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barceloneando

La ciencia de lo excepcional

ELOY CARRASCO

Todo comenzó en una callejuela del Raval. La anarquía sonora de CaboSanRoque, su orfanato de objetos desmadrados, encontró su acta fundacional dentro de un cajón grande abandonado en la vía pública. En la calle del Notariat estaba el trasto, y una pegatina daba cuenta de que había viajado desde Uruguay con una familia de emigrantes a bordo del Cabo San Roque, en febrero de 1967. Pasado por las manos de Laia Torrents Roger Aixut, aquello se convirtió en un contrabajo. La berra y su rítmica gravedad marcaron, al menos metafóricamente, el compás del inicio de la odisea del grupo. Era el año 2001.

Laia Torrents, ingeniera industrial y teclista de la banda, y Roger Aixut, arquitecto y ahora guitarrista, ambos de Barcelona, se han embarcado en una travesía llamada La cobla patafísica con sus «collages mecánicos sonoros», que así llaman a los innumerables ingenios que han construido y que les han ido acompañando en sus conciertos todos estos años. El que estos días va con ellos on the road se conoce como Tres tristes truenos, y contiene -además de un sinfín de circuitos electrónicos, relés, electroválvulas, pistones y electroimanes- una máquina de escribir y latas de un DDT mexicano. Otras veces les han secundado de gira el Árbol de ollas de peltre, la Sección de paellas y la Lavadora polifónica.

No son meros figurantes estéticos, o ruidosos juegos de palabras como la Desafinaducha de Les Luthiers. Detrás de esos nombres hay un soporte muy real de la música de CaboSanRoque, quizá el grupo más extraño de la escena barcelonesa («yo pensaba que éramos normales», apunta Roger), con seis discos a cuestas y una formación menguante, de los nueve de aquel 2001 a la pareja de hoy. Y las máquinas, que siempre han estado ahí y que ahora pueden verse, hasta el 12 de abril, en una exposición en Arts Santa Mònica. Entras, pulsas el botón rojo y empieza la sinfonía de los artilugios, que han sido minuciosamente preparados por Laia y Roger, en ocasiones durante un año y medio. Y luego van contando que eran de los que no sabían colgar un cuadro en la pared.

De las galletas a la música

Así ocurrió -un año y medio de trabajo- con la Orquesta mecánica de la França Xica, mamotreto para boquiabiertos, resultado de lo que fue la maquinaria de una de las líneas de producción de una fábrica de galletas que pasó a mejor vida y que ellos convirtieron en una asombrosa factoría de música, que a veces fascina a los niños que entran a curiosear y a veces los asusta. Avisan de que no les sirve cualquier objeto. «No hacemos reciclaje. La vida pasada de las cosas condiciona su sonido y esa lata de DDT tiene una vida anterior», puntualiza Laia, escorando el barco hacia el otro gran concepto del momento presente de CaboSanRoque: la patafísica.

La patafísica, abreviando bastante, es la ciencia que estudia las soluciones imaginarias y las leyes que regulan las excepciones, y cuya paternidad se atribuye a Alfred Jerry. Fue un dramaturgo francés del siglo XIX que murió joven (34 años) pero al parecer se lo pasó en grande (solía pasear por París con un revólver al cinto, y lo vieron usarlo más de una vez, cuando se pasaba con la absenta) y llevó al extremo su espíritu burlón (en el lecho donde agonizaba, el último deseo que pidió a los amigos fue un mondadientes).

En el mundo normal, la música sería Pablo Alborán; en el mundo patafísico, CaboSanRoque. De calle. En virtud de la ciencia de las excepciones. «Nosotros -afirma Roger- esperamos siempre ser los mejores CaboSanRoque del mundo». «Nos queda mucho por investigar, esto lleva tiempo y nos vamos inventando el camino porque el nuestro es un lenguaje único», se suma Laia.

Y los dos se marchan pitando a Gràcia, donde han quedado con los amigos de siempre para ver el partido del Barça. Con Messi en danza, la patafísica se desborda.