Un sincero homenaje al Satanassa

Fue la abeja reina que fundó el Gaixample, un gran y legendario despiporre, un local al que solo le faltó un fotógrafo oficial

Rafa Satanassa, la madre que alumbró al Satanassa, posa en la coctelería 015 que actualmente regenta en la calle de Muntaner.

Rafa Satanassa, la madre que alumbró al Satanassa, posa en la coctelería 015 que actualmente regenta en la calle de Muntaner. / CARLOS MONTAÑÉS

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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El recuerdo de lo que fue la gauche divine permanece indeleble gracias a las fotos de MasponsMiserachsPomés y Colita. La movida madrileña era más que música, y eso lo retrataron con una complicidad inestimable Pablo Pérez Mínguez y Alberto García-Alix. En Nueva York, la mirada fotográfica de Tod Papageorge fue indispensable para elevar a Studio 54 a los altares de la noche, igual que David Godlis, sin más herramientas que una Leica y varios rollos de película Kodak Tri-X, convirtió la fototeca del bar CBGB en las cuevas de Altamira del punk neoyorquino. El repaso podría continuar hasta aburrir, pero siempre faltaría ahí en la lista el Satanassa, del que se puede afirmar, por qué no, que ha sido uno de los locales más trascendentales de la historia reciente de la ciudad, la incubadora de modas posteriores, siempre un despiporre, un antro en el que estuvo a un tris de entrar el hoy rey de España, Felipe VI, cuando aún era príncipe e iba con unos amigos por el Eixample, pero los escoltas se lo desaconsejaron y, pobre, se quedó sin saber lo que es una reinona y se tuvo que conformar con un bocadillo de La Flauta. Pero resulta que el Satanassa no tuvo quien lo retratara, ni un Ventura Pons que contara su historia como la de Ocaña, así que, he aquí un improvisado y sincero homenaje.

Para alcanzar la meta deseada hay que hacer primer aquello que tanto detestaba el escritor Arthur Koestler, que harto de que algunos lectores no se conformaran con leer sus obras, sino que quisieran además conocerle, pronunció una frase que ha terminado por ser célebre. «Es como si te gusta el foie y ansías saludar personalmente a la oca». Pues, sin ánimo de ofender, con todo el cariño, en esta historia aquí la oca es Rafa Satanassa, pues ese es el apellido que se le ha quedado desde que el 11 de agosto de 1989 tuvo la feliz idea de inaugurar un local con ese nombre. «Yo quería que en realidad se llamara El coño de tu prima, pero me pareció que Barcelona aún no estaba preparada para eso». Lo hizo años más tarde, en parte gracias a todo cuanto aconteció en aquellos no muy grandes bajos del número 27 de la calle de Aribau.

«La apertura coincidió con el final de la moda del acid house. En el Satanassa queríamos hacer algo distinto. Saltar de un tema a otro, de la música negra para bailar a una copla, después a Raffaella Carrà o Las Grecas. Así nació la música petarda. Muy pronto nos copiaron». De pinchadiscos estaba a veces David Gil, actor inclasificable. «Le conocí una noche en Distrito Distinto y le pregunté qué le gustaría hacer en el Satanassa. Me dijo que quería ser el dj, pero no tenía ni puta idea». Aún se ríe, pero aquella permanente improvisación era la fórmula secreta del éxito. «Un día se averió el aire acondicionado, así que regamos a los clientes con las botellas de agua». Fue la primera fiesta del agua. Otro día, los componentes de la Fura del Baus se colgaron de la primera decoración del local y se la cargaron. La siguiente fue mejor. «Miquel Barceló me decía que esas esculturas que nos inventábamos las teníamos que llevar a Nueva York y exponerlas, que arrasaríamos». Quién sabe. La cuestión es que el Satanassa se puso en boca de todos. Allí bailaba Javier Bardem sin camiseta, Jean Paul Gaultier era un cliente habitual, Alaska era como de la casa, dicen que Jimmy Somerville se lo pasó teta más de una noche, y en los lavabos, mientras, Sergio Satanassa (otro que cambió de apellido) ponía los cimientos del movimiento drag queen barcelonés. Vamos, que solo faltaba el príncipe de Asturias.

Al Satanassa, sin embargo, no se iba porque fueran los famosos. Los famosos iban porque iba la gente, porque había allí un casi ecuménico encuentro de señoras con abrigo de visón, jovencitas pizpiretas, algún que otro encorbatado, heteros con más ganas de bailar que de ligar y, por supuesto, muchos homosexuales, prácticamente todo el fondo de armario de la ciudad.

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El embrión del Gaixample

Un año se sacaron de la manga la carrera de tacones y al siguiente, en un circense más difícil todavía, organizaron la más febril de las procesiones de semana santa, con un Cristo que era una chica y una virgen con barba. «Pasamos primero por el Este bar a recoger a las bigotudas con faldas y, después, entre saetas, desfilamos hasta el Martins». Evidentemente queda claro que el Satanassa fue, junto a un par más de locales, el embrión de lo que la revista madrileña Shangay bautizó después como el Gaixample, marca hoy de fama internacional que las autoridades turísticas cuidan como Jack regaba sus habichuelas mágicas, en busca de un antinatural gigantismo. Pero esta ya es otra historia. Así que, solo por aquello de regresar al punto de partida, es una lástima que nadie dedicara su arte a retratar aquel bar excepcional. Una gran lástima.