RECUPERACIÓN DE LA MEMORIA HISTÓRICA

El honor del barraquista

Exvecinos de los 4 grandes núcleos de barracas reivindican su papel en la historia de la ciudad

BCN hace por fin justicia con placas recordatorias a los miles de personas que vivieron en chabolas

Vídeo realizado en noviembre del 2014, en motivo del cambio de nombre de la playa del Somorrostro. Cuatro habitantes de La Perona, el Somorrostro, Can Valero y el Carmel rememoran su vida en los barrios de barracas. / MÓNICA TUDELA

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HELENA LÓPEZ / BARCELONA

Vivieron en lugares y en épocas tan distintas como han sido sus recorridos vitales. Pese a eso, es mucho lo que les une. «Y muy grande». Un pasado común -haber habitado en alguno de los barrios de barracas que se extendían por numerosos rincones de la Barcelona preolímpica- y, sobre todo, el deseo de recuperar la memoria y el honor -«es muy importante lo del honor»- de los miles de barceloneses que, como ellos, habitaron esas barriadas. Lugares que todos coinciden en definir como dignos y «muy solidarios». El honor de los barraquistas se empieza a restaurar este martes con la inauguración de la primera de las cuatro placas que recordarán los grandes núcleos de chabolas del Somorrostro, Montjuïc, el Carmel y La Perona. Barrios donde vivieron Julia Aceituno, Francesc Banús, Custodia Moreno y Carmen Gómez; una Barcelona enterrada en la (selectiva) memoria colectiva durante largo tiempo, en la que a finales de la década de 1950 vivían unos 100.000 barceloneses (el 7% de la población) y que estas personas se han empeñado en rescatar.

Hijos del Somorrostro, Can Valero, El Carmel y La Perona, Julia, Francesc, Custodia y Carmen hacen añicos los tópicos lumpen que impregnan el imaginario colectivo sobre aquella Barcelona informal, cada uno a su manera. Hablan de barracas humildes pero «limpias como una patena», donde cada primavera se encalaba y todos los vecinos eran como una gran familia.

TARDANZA 

Que la primera de las grandes placas que se irán poniendo después de una batalla tenaz de más de tres años sea en el Somorrostro no es casual. La idea de la necesidad de homenajear a aquellas gentes nació de Julia, una mujer pequeña y dulce, en cuya mirada se lee lo mucho que ha vivido. Durante una entrevista para el reportaje de 30 Minuts Barraques, l'altra ciutat,  Julia soñaba con recordar físicamente en la playa a todas las personas que allí vivieron. Idea que caló en Carnicer y Grimal, quienes, junto a la historiadora Mercè Tatjer, pusieron la semilla de la campaña ciudadana cuyos frutos empiezan a recogerse. «Lo que han tardado en colocar las placas va en consonancia a lo que tardaron en erradicar los barrios de barracas», ironiza Custodia, la cara activista del grupo, quien vivió -y luchó- en las barracas del Carmel entre los años 1947 y 1972.

La veterana del grupo es Julia, vecina del Somorrostro entre 1952, cuando llegó a Barcelona con 14 años, y 1958, cuando una tormenta se llevó por delante la parte del barrio en la que vivía y trasladaron a su familia al Pabellón de las Misiones de Montjuïc, donde vivió hasta que construyeron los bloques de Trinitat Nova, donde aún reside. Recuerda su llegada a Barcelona en el tren conocido como el Sevillanoy el recorrido en el tranvía 55 desde la estación de Sants hasta el Somorrostro. La ciudad le fascinó. La Rambla, los grandes edificios...

HARTÓN DE LLORAR 

"Pero llegué a aquella playa y me pegué un hartón de llorar", cuenta la mujer, quien explica cómo hacían turnos para comer lo que guisaban en una la lata de aceitunas de las grandes -en la mesa cabían tres personas- y cómo solo podían dormir en la barraca su madre y ella. "Mis hermanos dormían en la playa, liados en mantas", explica, rebosante de dignidad. E insiste en una idea que lo resume todo: "Nosotros le debemos mucho a Barcelona, pero Barcelona también nos debe mucho a nosotros. Allí vivíamos los trabajadores que ayudaron a hacer de esta ciudad lo que es".

Francesc llegó a Can Valero en 1959, un año después de que Julia fuera desalojada del Somorrosto. Recuerda la barriada, uno de los principales núcleos de barracas de Montjuïc, como un sitio bullicioso. Siempre lleno de vida, de gente entrando y saliendo. Esa fue una de las cosas que más le impactaron a su llegada a la ciudad. Tenía nueve años y llegaba «del interior». Del Alt Urgell, en una casa aislada, lejos del pueblo. El cambio, pues, no podía ser más drástico. «Nos mudamos a Barcelona después de la muerta de mi padre. Yo nunca había escuchado el castellano, y allí nadie hablaba en catalán, pero creo que me adapté muy rápido», relata Francesc, quien aún conserva amistades de esa época, como Rafael Usero, otro de los antiguos vecinos de Montjuïc, muy implicado en la recuperación de la memoria. Recuerda que su barraca era una casita de herramientas de 25 metros cuadrados que compartía con su madre y dos hermanos. Vivió allí 10 años, hasta 1969, cuando pudieran marcharse.

Carmen es la única de los cuatro nacida en una barraca. En La Perona, algo que recuerda con orgullo. «La primera vez que sentí que vivir en las barracas estaba mal visto fue en el colegio, adonde íbamos juntos los niños de las barracas y los niños de los pisos, y estos nos señalaban como los de las barracas», evoca. A Carmen le duele la a sus ojos injusta imagen con que ha pasado a la posteridad su querida Perona. «La gente imagina un barrio marginal y mi Perona no era esa. Era un barrio humilde en el que vivía gente trabajadora. Sí es cierto que durante los últimos años, cuando los vecinos de toda la vida fueron marchándose a pisos, las barracas no se derribaron y fueron ocupadas por personas sin oficio conocido, pero eso fue la última época y una parte», subraya Carmen, quien lleva años recopilando fotos y vivencias con la intención de publicar un libro sobre el barrio.

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LA MUJER

«Lo más destacable de La Perona era la solidaridad. Gracias a una colecta pudimos tener electricidad. Los vecinos nos ayudábamos en todo», rememora Gómez. Custodia asiente. «Todo lo que se logró fue por la lucha de los vecinos y por el trabajo conjunto», cuenta. Ambas coinciden en señalar el papel de las mujeres como la base de esa solidaridad. «Con los pocos recursos que tenían hacían todo lo posible por sacar adelante a sus familias. Las casas estaban impecables dentro de lo que se podía», acaban.