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El imperio de la cachimba

Durante el día, el Port Olímpic dibuja un territorio de navegantes y familias en busca de comidas marineras

La caótica oferta nocturna está dominada ahora por las terrazas-fumadero

P. C.
BARCELONA

El Port Olímpic diurno da el pego. Con un horizonte marino, un marco olímpico y un sol radiante, invita a venerar la Barcelona de las mil caras que en cinco minutos de metro te propulsa sobre un barquito de recreo o, en versión más abierta a todos los públicos, ante un plato de paella. Pero si el visitante pone el zum, observa que la amalgama de terrazas cubiertas ya estropea parcialmente la foto. Y tampoco ayuda el marcaje de los captadores de clientes que tratan de llenar a toda costa algunos restaurantes. Pero el ambiente a esa hora es distendido, familiar y amable.

Los que pisan el territorio con hambre de mar encuentran 28.000 metros cuadrados de zona de amarres, con 16 para barcos de más de 30 metros y más de 200 para menores. Cuenta Joan Guitart, desde su puesto de mando en el edificio de Capitanía, que la crisis dejó huecos, pero que en la actualidad la ocupación es del 99%. Y presume también de ser «referentes en la gestión medioambiental y de software», gestionando con esmero 2.500 toneladas de basura anual y con una morosidad en mínimos.

La otra cara del Port, la ciudadana, con unos 70 locales (muchas veces agrupados) para usos de bar, restaurante y discoteca, es más difícil de evaluar. Jordi Giró, presidente de la asociación de vecinos de la Vila Olímpica, lamenta que esta oferta haya derivado en «un enorme pasillo» (entre los locales y sus terrazas) donde el paseo es incómodo. Y donde los veladores supuestamente incumplen muchas normas, afirma. Pero la nueva ordenanza de terrazas, que considera singular (entre otras 30 zonas) al Port Olímpic, deberá dar un giro al asunto. Guitart apunta que las terrazas posiblemente se adosen a los locales y mejoren la trama.

Mezcla de públicos

Dejando de  lado la valoración gastronómica de la zona (tan dispar como toda concentración multisabor), llama la atención el viraje oriental que ha dado el puerto en poco tiempo. La oferta de ocio nocturno posolímpica empezó atrayendo a público de la zona alta, luego derivó sobre todo a visitantes del área metropolitana, a inmigrantes y también a turistas con ganas de celebración; pero en la actualidad sus noches aglutinan en esencia a viajeros jóvenes, grupos y celebrantes y, a muchos hombres árabes, marroquís, turcos, filipinos, paquistanís, indios... y demás extranjeros amantes de la cachimba, que se ha convertido en protagonista de muchas terrazas.

Un operador cuenta que uno de ellos empezó a ofrecer estos mecanismos para fumar (en origen, tabaco o plantas aromáticas sin nicotina) con tal éxito que cada vez más terrazas se sumaron al negocio. Entre los actuales arrendatarios de los locales hay turcos, indios y paquistanís, entre otros, cuyos rótulos llevan a pensar que uno está fuera de España. Una oferta que se va incrementando, como sucedió cuando cayó El Rey de la Gamba, cuentan. Pero incluso la oferta local puede aderezarse con estas rentables shishas, que, de momento, escapan a la ley antitabaco.

Los grandes veladores conviven con pequeñas y medianas discotecas de ambiente joven y poderosa oferta de chupitos como reclamo y con solo algún local histórico, ya que los traspasos siguen siendo cotizados.

Los Mossos vigilan la zona, pero el vecindario reclama más seguridad propia «porque lo que pasa en el Port afecta a toda la Vila». Como al pie de sus escaleras de acceso, donde una empresa ofrece, con un catálogo de prostitutas en mano, servicios de transporte a todo el público que quiera acabar la noche con final feliz.