04 jun 2020

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a pie de calle cgaya@elperiodico.com

La memoria en femenino de BCN

Catalina Gayà

Hace unos días, el Institut Català de les Dones (ICD) presentó una aplicación (www.carrersdona.cat) que permite identificar sobre el mapa de Catalunya las calles que tienen nombre de mujer. En lógica wiki, la herramienta pretende dar visibilidad a las aportaciones que hacen las mujeres a la sociedad y promover su reconocimiento a través del nomenclátor de las poblaciones. En Barcelona, la política de feminización del espacio público se remonta, como publicó este periódico en el 2010, en los últimos 14 años.

En el 2010, había 4.427 viales públicos en Barcelona, de estos 1.907 correspondían a nombres de personas, entre los que había 306 mujeres. Hoy en día, según publicaron los periódicos tras la presentación de la herramienta, hay 686 espacios con nombre de mujer.

Voy a la (en http://www.bcn.cat/nomenclator/) y encuentro 11 espacios con nombre de mujer. En la B, la cifra se reduce a 3. Muchos de los interiores de manzana, jardines los llaman, son femeninos. El último de estos se inauguró el pasado 20 de septiembre: son los jardines de Rosa Deuloefeu, en la antigua casa Bayer. Ayer el jardín aún no aparecía en el nomenclátor.

Salgo del nomenclátor y visito ese interior de manzana del Eixample. Es un espacio de líneas rectas, gris, hay un concesionario de coches cuyos ventanales dan al jardín sin flores. Es parte de esa ciudad que quiso ser muy posmoderna y que ahora acumula polvo. Abundan los carteles de «Se alquila». Pese a la posmodernidad, hay columpios y hay una chimenea industrial y hay padres y madres que juegan con sus hijos. ¿Conocen cómo se llama este espacio? No. Rosa Deulofeu fue delegada de Juventud del Arzobispado de Barcelona y está en proceso de beatificación.

Los padres me explican que los interiores de manzana configuran un circuito familiar. Pregunto por qué y sale la palabra «recogido». Aquí pareciera que estamos en el fondo de una caja urbana, arriba el cielo, los balcones -cuelgan banderas ya desteñidas y pancartas de «9-N. Votar es normal», colgando-, los árboles y el suelo. Una madre está sentada en un banco junto a sus dos hijos. Un padre juega con su niña.

No se conocen -la edad de la prole marca los encuentros-, pero sin saberlo coinciden en que el circuito incluye el interior de manzana «de la biblioteca», así lo describen. No, de nuevo, el nombre pasa desapercibido. Es el jardín de Ermessenda de Carcassona, la mujer más influyente de los condados catalanes.

La entrada de la A incluye una abadesa, una actriz, una matemática (Ada Byron, que da nombre a otra illa), una escritora, una maestra y escritora, a Anna Frank (imposible ponerle etiqueta), una filántropa, una heredera que cedió terrenos, una santa, una modista-anarquista, una escritora-musicóloga y defensora del derecho del voto. No escribo sus nombres porque les animo que las busquen en el nomenclátor: es la narración que suele estar a unos palmos de nuestra cabeza y que es parte de nuestra vida cotidiana. En la B, hay una bailarina.

Los jardines Rosa Deulofeu se cierran, pone en el cartel de la puerta, al capvespre, un sustantivo certero que genera interpretaciones diferentes según la estación.