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El club de la cultura

RAMÓN DE ESPAÑA

Pese a lo que parezca indicar el título, esta crónica no va sobre el grupo musical del fosforescente Boy George, sino sobre el CLAC (Centro Libre. Arte y Cultura), entidad de nuevo cuño que se presentó el jueves pasado en el restaurante ARTTE de la calle de Muntaner. Entre sus promotores figuran Francesc de CarrerasManuel CruzFélix Ovejero o Miriam Tey, motivo por el cual el CLAC ya debe de olerles a azufre a los diversos representantes de los sectores nacionalistas de nuestra pequeña ciudad. Y si además se enteran de que el principal objetivo del invento es reivindicar una ciudad bilingüe, catalana, española y abierta al mundo -o sea, cosmopolita-, se van a poner como las cabras, pues ya sabemos que esta gente vive convencida de que el término cosmopolita es un eufemismo de unionista resentido.

La cosa no empezó con muy bien pie: la mayoría de miembros fundadores del asunto brillaba por su ausencia -a De Carreras, por lo menos, lo operaban ese mismo día y tuvo el detalle de enviar un vídeo-, con lo que Ovejero y Tey se quedaron en cuadro y tuvieron que recurrir a algunos espontáneos subidos a la tarima a empujones; entre ellos, quien esto firma, que solo pretendía salir de allí con una crónica decente para este diario. No descarto que fuesen todos víctimas de un virus maligno creado en el laboratorio de guerra bacteriológica del Centre d´Estudis Estratègics de Catalunya, bajo la estricta supervisión de Miquel Sellarès, síntesis perfecta entre el general Patton y el doctor Mengele, pero --si se me permite la sugerencia-, más vale que en el próximo acto haya plenario: para convencer a alguien de la importancia de algo, se impone que el impulsor de ese algo demuestre creérselo.

Y es que en esta Catalunya nuestra, toda iniciativa cultural que no se acoja al pensamiento único nacionalista y, además, reivindique una Barcelona más interesante, divertida y plural que la que ahora disfrutamos, debe prepararse para tenerlo todo en contra: del interesado desinterés de cierta prensa entregada, a la hostilidad de los nacionalistas. En este caso, para acabarlo de arreglar, la gente de ARTTE intentó deshacer el trato dos días antes de la presentación porque se olían un componente político. La responsable de comunicación del CLAC, Ana Nuño, recondujo la situación… que se volvió a envenenar al final del acto, cuando los del local la acusaron de haberles engañado. Creo que no llegó la sangre al río, pero el incidente da una idea de donde vivimos: hasta ahora, se llevaban la palma ciertas librerías a la hora de no tener o de esconder muy bien los libros molestos para el Régimen; a este paso, el quiosquero de la esquina acabará haciendo una lista de clientes que nunca compran los diarios que hay que comprar.

Desgracias y ausencias aparte, el CLAC consiguió explicarles a quienes llenaban el local que su intención es potenciar Barcelona como foco de cultura de alcance universal (el primer acto versará sobre George Orwell y contará con la presencia de su biógrafo) y como dinamizador intelectual de la ciudad. Eso sí, como reconoció Miriam Tey, de momento no hay ni sede ni dinero, por lo que me temo que aún no se ha superado la fase del voluntarismo.

Pero ya lo dijo Ignacio Vidal-Folch

en el título de uno de sus libros, lo que cuenta es la ilusión, y de eso no falta en el CLAC, a cuyo manifiesto fundacional se sumaron, entre otros, personajes tan interesantes como Juan MarséJavier Cercas o Félix de Azúa. El acto concluyó con la aparición de mi buen amigo Alfonso de Villalonga, actual barón de Maldá, que interpretó a voz y ukelele Estat propi, la canción que ya parece estar convirtiéndose en el himno oficioso de un colectivo cada vez más amplio de gente convencida de que la cultura es más importante que la lengua en que se expresa y de que Barcelona es una ciudad demasiado interesante para dejarla en manos de quienes solo aspiran a convertirla en la pulcra capital de un país supuestamente nuevo, entre Itaca y el estado de Massachusetts, que solo existe en su imaginación.

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