Bambino vive en la Barceloneta

El bar Leo es un santuario dedicado al volcán de Utrera y a una BCN desaparecida

Leocadia Montes detrás de la barra del Bar Leo, en la Barceloneta.

Leocadia Montes detrás de la barra del Bar Leo, en la Barceloneta. / DANNY CAMINAL

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RAMÓN VENDRELL

Raphael tiene un museo sobre su vida, obra y vestuario en Linares. En vida, las estrellas suelen conformarse con una figura en un museo de cera. Pero Raphael es más grande que la vida y ya tiene un museo dedicado a él en su localidad de nacimiento. Ni Dolly Partonpropietaria del parque de atracciones Dollywood, se atreve a montar o autorizar su museo. Bambino, mientras tanto, tiene un santuario en el bar Leo de la Barceloneta. Los Rolling Stones se quedaron de piedra cuando fueron a los estudios Chess de Chicago y vieron a Muddy Waters haciendo chapuzas para la casa. Con esas faenas permitían los hermanos Chess ganar cuatro chavos al titán al que esquilmaban y al que los Stones empezaron imitando psepsé. De igual forma, Raphael fue en su origen una adaptación pop de Bambino. A uno le ha ido de perlas y del otro se acuerdan Leocadia Montes y pocos incondicionales más.

El bar Leo es un poderoso eco de una Barcelona extinguida, de un tiempo enterrado. Allí al lado, en el desaparecido bar La Barca, solía aterrizar Bambino al alba en los años sesenta y sobre todo setenta y ochenta cuando estaba en la ciudad, tras la farra posterior a la actuación en los Tarantos, Las Vegas, el Tabú o el Bombín. En un coche de caballos cogido en la Rambla, o en dos, llegaban Bambino, peinado y americana sin competencia, y sus amigos y era una fiesta. «Bambino se alojaba en pensiones. Prefería gastarse el dinero con los suyos que en hoteles», dice Leo. El rock and roll way of life siempre ha sido excursionismo cristiano al lado del estilo de vida flamenco. Juergón en La Barca y después mejillones y paella para todos en uno de los chiringuitos de la playa, también borrados del mapa. El milagro era que por la noche Bambino volvía a incendiar el escenario.

Ni conducir ni trabajar

Eso preserva Leo en su bar, las paredes forradas de fotografías del volcán de Utrera, pionero del flamenco pop demasiado salvaje y demasiado dramático para alcanzar el éxito a lo grande. Con Payaso, por ejemplo, no puedes conducir ni trabajar en una fábrica porque en un caso te estampas contra una farola y en el otro te cortas un dedo.

«Peret está bien. Pero no creo que sea comparable a Bambino», dice Leo. Bambino es incomparable.

Barcelona, cuenta Leo y es verdad, era casa para Bambino. Pasados los días de fulgor en los tablaos madrileños y constatado por la industria discográfica que pese a maravillas como el elepé Hablemos del amor (1973) era demasiado hardcore para triunfar, Bambino, Miguel Vargas Jiménez, devino artista de culto para personas en el lado complicado de la vida. «Las mujeres se le echaban encima. Claro, era guapo, elegante y un caballero. Pero poco caso les hacía», dice Leo.

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Hace poco los hijos de Leo fueron a ver actuar a Parrita y este les dijo: «Vosotros no sabéis quién es vuestra madre». Brevemente: una mujer que vino a la Barceloneta desde La Rábita, Granada, y que si no se hubiera casado tan joven igual habría hecho carrera bailando. «Me gustaba bailar y no lo hacía mal», dice. Escoltada por Tomás, el difunto dueño de La Barca, compadre de su marido y de Bambino, al punto que este era padrino de un hijo suyo, se pegaba Leo sus correrías. «Solo quedamos cuatro como yo en la Barceloneta. Aunque haya cambiado sigue siendo lo mejor de la ciudad», dice.

El bar Leo tiene un jukebox de la marca Sirene en el que alucinas cuando llegas a los grupos que empiezan por ele: Los Amaya, Los Amigos, Los Baris, Los Calis, Los Caños, Los Chavis, Los Cherokee, Los Cheles, Los Chichos. Algo debe de tener en contra Leo de Los Chunguitos porque no están. Pero sí Las Grecas (y, ¡tres hurras!, Lone Star). Es un jukebox fabuloso. Si quieres alegrarle el día a Leo, pon La pared y Corazón loco. Sus favoritas de Bambino. «Mi cuerpo es todo un corazón que ama», pone en la estatua que tiene en Utrera.