12 jul 2020

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El lúcido fatalismo de un humanista

RAMÓN DE ESPAÑA

El dibujante Jaume Perich, cuyo legado sigue vivo a los 20 años de su muerte.

El dibujante Jaume Perich, cuyo legado sigue vivo a los 20 años de su muerte. / ARCHIVO / ALBERT BERTRAN

Mi primer contacto con la obra de Jaumese lo debo, curiosamente, a un cura. En concreto, al padre Paco de los Escolapios de Diputación, que le daba por animar los ratos de estudio con la lectura de algunos fragmentos de Autopista, versión mejorada del Camino de monseñor Escrivá de Balaguer que el humorista, quien como toda persona decente detestaba al Opus Dei, esa secta maligna, había publicado en 1971. No todo eran alegrías con el padre Paco, pues en su mundo Perich podía convivir apaciblemente con su progenitor, el discutible caricato baturro Paco Martínez Soria, cuyos discos nos ponía: les habla un hombre que se ha tragado entero el elepé de La ciudad no es para mí. Muchos años después, hablando con Perich del rápido deterioro de nuestra democracia, el maestro me comentó: «Yo no le pedía gran cosa al nuevo sistema. Solo que no volvieran a pasarse jamás por la tele las películas de Martínez Soria. ¡Pero las emiten y son un éxito!».

Perich

Hoy se cumplen exactamente 20 años de la muerte de Perich, y el padre Paco sigue recluido en el monasterio de Poblet por su propio bien y el de la humanidad (aunque yo siempre le agradeceré que me descubriera una mirada especial que echo de menos desde 1995, cuando el Perich se hartó de Cine de barrio y nos dio a todos un corte de mangas definitivo). A modo de homenaje, su hija Raquel y el dibujante Jaume Capdevila, en arte Kap, acaban de publicar el libro El Perich sense caducitat, que recoge un montón de chistes del maestro y una serie de elogios de amigos y admiradores, entre los que me cuento. Lo mío no tiene mérito porque le tenía mucho cariño al difunto, pero me resulta admirable el fair play de Tortell Poltrona y Pepa Planas, ya que fue Perich quien dejó dicho lo de que «los payasos son gente que ríe por fuera y llora por dentro, motivo por el que acostumbran a tener tan poca gracia».

Puesto en el buen camino por el padre Paco, yo seguí al Perich en Por favor y Muchas gracias. Cuando me lo presentó Carlos Romeu, yo no las tenía todas conmigo porque me habían vendido la moto de que era un tipo adusto y con malas pulgas, pero me habían engañado: el Perich que yo recuerdo era un tipo simpatiquísimo y cercano cuyo único defecto, si se le puede considerar así, era cierto fatalismo, basado en una lucidez extrema, a la hora de enfrentarse a la estupidez humana, que se imponía urbi et orbi tanto entonces como ahora. Aunque me llevaba 15 años y yo era un pardillo, siempre me trató como a un igual, llegando a confiarme la frase que quería grabar en su lápida: «Nunca fue a Andorra». En la que me inspiré para encontrar la mía años después: «Nunca fue a El Bulli». Cuando acabé compartiendo con él -más TomRomeuAndreu Martín y demás prohombres- la redacción de la efímera revista Histeria, me sentí todo un triunfador. Lamentablemente, Histeria solo duró un par de meses del año 1982 y sacó seis números antes de hundirse. Me temo que el resultado no era ni la mitad de hilarante que los consejos de redacción, regados con abundante alcohol -el maestro bebía ginebra con Vichy Catalán-. Al tercer gintónic, ya tenías la sensación de hallarte en la redacción de Hara Kiri a principios de los años 70.

Un auténtico Charlie

Ahora que todo el mundo dice que es Charlie sin serlo -la revista se estaba hundiendo en la miseria y ha tenido que salir macabramente a flote a base de muertos y de la solidaridad impostada de quienes la estaban dejando morir; aquí el único sincero fue el beodo de Depardieu y su pancarta de Je suis chablis-, el Perich sí era un auténtico Charlie. Reacio a cualquier clasificación política, fue compañero de viaje de los comunistas porque eran los únicos que hacían algo contra el franquismo, pero era imposible imaginarle (por lo menos sobrio) ante los tribunales disciplinarios del PSUC, tras los que fueron echados a patadas algunos amigos míos por fumar canutos o ser fans de los Stones. Seguí cruzándome con Perich hasta su fallecimiento -aún recuerdo la bronca humorística que me echó en un concierto de Juliette Gréco, con frases como «largo de aquí, rockero de mierda»- y cada encuentro fue siempre una alegría. Me caía bien y me encantaba su visión de las cosas. Ya sé que no se está perdiendo nada euforizante en la España contemporánea, pero seguro que su chiste diario, su lucidez y su fatalismo me ayudarían a soportarla mejor.