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'Guiris go home', teatro con paella

Carles Cols

El turismo es la industria que consiste en transportar gente que estaría mejor en su casa a lugares que estarían mejor sin ellos. Marc Caellas, intermitente ciudadano de Barcelona (Caracas y Buenos Aires han sido también su hogar), echó mano de esa anónima sentencia, que en internet, la pobre sin padre, va de blog en blog, para promocionar en Verkami, plataforma de micromecenazgo artístico, la obra de teatro que quiere llevar a escena, Guiris go home, un título inequívoco, desde luego, y ha logrado lo que quería, pues necesitaba recaudar 4.000 euros y ya los tiene. Así que del 5 al 8 de marzo se representará en el Antic Teatre una obra que lo extraño es que no hubiera llegado antes a escena, de la mano de quien fuera, ya que la conversión de Barcelona en una marca, eso dicen que es ahora, es algo que merece protestas en la calle (la Barceloneta desbrozó esa senda), un documental (lo hay), debates académicos (pocos todavía, pero se han llevado a cabo, con mención especial para el protagonizado por Marina Garcés), pero no tenía aún una representación dramática en directo y con público.

Un divertido anticipo de lo que se prepara para marzo en escena ya lo experimentó a finales del 2014, casi por accidente, el propio Caellas. Fue también en el Antic Teatre. Él era uno de los artistas invitados en una suerte de sesión continua teatral en la que varios actores y conferenciantes, uno tras otro, construían un relato con el coche como eje argumental común. Caellas se presentó allí a bordo de un Go Car (ya saben, ese auto loco alimonado que se alquila a los turistas y que le da a la ciudad un aire de Bangkok con sus tuktuks) y pretendió meterlo dentro de la sala. Resulta que el artefacto no pasaba por la puerta y hubo que improvisar, así que público y actor se fueron a dar una vuelta por las calles cercanas, a bocinazos y en contradirección. Lo elegante es decir que fue una performance, pero también le encajaba a la cosa decir que fue una gamberrada. De repente se toparon con una patrulla de la Guardia Urbana que, ¡oh, sorpresa!, gentilmente se apartó y les dejó seguir. Aquello fue una revelación, un eureka intelectual. «En esta ciudad vas montado en un Go Car o en cualquier otro disparate para turistas y tienes pasaporte diplomático», descubrió aquella noche Caellas.

Teatro y francachela

De Guiris go home prefiere no dar demasiadas pistas. Solo un par. La primera es un aliciente. Los actores cocinaran en escena una paella. De acuerdo, eso ya lo hizo Albert Boadella en La increíble historia del Dr. Floit & Mr. Pla (y, por cierto, ya tarda el Canal 33 en programar un sábado por la noche, Ubú president, obra del mismo joglar, porque fue casandrescamente profética y merecería ser revisitada), pero aquel arroz después no se lo jamaba el público, y ahora será así. Buen provecho. Lo segundo no es un aliciente, es una propuesta que de un modo u otro pondrá sobre la mesa Guiris go home y que, quién sabe, hasta puede que algún candidato a alcalde la meta en su programa electoral. Total, cosas más imposibles se han prometido. «Creo que el dinero de la tasa turística habría que repartirlo equitativamente entre los vecinos de las zonas que más padecen el turismo, algo así como una renta mínima turística. Calculo que saldrían a 500 euros por cabeza». No debería ser la versión catalana del PER andaluz. Al contrario. Ese sueldo permitiría reclamar a los vecinos de Ciutat Vella, Sagrada Família y de otras zonas cero de la ciudad que representen mejor su papel de figurantes del parque temático en el que viven, que cuando Construmat abra sus puertas vayan con un nivelador bajo el brazo, que durante el Mobile World Congress whatssapeen como adolescentes en la edad del pavo y que durante la Gay Pride, ¡ay!, exploren las tierras ignotas de su propia concupiscencia.

Ante discursos así, provocadores, lo común es responder que la industria turística es un regalo para esta ciudad, una bendición, que hay que dar gracias y, como decía José Luis López Vázquez en Atraco a las 3, saludar al visitante con un «Fernando Galindo, un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo...».

Caellas no lo hará. Forma parte de esa milicia ciudadana (creciente, parece) que la ha tomado con el turismo. Qué se le va a hacer. «La vida no tiene sentido si no tienes una obsesión», dijo John Waters.