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RECORRIDOS URBANOS

Espíritus por la ciudad

Una ruta recuerda el peso del espiritismo a principios de siglo XX en Barcelona, entendido como una doctrina científica progresista

CRISTINA SAVALL / BARCELONA

Si se entra en la web del cementerio de Montjuïc, hay un plano que destaca las sepulturas y los panteones de personajes ilustres. En el listado aparece el nombre de Amalia Domingo, entre el del músico Isaac Albéniz, el del pintor Joan Miró y el del presidente de la Generalitat Francesc Macià. La razón es que desde el día de su entierro, en abril de 1909, su tumba es una de las más visitadas. Fue médium, escritora, poeta, defensora de los derechos de las mujeres y líder del movimiento espiritista, que se extendió en los barrios obreros de Barcelona a finales del siglo XIX y principios del XX.

Para ella, los muertos eran invisibles, pero no ausentes, una creencia muy en boga en la Europa previa a la primera guerra mundial. El espiritismo se entendía como una doctrina que pretendía ser una ciencia y que, además, apoyaba las tendencias más progresistas, «como la escuela laica, el feminismo y el socialismo», señala Miquel Carandell, guía del itinerario Els límits de la Ciència: Espiritisme a Barcelona, que organizó la semana pasada la Societat Catalana d'Història de la Ciència i de la Tècnica (IEC).

Domingo nació en Sevilla en 1835, pero a los 41 años se asentó en la capital catalana invitada por la sociedad espiritista La Buena Nueva, que tenía su sede en el barrio de Gràcia. Allí ejerció de vidente y dirigió el seminario teosófico La luz del porvenir, que tuvo problemas con la censura. «Al clero no le gustaban nada las teorías espiritistas, que creen en la reencarnación y suponen que es posible comunicarse con los muertos», explica Carandell.

El primer incidente con la Iglesia católica por esta cuestión lo tuvo en 1861 el francés Maurice Lachâtre, que vendía las obras de cabecera del movimiento, como El libro de los espíritus, de Allan Kardec, en su librería, que se encontraba en el número 1 de la plaza Reial. «Esperaba un barco procedente de Marsella, que le traía una partida de 300. Fueron confiscados por orden del obispo Antoni Palau y terminaron quemados en una explanada al lado de la Ciutadella», cuenta el especialista en Historia de la Ciencia. Fue peor el remedio que la enfermedad, porque gracias a esa hoguera muchos barceloneses que no sabían nada del espiritismo lo conocieron y terminaron siendo simpatizantes.

El arraigo del espiritismo llegó a ser tal que el Salón Eslava en la ronda de Sant Pere, acogió el primer Congreso Internacional Espiritista de 1888 en paralelo a la celebración de la Exposición Universal, que marcó el despegue urbanístico de la ciudad. Domingo fue la vicepresidenta de este encuentro al que asistieron científicos y defensores del espiritismo de toda Europa y de América. Es más, en 1934, dos años antes del estallido de la guerra civil, Barcelona volvió a ser la sede del quinto congreso internacional. En esta ocasión en el Palacio de Proyecciones de Montjuïc.

Uno de los asistentes a la ruta muestra un anuncio de la época que detalla los actos de esta convención que «no impone creencia sino que invita al estudio». La ruta prosigue por el Palau Moja, la Reial Acadèmia de Ciències y el Ateneu Barcelonès, donde un Nobel de Medicina, Charles Richet, impartió una conferencia sobre fenómenos paranormales ante científicos.

Temas: Turismo