fuga porque el o los ladrones dejaron una pista. En el interior de la estancia del komodo había una prenda de ropa que probablemente fue lanzada a la cabeza del animal para capturarle, algo que incluso así es toda una osadía, porque esos lagartos endémicos de cuatro islas de Indonesia son célebres por su repugnante mordedura. Su saliva es un cóctel de bacterias que suele causar la septicemia en sus presas. Pueden huir tras un mordisco, pero más pronto que tarde caerán gravemente infectadas y, entonces, con calma, el dragón de komodo se acercará para almorzar.

Cuatro kilos y medio

El ejemplar sustraído ya no era el bebé que salió de Barcelona. En el momento del robo medía 120 centímetros de longitud y pesaba cuatro kilos y medio. Cuando sea adulto, superará los tres metros. Es un macho. Suelen ser más grandes que las hembras. Eso, no obstante, será si sobrevive.

Aunque es un animal provisto de una desgarradoras uñas, una muscultura portentosa y la mencionada mala baba en la boca, el komodo es una pieza delicada fuera de su entorno natural. Cuando en 1910 esta especie fue descubierta por el hombre blanco gracias a una expedición organizada expresamente en busca de un animal que entonces se consideraba legendario, fueron llevados a Nueva York dos ejemplares. No tardaron en morir, y sus cuidadores no supieron durante años por qué. Lo que les faltaba era irradiación solar, que es lo que de forma artificial les facilitan en los zoológicos europeos para que gocen de buena salud. Pasan buena parte del día, como los entusiastas del moreno todo el año, bajo los rayos uva. Allí donde esté ahora el dragón robado, puede aguantar muy bien sin comer, pero no sin sol.

En Barcelona, mientras tanto, los padres viven como es obvio ignorantes del incierto destino de su cría, aunque, en realidad, jamás les ha importado un bledo. Los dragones de komodo no tienen, como lagartos, nada parecido a un instinto maternal. Es más, solo nacer, las crías lo primero que hacen es trepar a un árbol para evitar ser víctimas de un festín caníbal, otra de las características de esta especie.

En el Zoo de Barcelona viven hoy Guntur y Asmara, un segundo macho, Ombak, descartado para la cópula por temible, y cuatro crías pendientes de destino.