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Cambio de un dios por otro

El MareNostrum, un ordenador monstruoso, vive en la vieja capilla entre arcos de ojiva

Becarios a las puertas del Centro de Supercomputación de la Torre Girona, el miércoles pasado.

Becarios a las puertas del Centro de Supercomputación de la Torre Girona, el miércoles pasado. / ELISENDA PONS

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OLGA MERINO

Frío pelón en el campus norte de la Politécnica. La cita es en la Torre Girona, un recinto coqueto, como de cuento en el bosque, que encargó construir a principios del siglo XX Manuel Girona Vidal, hijo del célebre banquero de la revolución industrial (toda la que pudo darse aquí) y, además, alcalde de Barcelona en tiempos de Cánovas del Castillo. Con un biruji como este, ¿habría ofrecido el banquero padre un té calentito a las visitas? A saber, porque el potentado tenía fama de pertenecer a la cofradía del puño. Hasta los patos del estanque parecen arrecidos bajo la llovizna.

Atardecida desapacible, pues, sobre los árboles centenarios que rodean la torre, hoy sede del rectorado y del supercomputador llamado MareNostrum. La última luz del día batalla por atravesar el manto de nubes negruzcas, y en la pelea, al estilo paisajista de Turner, emergen tonalidades extrañas en el cielo de la zona universitaria. Amarillo, naranja que vira al salmón, un violeta de película bíblica... Colores sobrenaturales porque algo de eso tiene el asunto: el objetivo de la crónica es acoplarse a la visita al Centro de Supercomputación de Barcelona —tuvo lugar el miércoles— de la Associació de Becaris de La Caixa. O sea, cracks entre los cracks. Informáticos, ingenieros, biofísicos y algún médico formados en el extranjero.

Uno de los primeros en llegar es el becario Ricard Alert, un joven de Igualada con un currículo para desmayarse: licenciado en Física, máster y doctorando en Biofísica sobre materia condensada blanda. Casi nada. La prudencia aconseja pegarse a él cual lapa para atisbar algo de las explicaciones que aguardan .

Sin embargo, el maestro de ceremonias y director del centro, el catedrático Mateo Valero, resulta cercano y muy didáctico en la disección del bicho. ¿Qué es un supercomputador? Pues un ordenador rapidísimo y con una capacidad de cálculo asombrosa. Dicho en plan castizo: como el monstruo tiene 50.000 procesadores funcionando conjuntamente, puede hacer en una hora lo que un computador casero tardaría seis años. ¿Aplicaciones? Desde prospecciones petrolíferas en el golfo de México, hasta simular la actividad mecánica y eléctrica del corazón.

El MareNostrum, el supercomputador más potente de España, está encerrado en una inmensa urna de cristal dentro de la antigua capilla de la Torre Girona. Un oratorio un poco de cartón piedra, a imitación del románico, que el arzobispado tuvo que desacralizar en los años 80 para que la universidad pudiera destinarlo a fines docentes.

Impacto visual

Vitrales, arcos de ojiva y capiteles, aunque sean de pega, ejercen sobre el visitante un impacto brutal en su extraña combinación con los módems y cables del artefacto, nada menos que 100 kilómetros de hilo eléctrico. Un choque visual con el añadido del canto gregoriano como música de fondo durante el paseo.

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Parece un matrimonio contranatural, pero tal vez no lo sea tanto: desde los orígenes de la humanidad, el hombre va buscando porqués para poner orden en el caos, y si en el invierno de los tiempos buscó respuestas en los cielos, ahora, en el siglo XXI, trata de obtenerlas a través de la tecnología; hemos cambiado una deidad por otra. «Sí, un dios por otro, pero con una gran diferencia —advierte el biofísico Alert—; mientras la religión es una cuestión de fe, nosotros, los científicos, demostramos nuestras hipótesis».

De vuelta a casa, un tropel de estudiantes aguarda en el andén del metro. La ley de Murphy: avería en la línea verde, pese al baño hipertecnológico. El retraso invita a reflexionar sobre el futuro del magnífico plantel de investigadores que trabajan en el Centro de Supercomputación. ¿Deberán abandonar el país en busca de mejores horizontes? Ojalá que nunca, y que el deseo no se quede en mera cuestión de fe.