Ir a contenido

Una vida galáctica

Sisa se retrata como un fatalista amable que lo espera todo y no espera nada

En 'El comptador d¿estrelles¿ tiene un pie en La Tierra y otro en Alfa Centauro

RAMÓN DE ESPAÑA / BARCELONA

Me he leído de un tirón 'Jaume Sisa, el comptador d'estrelles' (Editorial Empúries), el libro de conversaciones entre nuestro cantautor más galáctico y el periodista Donat Putx, y me lo he pasado pipa: ha sido como estar en el sillón de al lado del sofá que ocupan los que hablan, en plan convidado de piedra, con la oreja bien enfocada para no perderme nada. Me ha gustado tanto que me habría encantado escribirlo a mí, aunque solo fuese por rentabilizar los treinta y tantos años que llevo conversando con el Sisa en bares, restaurantes y trayectos urbanos.

Bueno, en realidad lo que me gustaría decir es que el libro es una birria, que Putx no se ha enterado de nada y que el retrato que se dibuja del artista no puede ser más defectuoso, pero estaría mintiendo como un bellaco: el señor Putx ha realizado un trabajo excelente y el Sisa que aparece en estas páginas se parece mucho al que yo llevo tratando desde 1978, cuando lo conocí en aquellos divertidos Bailes selectos que Manel Valls y Carlos Pazos organizaban en la hoy difunta sala Cibeles y en los que nuestro hombre ensayaba el personaje de Ricardo Solfa, el intérprete que, años después, desde Madrid, reinventaría la canción española sin que nadie le hiciese el menor caso.

Al igual que Putx, intuyo, yo fui primero un fan de Sisa y luego su amigo. No es un tránsito sencillo ni evidente. A veces, conoces a tu ídolo, te parece un merluzo y prefieres seguir admirándole a distancia. En otras ocasiones, eres tú el que no consigue despertar el interés de tu interlocutor. Y a menudo no hay química alguna entre admirador y admirado y la cosa se queda en un conato de acercamiento.

Yo me hice fan de Sisa en 1971, cuando mi mejor amigo de 'Can Culapi', Toni Olivé -que posteriormente, por pura justicia poética, se convertiría en el bajista de Melodrama, el grupo que acompañó al artista en una época especialmente feliz-, me prestó 'Orgia', título del primer disco de nuestro hombre, y lo escuché hasta casi rayarlo.

Hasta entonces, ningún cantante catalán me había fascinado de tal manera, pero el disco no lo compró casi nadie y el artista se tiró unos cuantos años ejerciendo de secreto mejor guardado de la música española (lo acabé comprando muchos años después, en la sección de 'World music' de una tienda de discos de Williamsburg, Brooklyn, como si hubiese recibido una señal, aunque no sé exactamente de qué).

'Orgia' es, probablemente, el disco más fascinante y peculiar que se grabó en la Barcelona de los setenta, solo superado en rareza por el único de Música Dispersa, donde también figuraba el Sisa. Puede que el hombre aún no fuese galáctico en aquellos tiempos, pero marciano lo era un rato. Lo seguía siendo cuando lo conocí en Cibeles, pero se trataba de un marciano muy cercano y dotado de un gran sentido del humor. Sigue disfrutando de él y lo necesita más que nunca ahora que el deterioro progresivo de sus retinas lo va internando día a día en un mundo de tinieblas que afronta con un optimismo admirable (yo me estaría subiendo por las paredes).

El Sisa de 'El comptador d'estrelles' tiene un pie en la Tierra y el otro en el sistema estelar Alfa Centauro y vive en una ciudad que ya no reconoce, pero en la que se siente más o menos a gusto. Para unas cosas es pura metafísica y para otras, de un cabal que roza lo prosaico.

Cuando quedamos a comer, no se contemplan modernidades ni experimentos de ningún tipo: Sisa es un hombre de macarrones y fricandó -la única queja que le he oído de su estancia en Madrid era la imposibilidad de encontrar ese plato en los restaurantes-, por eso acabamos siempre en El Ponsa o El Caballito Blanco, locales congelados en el tiempo, solos o en compañía de Ignasi Duarte, intelectual gerontófilo al que tenemos de falso ahijado (yo siempre le llamo el joven Duarte, aunque va por los 40, y Sisa, directamente, 'el nen': ahora corre por París, organizando unas jornadas de literatura iberoamericana, y nos sentimos muy orgullosos de él).

Ebrios de soledad

Tiempo atrás, las conversaciones tenían lugar en la barra del Zeleste, ebrios de soledad, pero convencidos de que el siguiente trago nos proporcionaría la ansiada y definitiva lucidez, aunque lo único que consiguiéramos fuese caernos del taburete. La charla entre Sisa y Putx es también sobria y ponderada, y aporta una descripción inteligible de lo que significa ser galáctico, concepto que a mí siempre me había eludido. Estamos ante la biografía, en forma de conversación, de un artista, un muchacho excelente, un devoto del amor sin necesidad de creer en su existencia y, probablemente, el último de una larga tradición de fascinantes excéntricos barceloneses condenada a la extinción por una realidad cada día más plana y hostil.

Disfrutémosle mientras podamos.