HOMENAJE A UNA ANTIGUA FACTORÍA TEXTIL

Los amigos de Fabra i Coats

El Museu d'Història de Barcelona dedica una emotiva exposición a la desaparecida fábrica de hilos de Sant Andreu

Los obreros salvaron los objetos y documentos que se exhiben

Fichas de trabajadoras de la desaparecida Fabra i Coats.

Fichas de trabajadoras de la desaparecida Fabra i Coats. / FERRAN SENDRA

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CRISTINA SAVALL
BARCELONA

A mediados del siglo XX, cada mañana de Reyes, la fábrica textil Fabra i Coats convocaba una tradicional fiesta para que los trabajadores acudieran al campo de deportes de Sant Andreu de Palomar acompañados de sus familiares. Los hijos menores de 12 años iban dando saltos a buscar los regalos, que solían ser pelotas y muñecas, y el número de la rifa para el sorteo de la deseada bicicleta.

Una fotografía en blanco y negro evoca esos tiempos felices en la exposición Fabra i Coats fa museu, que desde ayer se exhibe en el inmenso recinto industrial, que ocupaba dos manzanas separadas por la calle Sant Adrià, reconvertido hoy en un espacio diáfano que alberga una fábrica de creación, una biblioteca y un centro cívico.

Unas salas de este equipamiento municipal, destinado principalmente a apoyar la creatividad y el talento emergente, acogen hasta el 27 de septiembre esta muestra de objetos, de palabras y de emotivas imágenes. Detrás de este proyecto coral se encuentran el Museu d'Història de Barcelona (Muhba), el Institut de Cultura y Els Amics de la Fabra i Coats, una asociación altruista de antiguos empleados de la desaparecida empresa que asentó sus raíces a finales del siglo XIX, cuando Ferran Puig y Jaume Portabella fundaron Vapor de Fil, una fábrica de hilados de lino. Con la incorporación de Camil Fabra, en 1884, se constituyó la Sociedad Anónima Fabra y Portabella que, en 1903, se fusionó con la factoría británica J&P Coats. Así nació la Compañía Anónima de Hilaturas Fabra & Coats, que, según cuenta Joan Roca, historiador y director del Muhba, se convirtió en un líder mundial del sector. «La industria ha sido vital para que Barcelona se haya consolidado como capital de Catalunya internacionalmente», asegura Roca.

El director del Muhba destaca «la capacidad emotiva» de los objetos que se exhiben en la exposición y anuncia la cercana apertura en el recinto de Can Fabra de la restaurada Sala de Calders, que fue el motor energético del recinto, que en 1911 ya disponía de 922 máquinas de hilar y de 380 tejedoras mecánicas.

Las primeras cremalleras

Las viejas máquinas de escribir, los ordenadores de la prehistoria de la informática con sus pantallas y teclados gigantes, las lámparas de acero con forma de sombrero vietnamita, los teléfonos de mesa, los libros de contabilidad escritos con pluma, las cajoneras de cartón que guardaban el muestrario de hilos, las primeras cremalleras que se fabricaron en España y muchos otros tesoros rescatados del abandono por los antiguos trabajadores se apilan distribuidos en cuatro áreas expositivas. «La dedicada a la empresa como modelo de gestión, el proceso de fabricación, los productos y por último el mundo del trabajo», enumera Xavier Cazeneuve, comisario de la muestra.

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Cazeneuve destaca la «importantísima labor y entrega» de Els Amics de la Fabra i Coats, que cuenta con más de 500 socios. «No solo por su trabajo sino por todo lo que han conseguido. Lo que se expone aquí, podría no existir si cuando en el 2005 la fábrica cerró, ellos no lo hubieran salvado y preservado», señala el comisario.

Pere Fernández, presidente de Els Amics de la Fabra i Coats, trabajó 45 años en la fábrica. Recuerda con orgullo la lucha emprendida por los empleados para que el recinto textil no fuera derribado por las excavadoras. «Es un espacio vital para el patrimonio de nuestra ciudad», define. Para él, Fabra i Coats siempre destacó por sus iniciativas sociales. «Tuvo una guardería, el club deportivo Las Hilaturas, una mutua y un parque inmobiliario de 500 casas para los obreros, asistencia médica, incluido un centro antituberculoso para los familiares de los trabajadores, y en 1913 se redujo la jornada laboral a 50 horas semanales cuando el sector la situaba en 60», cuenta Fernández de su querida Can Mamella, llamada así por que trabajaban muchas mujeres.