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Una cita con 'madame Orsini'

No todos los días se puede mecer en la mano una bomba legendaria, y esta lo es

La bomba Orsini del Liceu, que pese a sus 24 percutores, no estalló en noviembre de 1893.

La bomba Orsini del Liceu, que pese a sus 24 percutores, no estalló en noviembre de 1893. / ELISENDA PONS

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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De las dos bombas que el insensato de Santiago Salvador lanzó el 7 de noviembre de 1892 a la platea del Liceu, la primera, para desgracia de los desafortunados y entretenimiento desde entonces de los supersticiosos, cayó en la fila 13. Murieron 20 personas. La segunda cayó en el regazo de la señora Cardellach, fallecida en la primera explosión. Aquello ocurrió al principio del segundo acto de Guillermo Tell. Total, que el público se perdió la escena de la flecha y la manzana del tercer acto, pero al menos disfrutó de la obertura de la última ópera que compuso Rossini, esa animosa composición que tan bien le fue a Stanley Kubrick para musicar el más frenético ménage à trois de la historia del cine en La naranja mecánica.

El atentado anarquista del Liceu fue psicológicamente el Titanic barcelonés, pero de secano. En la platea estaba buena parte de la burguesía catalana del momento. Era día de estreno. Se ha contado mil veces, sí. Y aunque en la relectura de los periódicos de la época siempre se descubre algún detalle que había pasado inadvertido («algunos ladrones, aprovechándose de la confusión y del pánico de los primeros momentos, se apoderaron de algunos relojes y hasta los hubo que tuvieron el cinismo incalificable de despojar de sus joyas a los muertos»), la cosa aquí no va de recordar los tiempos en que Barcelona era conocida internacionalmente como la ciudad de las bombas, sino de tratar de comprender por qué ya no es la bomba, un juego de palabras muy tonto, de acuerdo, pero oportuno.

No todos los días se tiene una cita con madame Orsini. Se la vio en Madrid en 1983. Estuvo en Amsterdam, en el Museo Van Gogh, en el 2007. Es cierto que en el 2011 era una de las estrellas de una exposición del Museu d'Història de Barcelona (Muhba), pero a la bomba Orsini que no estalló en el Liceu apenas se la exhibe. Así que cuando Josep Bracons, conservador del museo, da permiso para sostener un momento en la mano esa terriblemente hermosa pieza, las pulsaciones suben. Es menuda, como una naranja Torres premium, como una teta de copa D, como un corazón humano. Son las tres primeras imágenes que vienen a la cabeza al sujetarla, inconexas, sí, pero es que la pieza perturba.

Luce, ya que es de hierro cromado, un detalle que no hay que pasar por alto. El apellido le viene por la técnica de fabricación que concibió un anarquista italiano, Felice Orsini, pero la forma podía variar, cuenta Bracons, porque lo que los maestro dinamiteros anarquistas hacían era modificar objetos de la vida cotidiana, como la piña decorativa que remataba la barandilla de una escalera o las esferas de la cabecera de una cama. La ornamentación burguesa reciclada en bomba, qué gran resumen de una época.

Que aquello era un objeto digno del Museu del Disseny ya lo tuvo claro en un primer momento Pedro Armengol Cornet, secretario de la Audiencia de Barcelona cuando se juzgó y sentenció a muerte a Salvador. La tuvo en la mesa de su despacho como pisapapeles. Al morir, la madame pasó a manos de su hija y de su yerno, el arquitecto Lluís Bonet Garí, discípulo de Antoni Gaudí, lo cual nos lleva a recordar que en el pórtico de la Virgen del Rosario de la Sagrada Família hay una escultura bautizada como La tentación del hombre, en la que el demonio entrega a un obrero una bomba Orsini. Al estallar la guerra civil, a los Bonet les entró un ataque de prudencia y para evitar malentendidos entregaron el artefacto al ayuntamiento. Aunque el periodista Lluís Permanyer sostuvo un día que la auténtica bomba del Liceu era otra, la del Muhba pasa aún por ser la verdadera, así que toca ya revelar el motivo de la cita.

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Pregunta. ¿Por qué no se exhibe de forma permanente? El Teatro Ford de Washington exhibe la pistola Philadelphia Deringer con la que allí mismo fue asesinado Abraham Lincoln. La bomba, desactivada desde hace más de un siglo, es decir, ahora que no puede causar «lesiones incompatibles con la vida», según el informe que sobre ella hicieron los artificieros de los Mossos d'Esquadra, tal vez debería volver al Liceu. Programar para la ocasión un Guillermo Tell ya sería la hostia.

La respuesta está ahí mismo, nada más salir del Muhba en compañía de Bracons (por cierto, gracias por la extraordinaria labor de celestino). Lo primero que se ve al asomarse a la calle es una tienda de suvenirs. Camisetas de mal gusto, trencadissos horteras y otros espantos. Barcelona es como los osos que pescan salmones apostados en una roca en mitad del río, con la boca abierta. ¡Qué gran suvenir sería la Orsini! ¡Qué gran pisapapeles! Si Barcelona fuera aún la bomba...