Apostarlo todo al número 13

El Palau Marcet, en una esquina de lujo, fue teatro desde 1941 y cine desde 1960

Josep Maria Padró.

Josep Maria Padró. / ALBERT BERTRAN

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CARLES COLS / BARCELONA

Palau Marcet. Ese el nombre original del edificio que hoy ocupa el cine Comedia. Está ahí desde 1887. Fue un encargo del empresario y político Frederic Marcet al arquitecto Tiberi Sabater, con ese gusto tan propio que la burguesía catalana mantuvo hasta bien entrado el franquismo y que consistía, en esencia, en recrear estilos ya caducados. Un poco de medieval, un poco de neoclasicismo, unos detalles platerescos, lo que sea pero que denote distinción. En el caso del Palau Marcet, ese eclecticismo incluía, en la decoración interior ya desaparecida, hasta ornamentaciones orientales. Pero aquel pastel estaba en mitad del Quadrat d'Or. Era una mansión residencial, con un jardín en la parte posterior, que con el crecimiento de la ciudad parecía inevitablemente predestinada a tener otro uso.

Es ahí donde entra en escena la familia Padró, que en el año 1934 se propuso convertir aquella esquina en el mejor teatro de la ciudad. No fue tan fácil como previó. Aquel fue un año convulso en Barcelona, y luego llegó la guerra, y los bombardeos.

El mundo del teatro es supersticioso como pocos. Ya se sabe, nada de amarillo, nada de desear suerte a los actores, nada de mandar claveles al camerino y, lo peor de todo, abstenerse de representar Macbeth, para los de la farándula, simplemente «esa obra escocesa». El Palau Marcet está en el número 13 del paseo de Gràcia. Queda todo dicho.

La crisis ciudadana de 1960

Josep Maria Padró no desistió y, terminada la guerra, inauguró el teatro. Fue el 2 de abril de 1941. Pronto se hizo un hueco con su programación. Jacinto Benavente no solo estrenó ahí Aves y pájaros, también era uno de los actores en escena. Y claro, con esos antecedentes no fue extraño lo que ocurrió después, en 1960, cuando la familia decidió apostar por el cine. El Padró que hoy está al frente del negocio recordó ayer que la polémica ciudadana fue mayúscula.

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Entonces no lo entendieron así los barceloneses, pero los Padró se sumaron a ese minúsculo club de sagas familiares que han hecho de esta una ciudad de extraordinarios cines. El periodista Ramon Colom propuso ayer, por si alguien se anima, que convierta en un libro esa historia. Los Balañá, por ejemplo, tuvieron el acierto de contratar al diseñador e interiorista Antoni Bonamusa para que le diera a las salas de esa cadena ese acento único por el que aún se las recuerda. El Comedia, con otro estilo, también fue así, al menos hasta que en 1983 comenzó el proceso de conversión en un conjunto de multisalas, primero tres y luego cinco.

La esquina del Palau Marcet forma parte del patrimonio de Barcelona. Es decir, aunque la familia Padró hubiera cedido a las tentaciones de los compradores no hubiera cambiado su aspecto. Pero lo mismo puede decirse de Vinçon, que anunció su próxima desaparición la semana pasada. La arquitectura de aquellos bajos del número 96 del paseo de Gràcia sobrevivirán, pero hay consenso en que no serán lo mismo. Los del número 13, por suerte, seguirán igual. O mejor.

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