02 jun 2020

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BARCELONEANDO

El gemelo de Ocaña

El mellizo del pintor asiste a la reposición del documental que filmó Ventura Pons

OLGA MERINO

En realidad, son mellizos; o sea, de los que se parecen poco, como un huevo a una castaña. Pero es innegable que Jesús Pérez Ocaña comparte con su hermano José, el mítico pintor, un gracejo natural al hablar que se articula en un cataluz florido y muy eficaz: «Yo fui el que cogió la teta de abajo». Así de claro, ni cigotos ni óvulos fecundados. En su barrio, Vilapicina, a Jesús lo apodan El Sevilla porque nació en Cantillana, un pueblo de la provincia, en 1947. Los dos en el mismo parto, en efecto.

La cuestión es que El Sevilla acudió el martes a la reposición de Ocaña, retrato intermitente (1978), de Ventura Pons, y entre ambos, el director de la película y el hermanísimo, glosaron la figura del artista antes del pase, en lo que fue el bautizo de un ciclo de pequeñas joyas cinematográficas que programa el Texas. Se trata del cine de barrio, calle Bailèn arriba, salvado del cerrojazo precisamente por el cineasta.

El documental congregó a un público talludito en una velada entrañable, con un aire como de arte y ensayo pero cachondo. Un revival de aquel tiempo de las barbas, el macuto de piel vuelta y el grito de «todos a la calle, comunes y políticos».

Preludio de la movida

¿Que quién era Ocaña? Pues un fuera de serie que murió de una muerte estúpida en 1983: andaluz y barcelonés, hijo de albañil, farandulero, anarquista y pintor naíf que vivía en el número 10 de la plaza Reial y la lió parda en los primeros años de la transición, antes de que la movida se trasladara a Madrid. Abocó en sus lienzos la iconografía de la campiña sevillana: las beatas, los cementerios, la llama de los cirios en Semana Santa, los abanicos, las macarenas, la reja con los geranios... La vida y la muerte. El personaje acabó por devorar a un artista subversivo de tan puro. O algo así.

Él se definió a sí mismo con mucho más acierto: «Yo no soy un travesti, soy un teatrero y mi escenario es la Rambla». Ay, la Rambla, quién la ha visto y quién la ve. Del pitorreo reivindicativo, al sablazo, los gofres y esos artefactos de colorines que venden los paquis, unos ovnis que suben, suben y suben por encima de los plátanos con la amenaza de aterrizar sobre alguna córnea.

Justo ahí arranca la peli, en la Rambla, con un paseo por el tramo de Canaletes. Ocaña camina en el centro, con pamela y un vestido floreado, cogido de un brazo por el comiquero Nazario y del otro por su Camilo, otro imprescindible que se fue a destiempo, otro icono de aquellos años gamberros (1975-80). Suena de fondo el pasodoble Francisco Alegre, y la gente va arremolinándose en torno al trío, curiosos y extras, un espejo de lo que fuimos: las rayban molonas, las camisas de cuello picudo, cierta inocencia. Y en estas, el pintor de las vírgenes se levanta las faldas y, zasca, muestra los cataplines.

Nada que ver con la gansada que protagonizaron unos guiris el verano pasado, cuando entraron en un colmado de la Barceloneta con toda la carn d'olla al aire. Aquello fue una falta de respeto con el vecindario, mientras que el juego exhibicionista de Ocaña tenía su porqué en un tiempo en que te aplicaban la gandula (la ley de vagos y maleantes) en lo que tarda un suspiro. El documental, además, se filmó cuando aún no se había abolido la censura. «Mi hermano era maricón pero miraba a la cara», dice Jesús. Y se hartaba de vender postales para ayudar a los obreros despedidos.

¿Qué habría pensado Ocaña de la transformación de la ciudad? El gemelo toma la palabra en un aparte: «Pero si ya se lo dijo al Nazario en el ochenta y pocos, que la Rambla se estaba poniendo triste... Es una pena que desaparezcan locales emblemáticos». Lo mismo pasa en la plaza Eivissa, dice, «donde las criaturas tienen que cerrar porque no pueden pagar los alquileres».

Jesús, El Sevilla, le está preparando a su hermano un homenaje: el próximo miércoles, en el Ateneu Popular de Nou Barris.