El peso del éxito turístico en Ciutat Vella

La Barceloneta sigue en guardia

A punto de cumplirse un año de la revuelta del barrio marinero, los vecinos piden más control del turismo

El ayuntamiento ha precintado una veintena de pisos ilegales en un año pero afirma que muchos ya no operan

Dos vecinos tomando la fresca en la calle, símbolo del barrio, observan pasar a un grupo de turistas.

Dos vecinos tomando la fresca en la calle, símbolo del barrio, observan pasar a un grupo de turistas. / VIÇENS FORNER

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PATRICIA CASTÁN / BARCELONA

Nadie puede garantizar que el caluroso y concurrido agosto no vuelva a regalar otra bochornosa imagen de un turista en pelotas por la Barceloneta. Una excursión a la zona y unas horas de charla con los vecinos sublevados el 12 de agosto del 2014 certifican que hay una relativa mejoría, menos excesos y más recursos para reaccionar contra ellos. Pero el territorio sigue siendo una patata caliente para el ayuntamiento y coto abonado para el desmelene del turista juvenil incívico: siguen proliferando los súpers donde hace acopio de provisión etílica y los negocios de servicios para el viajero. Por eso, el vecindario no baja la guardia y se ha movilizado para frenar lo que pueda traer por delante el mes más turístico del año en el barrio marinero. El martes pidieron a la nueva concejala de Ciutat Vella, Gala Pin, más recursos policiales e inspecciones a pisos turísticos.

La foto de dos viajeros en cueros saliendo de un súper dio la vuelta al mundo. Pero a pequeña escala los vecinos de la Barceloneta difunden desde las redes sociales casi a diario alguna imagen de su cabreo. Un día, la de un mochilero aliviando el intestino junto a un contenedor; otro, una humeante barbacoa celebrada por viajeros (españoles, enfatizan) en un terrado; uno más, botellón en un banco público... La presión no es tan alta como hace un año, parece, pero la tensión vecinal sigue latente. «Hay cosas que han mejorado, hemos notado que operan menos pisos turísticos y que las cosas estaban más tranquilas, pero todavía queda mucho por hacer y ahora empieza la peor parte de la temporada alta», evalúa Sergio Arnás, uno de los lideres de La Barceloneta diu Prou.

POLICÍA

Junto a otros vecinos reunidos coincide en la sensación de que ahora (con el cambio en la alcaldía) hay menos coordinación entre el distrito y la Guardia Urbana. Por eso, una de sus principales peticiones en el encuentro que mantuevieron el pasado martes con la concejala fue retomar el protocolo de denuncia rápida que priorizaba la intervención de la policía local en cuanto hubiera una denuncia nocturna vinculada al alojamiento turístico en la zona. También pidieron más inspectores, ante la percepción de que se han relajado los controles y el temor a que algunas empresas vuelvan a operar en pisos ilegales temporalmente paralizados.

Y es que oficialmente el consistorio solo ha precintado desde el pasado verano una veintena de pisos, pero fuentes municipales aseguran que la presión inspectora ejercida durante meses ha dado fruto: «El éxito no es el precinto sino que en los pisos que dejan de operar se haga un contrato de larga duración de alquiler». Arnás opina que muchos pisos han estado solo cerrados a la espera de ver qué pasaba. Cifras en mano, el barrio tiene 72 viviendas turísticas autorizadas, mientras que tras peinar sus 8.686 domicilios el pasado otoño se concluyó que había otros 170 de uso turístico comprobado y 216 bajo sospecha, tras denuncias vecinales.

Reinspeccionando estos 386, el ayuntamiento asegura que 201 han pasado a tener uso de vivienda habitual. En paralelo, hay 324 expedientes a pisos turísticos de la Barceloneta en trámite y semanalmente se realizan una media de 200 visitas. Una tarea que muchas veces no da resultado porque los inspectores, la Urbana o la empresa encargada de las comprobaciones visuales no hallan a nadie. O no les abren la puerta. Los residentes siguen manteniendo que la oferta real es superior.

La Barceloneta diu Prou ha propuesto a Pin la creación de una bolsa de pisos a compartir o alquilar, pero no a turistas, sino a personas que permanezcan al menos unos meses en el barrio y se integren. Todo sea por combatir sus tres monstruos: «Incivismo, inseguridad y especulación», resumen. Joan Anton Vázquez, de la plataforma, incide en que «ningún vecino arraigado se quiere ir. Es un sentimiento, quien se fue acaba volviendo porque se echa de menos». Por eso son tan tenaces al defender el territorio, alegan.

Aunque los pisos turísticos fueron la punta de lanza del levantamiento del pasado agosto, la saturación turística que vive el barrio se manifiesta por otros flancos. Para empezar, el incivismo. El meón de turno, o el que bebe en espacios públicos y cruza el barrio de noche en busca de discotecas donde cerrar una ruta de chupitos y desfase que se inició en la Rambla. «Falta urbana, sobre todo de noche», dicen los vecinos. El ayuntamiento no aporta datos al respecto. Pero explica que a nivel preventivo y didáctico (ruido y vicivismo) actúan en verano ocho agentes cívicos diurnos, y otros ocho nocturnos en cuatro puntos concretos de Ciutat Vella. Más de cuatro a seis en turno de mañana y tarde dentro del refuerzo de BSM para las zonas de más presión turística. La Barceloneta está entre ellos.

RIADA EN EL METRO

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Para hacerse una idea real del éxito turístico de este barrio tradicional, sembrado de quarts de casa de 30 metros cuadrados y restaurantes marineros, basta con asomar la cabeza a sus playas y a la boca de metro del mismo nombre. En el litoral conviven locales y foráneos. Pero la salida de la línea amarilla, junto al paseo Joan de Borbó vomita miles de foráneos cada tarde con hambre de un barrio con «encanto» que aparece en todas las guías. El presidente de la Agrupación de Comerciantes e Industriales de la Barceloneta, Josep Domènech, recuerda que turistas ha habido siempre. Solo que antes acudían en busca de una buena paella y ahora ese visitante familiar más tranquilo (que tanto veneran), convive con otros perfiles. Esta temporada el consumo va a mejor, confiesa, pero el colectivo reivindica ayuda de la Administración para preservar la identidad marinera ante el avance del fast food y el traspaso millonario de locales de siempre.

Pepa Picas, de la combativa asociación vecinal L’Òstia –donde se alineó como activista la ahora concejala–, destaca que aunque «el follón ha disminuido», perviven «las consecuencias del turismo». Enumera más carestía de la vivienda, que expulsa al vecino de poco poder adquisitivo –desahucios incluidos–al no poder asumir los alquileres inflados; tiendas de 24 horas (exigen su cierre «porque el vecindario no las necesita») y súpers para el turista que barren el comercio de proximidad. Y una nueva contradicción: las grandes terrazas «se comen el espacio público», mientras la nueva ordenanza se carga las posibilidades de supervivencia de algunos pequeños veladores «de toda la vida». Justo donde no aún no había guiris.