BARCELONETA, UN BARRO AL DESNUDO

«No estamos en venta»

El estallido de indignación de la Barceloneta no es una erupción de verano. Es la gota que ha colmado la paciencia de un barrio al que han despojado de su identidad. El autor de este artículo, que creció en sus calles y es el autor de la ya famosa foto de portada, explica aquí la pérdida del orgullo portuario e industrial y hasta del sueño.

Diálogo de dos fachadas del barrio, con el cielo abiertode fondo. /

Diálogo de dos fachadas del barrio, con el cielo abiertode fondo.
Dos vecinos toman el fresco en el portal de su casa mientras observan a los turistas.
Dos turistas observan a los bañistas de la Barceloneta ajenasal alivio del perro.
Relax playero en el remozado litoral por obra de los Juegos Olímpicos del 92.

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TEXTO Y FOTOS: VICENS FORNER

Sin sombra de duda, queremos al turista. La Barceloneta es hospitalaria. Lo fue con la imigración-que hoy somos todos- y lo será con todos aquellos que nos honran con su visita o han elegido nuestro barrio para residir. Pero somos orgullosos e intolerantes con la tolerancia mal entendida, que al parecer es la oferta que algunos turoperadores han vendido a bajo precio a aquellos viajeros deseosos de vivir experiencias que en su país ni se atreverían a soñar. Esto me lleva al convencimiento de que el mensaje que mandamos fuera es que aquí el turista incluso puede entrar a comprar en un colmado en pelotas, a plena luz del día, una imagen que pude captar con mi cámara y que ha dado la vuelta al mundo transmitiendo ese mensaje tan negativo para la convivencia: en Barcelona todo vale.

Lo cierto es que el turismo crece cada año. Pero nadie cree que deban crecer las condiciones para absorber a los visitantes. Por lo menos no en nuestro barrio, que es humilde y con pocas infraestructuras. Así que ante la demanda de hospedaje, una multitud de inmobiliarias se han instalado en nuestras calles compitiendo entre ellas para repartirse el pastel. Dado que según el ayuntamiento solo hay 70 licencias de apartamentos turísticos, han creado una red de pisos ilegales que cumplirían a la perfección su cometido si no fuera porque el sistema de alquiler, cutre y mafioso, convierte a los clientes -turistas- poco menos que en delincuentes y que, una vez en nuestro barrio, tienen que sufrir un calvario para poder acceder al alojamiento. Durante horas, esperan sentados en un banco de la calle a que un empleado de la agencia los recoja y los acompañe, manteniendo una distancia prudencial para que los vecinos no los relacionen. Incluso reciben la consigna de que, en caso de que la policía se persone en el piso, digan que son parientes del dueño. Los pobres turistas no entienden nada, pero lo que sí tienen claro es que todo es ilegal y que si tienen algún problema, no sabrán adónde acudir. La imagen que se llevan a casa es que han viajado al tercer mundo.

En defensa del tejido vecinal

Por eso los vecinos nos organizamos con la intención de luchar para proteger a nuestros visitantes de las agencias mafiosas y, sobre todo, para conseguir que el tejido vecinal de nuestro barrio no desaparezca. Porque existe el fundado temor de que esta situación sigue unas directrices con la intención de que la Barceloneta pase a ser en un futuro un barrio residencial, y que toda esa tolerancia con el incivismo forme parte de uno de tantos planes de acoso y derribo que, con la colaboración de la Administración, se han intentado llevar a cabo en este barrio.

No es la primera embestida. Pero quizá porque la Barceloneta es un barrio conquistado al mar, sus habitantes tienen un carácter guerrero. Siempre estamos alerta y dispuestos a defenderlo de cualquier amenaza externa. Fuera de una Barcelona amurallada que nos cerraba las puertas al anochecer impidiéndonos entrar a la ciudad hasta la salida del sol, el barrio de L'Òstia -como se le ha conocido siempre- tuvo que apañárselas solo, al amparo de un puerto que también comenzaba a palpitar y que nos permitió unir su destino al nuestro.

En  aquellos años, la Barceloneta ya estaba considerada internacionalmente como un  destino turístico. Ofrecía merenderos de playa, baños de oleaje y piscinas  públicas. Toda Barcelona bajaba a los baños Orientales, a los de San Miguel y  San Sebastián, además del Club Natació Barcelona, el Barceloneta y el Atlético.  Pese a la rudeza de los vecinos, la convivencia y la tolerancia siempre fueron  la tónica. 

A decir verdad, en aquella época la calidad del turismo era  estupenda. Muchos residentes de la tercera edad, y otros no tan viejos, podemos  presumir de haber visto entrar en los innumerables restaurantes a personajes  famosos como Xavier Cugat, Salvador Dalí y Ernest Hemingway. Nos parecía lógico  que vinieran. Los habitantes de la Barceloneta sentimos un orgullo casi  enfermizo por la historia del barrio. Tuvimos la primera plaza de toros fija de  España, el Torín desde la que en 1932 y debido a una mala corrida se inició la  revolución que propició la quema de conventos.

También era patrimonio nuestro  la Escola de Mar, citada por Albert Einstein en sus memorias. «En mi visita a  Barcelona, y debido a la desatención de las autoridades, que no me pasaron a  recoger, fui a parar a un barrio muy humilde de la ciudad», explica el padre de  la teoría de la relatividad. «Gracias a la ayuda de algunos vecinos visité una  escuela en la que se practica un sistema de enseñanza 100 años adelantado a su  tiempo». Tal vez por ese motivo la Escola del Mar fue una de las primeras  víctimas de los bombarderos fascistas.

Los Juegos Olímpicos

Pues bien,  el barrio de L’Òstia ya no tiene nada que ver con aquella barriada que olía a  mar y a mil productos que se descargaban en el puerto. Con la llegada de los  Juegos Olímpicos, la Barceloneta pasó de un estado primitivo con una única  puerta de entrada, a ser lugar de paso abierto a Barcelona. Pasqual Maragall  barrió de un plumazo su fama de zona peligrosa y violenta, y se obraron grandes  reformas que evitaron tocar el interior (el alcalde conocía bien el carácter de  nuestra gente).

Así se abrió a la ciudad y al mundo. Se saneó la playa. Se  derribaron las barreras que no dejaban ver el puerto. Pero hubo que pagar un  precio muy alto por aquella mejora. Desapareció el rompeolas, esa arteria  nuestra que era la muralla que defendía el puerto de los temporales del mar y  que nos permitía evadirnos de la ciudad andando solo 500 metros. Y los  astilleros, la Vulcano, la Maquinista, Catalana de Gas, el dique, los  merenderos, los baños, el mercado central y las más de 100 pequeñas industrias  auxiliares esaparecieron como si jamás hubieran existido. Y el puerto nos  cerró la entrada a sus instalaciones, con monopolios como Port Vell o Marina 92.  Levantaron barreras impidiéndonos el acceso al trabajo, empleando mano de obra  extranjera –sobre todo ingleses–, dejando para los orgullosos obreros del barrio  como únicas herramientas la escoba y el recogedor. Tampoco podemos acceder al  muelle pesquero, convirtiendo lo que un día fue un barrio marinero en un trust  náutico.

La oportunidad envenenada

Sí, pudimos mirar a la ciudad de  cara y vimos cómo el turismo iba en aumento. Eso parecía una oportunidad para  generar puestos de trabajo. Pero pronto comprendimos que no tenía nada que ver.  La Barceloneta había sido un barrio obrero, de gentes con oficio, y la nueva  ciudad se encaminaba con paso firme a los servicios. Cualquiera podía asumir un  trabajo en un bar, un restaurante o una tienda de suvenires. Cambiaba el ritmo  vital y había que adaptarse a la nueva clientela o traspasar negocios. Llegaron  las franquicias, los restauradores paquistanís, chinos y turcos. Y el empleo  bajó del 100% al 20%. El pequeño comercio empezó a no poder competir con los  supermercados, ni con los badulaques abiertos las 24 horas, que a los ojos de  los vecinos gozan de una tolerancia que contrasta con la presión fiscal y al  cumplimiento de las normativas al que son sometidos los autóctonos.

El  tráfico de licencias y la habilidad para sortear normativas por los recién  llegados ha provocado que en el barrio continuamente abran bares y  establecimientos, algo que a cualquier vecino le sería mucho más complicado. Y  es precisamente eso lo que nos ha puesto en el punto de mira de todos los que  hacen de la especulación su modus vivendi. Por suerte, algunos empresarios de la  restauración han resistido la embestida. Ahí están el Jaica, La Cova Fumada, Can  Ganasa o el Vaso de Oro, que han sabido adaptarse logrando que vecinos y  turistas convivan en armonía y compartan mesa. También El Maño, el Cheriff, Can  Manel, Ramonet, Salamanca, Can Majó y Can Solé. Aunque otros establecimientos  que fueron icónicos tuvieron que cerrar, como el bar Emilio, Can Joanet, Casa  Tipa y Siempreviva.

Por desgracia, el turismo es el único recurso que le  queda a este barrio para poder subsistir, a pesar de los argumentos de los  políticos que nos quieren conquistar hablándonos de las monumentales inversiones  que grandes capitalistas van a hacer a través del puerto autónomo del brazo de  la Generalitat y el Ayuntamiento. Prometen la creación de puestos de trabajo,  aunque la verdad es que a medida que van aumentando el turismo y las inversiones  extranjeras, paradójicamente va creciendo el paro. 

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Muchos frentes  abiertos

Construcciones de hoteles de discutida legalidad como el World Trade  Center o el Vela, la remodelación del Port Vell por parte de su nuevo  propietario –Salamanca Group–, y la posible venta de edificios como la Facultad  de Náutica, el del puerto autónomo, aduanas o la lonja, que han caído o están a  punto de caer en manos de empresas extranjeras, ha provocado una situación de  descontento y desconfianza, aumentada por los casos de corrupción que no paran  de aparecer cada día en la prensa como broche de una situación que en nuestro  barrio se hace insostenible.