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BARCELONEANDO

El pasado turbio del tatuaje

El primer estudio de tatuajes de BCN cerró cuando asesinaron a su propietario

RAMÓN VENDRELL

Sabido es que con las escalas de barcos de la Sexta Flota de Estados Unidos en el puerto de Barcelona, iniciadas en 1951, llegaron a la ciudad los tejanos, los cigarrillos Camel y Chesterfield, los encendedores Zippo y los discos de rock and roll, así como una bicoca en forma de dólares despilfarrados para las prostitutas, los bares y los restaurantes del tramo bajo de la Rambla y aledaños.

Menos sabido es que esos arribos atrajeron a la ciudad a partir de la década de 1960 a los primeros tatuadores profesionales, extranjeros que a temporadas montaban puesto en la trastienda o un rincón de locales frecuentados por las tripulaciones estadounidenses, quizá el Tequila o el Kentucky. Por ejemplo el inglés Ron Ackers (1932-2004). Mientras tanto la escasa población autóctona que se tatuaba se ponía en manos poco preparadas y con menos medios, mayormente en el Ejército y en el talego.

El primer estudio de tatuajes de la ciudad fue Barna Tattoo, en la calle de Obradors. Abrió muy a principios de los años 80 y cerró cuando un hombre mató con un hacha a su último propietario mientras este hacía un tatuaje. El asesino acababa de salir de prisión y, cierto o no, aquí hay dudas, pensaba que el tatuador se había liado con su mujer. Encapsula la historia de Barna Tattoo la historia reciente del tatuaje en Barcelona. Inició la transición hacia el tatuaje artístico pero murió víctima de la vida marginal antaño asociada al tatuaje.

En España hubo al menos un estudio de tatuajes antes de Barna Tattoo. Lo abrió el madrileño Mao en Rota en 1980. Por consejo de un tío militar. «Acertó. Los americanos de la base naval ganaban una pasta y como no tenían nada mejor que hacer se la gastaban en alcohol, putas y tatuajes», dice. Hacía sobre todo águilas, emblemas militares y dragones.

Con la punta de un compás

El tatuaje de un tío militar, tal vez el del consejo tal vez otro, porque Mao viene de familia de militares -lo siento pero olvidé preguntar si era el mismo-, inoculó en el pionero la atracción por los tatuajes. Era un corazón con el nombre de una mujer que no era el de su esposa. Se lo hizo, cuenta el sobrino, en el penal castrense de Alicante, donde estuvo preso por republicano. «Me fascinaba», dice Mao. Tanto que en el colegio comenzó a hacerse un tatuaje en un dedo con la punta de un compás. «Pensar en el guantazo que me iba a dar mi padre me detuvo antes de que la tinta china penetrara lo suficiente. Hasta hace unos años todavía se podía ver algo si te fijabas». Más adelante vinieron el aprendizaje en Marsella y en Lausana y los pinitos en la propia piel y la de amigos.

Mao está en la actualidad al frente de la firma Mao & Cathy, con dos estudios en Madrid y uno en Barcelona. En este tiene como socio a Mik Garreta, también director de la Barcelona Tattoo Expo, que el fin de semana pasado celebró la 18ª edición. 190 artistas de todo el mundo, 16.000 visitantes, casi 2.000 tatuajes realizados. Cifras que reflejan la transversalidad actual del tatuaje. En cuanto a la calidad: virguerías se hicieron.

Nada que ver con los de Mao Mik (piden que se les ponga por este orden para evitar la broma fácil), al menos con los que lucen a la vista. «Todos forman parte de mi vida. Otra cosa es que alguno podría estar mejor hecho», dice Mik. De modo que ni hablar de arrepentimiento y mucho menos del láser.

¿Ha perdido el tatuaje fuerza expresiva con la popularización y el perfeccionamiento? «No cuando hay convicción. Pero es cierto que antes todas las personas que se tatuaban tenían una vida interesante y ahora no todas», dice Mik.

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