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El grafitero decimonónico

Javier de Riba, tradición y modernidad, un barcelonés que recrea con técnicas de grafiti los preciosos pavimentos hidráulicos del modernismo en fincas abandonadas

Carles Cols

Si Catalunya tuviera un Stefan Zweig particular que le escribiera sus Momentos estelares de la humanidad, debería incluir un capítulo dedicado al día en que la empresa barcelonesa Garret, Rivet i Cia mostró su catálogo de baldosas hidráulicas en la Exposición Universal de París de 1867. Puede que desde los romanos y sus delicados mosaicos no se hubieran concebido pavimentos tan hermosos en el mundo entero. El modernismo abrazó con entusiasmo aquella técnica artesanal de fabricar coloridas baldosas y, a mediados del siglo XX, ¡puf!, cayeron en desuso y en ocasiones preciosos suelos terminaron en la escombrera. Aunque ahora hay empresas que han recuperado ese oficio, esta historia viene al caso por otra razón, por la deliciosa idea que hace medio año tuvo Javier de Riba, barcelonés de 29 años y diseñador, que aunque es modoso en las formas tuvo un arrebato de pillería. Buscó un primer edificio abandonado, aplicó una primera capa de color crema al suelo a una de las habitaciones y, después, con un juego de plantillas y varios esprays de grafitero, reprodujo un falso pero convincente parterre de baldosa hidráulica.

Explica Zweig en el prólogo de su libro que lo común es que pasen millones de horas absolutamente anodinas para que, de repente, ¡zas!, ocurra algo estelar. Lo de De Riba tiene algo de eso, como quedará demostrado a continuación.

El grafiti con plantilla ha sido durante años una interesante rama del árbol de la contracultura. En esa disciplina, ninguna estrella ha brillado más que la de Bansky. Se pagan fortunas por un trozo de pared con uno de sus trabajos. Pero, claro, siempre hay un día en que a lo clandestino le da la luz del sol. Vamos, que se convierte en un producto más del mercado. En Amazon, por ejemplo, por 24 dólares con 95 centavos se puede adquirir un volumen de Protest Stencil Toolkit, «Con este libro, cada cual podrá crear sus gráficos de protesta». Así anuncia ese supermercado estadounidense on line esta obra, que ofrece una panoplia de plantillas con las que, aerosol en mano, declararle la guerra a la sociedad de consumo.

Premio y multa

De acuerdo, no es que el arte en la calle esté bien visto aún por los munícipes de cada ciudad, pero se avanza en esa dirección. Camino de una de sus intervenciones, De Riba (prefiere no dar pista del lugar, por el cariño que le ha cogido a sus creaciones) recuerda el caso de uno de sus referentes, El niño de las pinturas, grafitero madrileño afincado en Granada que «el mismo día en que un departamento del ayuntamiento le ponía una multa, otro le concedía un premio». A otro artista de la calle, este barcelonés, Francisco de Pájaro, le pasó un día algo aún más cachondo. Le paró un policía municipal. Creyó que era para multarle, algo frecuente en su día a día, pero no, el agente le pasó el teléfono. Su mujer quería hablar con él. Era una admiradora de su obra.

Y entonces, en mitad de ese intercambio de anécdotas, entre unas hierbas, junto a los restos de las paredes de una vieja casita, ya se ve un fragmento de uno de esos falsos suelos hidráulicos. A De Riba le gusta que sean imperfectos, como los originales. La única concesión que ha realizado en este juego de la sorpresa es que ha adaptado las dimensiones a las baldosas actuales, de 100 centímetros de perímetro, no como las de entonces, más menudas, de 80. Ni siquiera estampa su firma. Es así de prudente.

Esta aventura podría terminar aquí, en un hola y adiós al grafitero decimonónico. Pero no. La cuestión es que a los amigos de profesión de De Riba les gustó lo que hacía. Alguno lo colgó en un blog, otro tal vez subió una foto a Instagram... Es igual, lo inesperado fue que a continuación, en Boredpanda, web de indispensable periódica visita para quien desea saber cómo desconocidos de todo el mundo expanden las fronteras de la creatividad en todas las disciplinas artísticas, grafitis incluidos, le dedicaron una entrada a los pavimentos hidráulicos de De Riba. Él confiesa que no sabe aún qué es eso de Boredpanda. Dice que cuando pueda le echará un ojo, o sea, que realmente no comprende hasta qué punto su nombre ha dado la vuelta al globo, son alardes, pero la vuelta al mundo. Intuye que algo ha pasado. Recibe más correos de lo habitual. Es una buena señal.