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Tendencia urbana en la segunda ciudad de Catalunya

Amanece en L'H, que no es poco

Música en directo, salas de ensayo y un vivero privado de artistas exhiben músculo

La vida cultural despierta en L'Hospitalet a la sombra de una dubitativa Barcelona

CARLES COLS
L'HOSPITALET

Hace medio año, Josep Ramoneda, el farero que durante 22 años iluminó parte de la vida intelectual metropolitana desde el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), entregó al Ayuntamiento de L'Hospitalet un análisis de pros y contras para que esa, la segunda ciudad de Catalunya, diera un salto en el mundo de la cultura como ya lo dio antes, desmintiendo a los escépticos, en el de la economía empresarial, con la transformación urbanística de la plaza de Europa. A veces, este tipo de análisis, como el que Ramoneda elaboró, son flor periodística de un día, que al siguiente se marchita. Pasado medio año, sin embargo, no parece ya una chaladura afirmar que   L'Hospitalet puede sorprender gratamente de  nuevo.

Sobre el mapa, a la zona que hay que prestar atención es la franja urbana situada a ambos lados de la avenida del Carrilet. Para quienes nunca hayan puesto los pies en L'Hospitalet (Ramoneda, por ejemplo, antes de la profunda inmersión que realizó para elaborar su informe), aquello tiene algo del Poblenou barcelonés antes de la apertura de la Diagonal, un espacio en el que la industria está en retirada. Es una zona extensa y tal vez poco agraciada, pero donde la suma de iniciativas culturales públicas y sobre todo privadas es demasiado elevada ya como para no reparar en su presencia.

Los decanos puede que sean los responsables de La Salamandra, una sala de música en vivo nacida hace 18 años. «Si un día nos tenemos que ir de aquí, nos llevaremos las paredes del camerino», explica David Lafuente. Ahí están las firmas, dibujos y cochinadas variadas que han estampado decenas de artistas que han actuado en la sala. Lafuente tenía antaño un bar de aquellos que tanto molestan a los vecinos («seguramente tenían razón»), que cerró para lanzarse a la aventura de La Salamandra. Hoy, dentro del perímetro de la gran Barcelona que dibujan los ríos y las rondas, hay tres salas de conciertos, la que dirige Lafuente y, en la capital, Razzmatazz y la Sala Apolo. De Bikini se espera que algún día vuelva. Tal vez también lo haga  algún día La Paloma. Pero, como de inmediato subraya Lafuente, «hay una barrera psicológica, la Riera Blanca, la calle que separa Barcelona de L'Hospitalet», que hace La Salamandra no sea percibida realmente como un potente local más de Barcelona. Está al lado de una parada de metro, pero en otro término municipal. A veces, hablar de Barcelona como una metrópoli es un desacierto. No se comporta como tal. «Si esto fuera París, L'Hospitalet sería parte del centro de la ciudad», lamenta Jaume Graells, concejal de Cultura. A él le ha caído el encargo de la alcaldesa de poner en marcha ese motor cultural que Ramoneda sostiene que está ahí, al ralentí, pero que es necesario alimentar con un combustible nuevo, nada tradicional, nada de subvenciones. «Lo que tenemos que hacer es poner facilidades para que las cosas sencillamente sucedan», dice Graells.

Las cosas, poco o mucho, ya suceden. Alrededor de La Salamandra, por ejemplo, ha crecido el negocio de las salas de ensayo, como La Universal, también en esto a imagen y semejanza del Poblenou de Barcelona. «Después han llegado algunas tiendas de instrumentos musicales», celebra Lafuente.

Pero no solo es música lo que acontece. Una señal insólita pero muy interesante de que la avenida del Carrilet es la Oklahoma cultural, con los colonos a la carrera en busca de las mejores parcelas, está a un par de calles, en el número 120 de la Carretera del Mig. Hace medio año abrió puertas allí la primera galería de arte de L'Hospitalet: Espacio 120.

Que nadie imagine un localito menudo y coquetón, a lo Eixample barcelonés. Son 2.500 metros cuadrados de exposición, «de todos los autores y precios», explica su dueño, Benjamín.

¿Qué le llevó hasta ahí? Asegura que el olfato que le ha permitido dedicarse al negocio del arte durante más de 30 años y sobrevivir. «Un local así, a tan pocos minutos del centro de Barcelona, es muy difícil de encontrar. Ahora soy el primero en la zona, pero estoy seguro que con el tiempo no seré el único», afirma.

Otro punto del mapa del género insólito aunque ya bastante más conocido es la Fàbrica Freixas. Aquella antigua factoría de lámparas cerró y dio paso primero a un vivero de empresas, pero poco a poco evolucionó hasta lo que es hoy, un taller de creadores, de artístas que necesitan un local en el que trabajar. Si fuera Nueva York, saldría en las películas. Pero está en L'Hospitalet.

Xavier Pons, dueño de la Fàbrica Freixas, sostiene con más vehemencia que Ramoneda (aunque este también lo afirma), que Barcelona he perdido fuelle, que la capital no tiene la vida cultural que por sus dimensiones merecería, que la colonización turística del centro han difuminado el perfil del CCCB, el Macba y por supuesto el Centre d'Art Santa Mònica..., vamos, que en L'Hospitalet se intuye el frescor creativo que en los 80 alumbró Barcelona. Es un punto de vista.

Es a la vista de estos y otros focos de interés, con la avenida del Carrilet como columna vertebral, que el Ayuntamiento de L'Hospitalet cree que puede tener un distrito cultural, en el que afortunadamente los equipamientos públicos, como la imponente Tecla Sala, ya existen. Ahora queda por hacer mucho, y entre ello, lo más difícil, romper esa barrera psicológica de la Riera Blanca. De ahí que la alcaldesa juegue a menudo con esa idea de que L'Hospitalet no es más que el Brooklyn de Barcelona, que ciudad no hay más que una. Pasen y vean.

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