27 oct 2020

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Las letras vencidas

Joan Barril

Está sucediendo en Palafrugell (Baix Empordà). La Fundació Josep Pla dispone de una sala de conferencias y presentaciones varias. Desde la ventana de esta sala se contemplaba hasta hace poco una pared con un enorme anuncio de un supermercado que ya no vende en Palafrugell. Al artista multidisciplinar Enric Farrés i Duran, que por lo visto es un verdadero devoto de la obra de Josep Pla, se le ocurrió cubrir aquel anuncio ya periclitado que se había erigido por su cercanía e impacto visual en una suerte de espónsor de la fundación.

Así se hizo. Y para darle un poco más de sentido patrimonial a la dichosa pared, el artista Farrés propuso pintar sobre el gran mural una frase del propio Pla extraída del libro El meu país. La frase no es literariamente emocionante, como por otra parte tampoco lo es la ingente prosa de Pla. En El meu país Pla dice: «De vegades penso en Palafrugell», algo obvio en una persona tan vinculada a la villa. Pero el artista Farrés pensó que lo que convenía era una pequeña provocación para que la gente hablara de la fundación en el marco del tradicional festival Flors i Violes que se clausurará mañana domingo. ¿Cómo hacerlo? Farrés recurrió a un error ortográfico y mandó pintar la misma frase cambiando la v por la b. El resultado fue: «A begades penso en Palafrugell». Aberrante, increíble. ¿Qué hubiera dicho Pla ante su prosa mal escrita? Me cuenta el pintor Pipo Carrasco, con cuya amistad me honro, que mientras estaban él y sus ayudantes sobre los andamios pintando la dichosa inscripción la gente se detenía y, a voz en grito, advertían al pintor que eso de begades era un error, que se escribía con v. Y el bueno de Carrasco debía decirles que eso él ya lo sabía, pero que el cliente le había encargado el pastiche y que el solo era un mandado.

Han tenido que pasar bastantes días para que el debate se haya serenado un poco. De pronto han aparecido curiosas tribus de personajes. En primer lugar la guardia pretoriana del emperador Pla, dispuesta a considerar la idea de Farrés casi como un golpe de Estado. En segundo lugar han llegado los vanguardistas, esos que hacía tiempo que se los había tragado el mar, aplaudiendo la idea. De la misma manera que Alfred Jarry hacía empezar su Ubu Roi con la palabra «¡Mierda!», ya era hora que se subvirtiera la ortografía planiana y que un autor tan escrupuloso como conservador acabara siendo objeto de los jóvenes de mayo del 68 que decían que «Son los muros los que tienen la palabra». Finalmente, con rostro resignado, llegaban los maestros a contemplar el dislate mientras se lamentaban: «¿Con qué autoridad moral vamos a enseñar lengua a nuestros alumnos si la propia fundación la ha frivolizado?»

Las letras y las palabras están revueltas. Los teléfonos móviles han acabado con los vocablos enteros y ahora solo son abreviaturas y emoticones. La letra k, tan lejana en el espacio, forma parte de nuestro alfabeto cotidiano y cercano, puesto que no es lo mismo ocupar un asiento del autobús que okupar una casa abandonada. Todo eso se consiente y hasta se acepta como un signo generacional que se diluye con los años. Pero los acólitos de la religión planiana deben decir «quiten sus sucias manos de artistas multidisciplinares de encima de Pla».

Cuentan que en breve, y para mantener el decoro ortográfico y la eficacia didáctica, se procederá a corregir la b intrusa para devolver su dignidad a la v canónica. En otras palabras: que mi amigo Pipo Carrasco tendrá mucho trabajo con sus brochas y su maestría moral. La memoria de los grandes escritores se cimienta, por lo visto, en mantenerlos encerrados en sus propios templos. Esto con Pla no se hace, eso de Pla no se dice y a Pla no se le toca. Un escritor tan mundano como él y ahora hasta parece que no sea de este mundo.