EL ANVERSO DE LA VIDA ESCOLAR

Un 'Hatari!' en cada cabeza

La perenne plaga de piojos en las escuelas da pie en Barcelona a la aparición de empresas especializadas en desparasitar cabezas

La realidad del insecto supera incluso su leyenda

Dos trabajadoras de Happy Heads, el viernes, en plena faena.

Dos trabajadoras de Happy Heads, el viernes, en plena faena. / ELISENDA PONS

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CARLES COLS / Barcelona

Más de 712.000 niños catalanes de 3 a 11 años y (atención aprensivos, que ahora vienen los picores) millones de piojos comenzaron el pasado septiembre el curso escolar. De los pediculus humanus, el nombre científico de la bestia, se habla cada año y mucho en las escuelas. Les acompañan leyendas infundadas y, si se investiga un poco sobre ellos, innecesarias, pues la realidad, ahí están sus hábitos alimenticios y su vida sexual, sin ir más lejos, es más sorprendente que la ficción. Es, además, una plaga creciente. Se calcula que en los países desarrollados un 20% de los escolares son a lo largo del curso portadores de piojos.

Las madres, y algunos padres también, andan desnortados. ¿Qué hacer? Lo último en Barcelona son los centros especializados en la desparasitación de las testas de los afectados. La visita a una de ellas, Happy Heads, es un alucinante viaje a lo microscópico. Las lecciones son muchas y variadas.

Primero, algunas aclaraciones iniciales. Los piojos ni vuelan ni saltan. Es decir, ni tienen alas ni unos muslos como los de las pulgas. Así que abordan las cabezas como los piratas los barcos de mercancías en alta mar, casco contra casco. Son parásitos incapaces de sobrevivir más de 24 o 48 horas lejos del confortable calor de un humano, de modo que colonizan nuevas cabezas cuando la de un niño entra en contacto físico con la de otro. Y eso sucede preferentemente entre niñas. El fútbol no invita al contagio. Los patrones de juego femeninos, parece que sí. «Un 65% de nuestros clientes son niñas. El resto, niños». Eso explican Emma y Eli Bryan, dos hermanas irlandesas afincadas en Barcelona, dueñas de Happy Heads, que tiene como tarjeta de presentación el hecho de haber aprendido todo lo posible sobre su minúsculo enemigo en el mejor centro de investigación del mundo sobre esta materia, en Florida. Lo dirige Kate Shepherd, algo así como la Jane Godall de los piojos, que pese a convivir 20 años con ese insecto ftiráptero jamás ha formado parte de su dieta. Los piojos, como es bien sabido, son chupadores de sangre. La de Shepherd jamás la han catado.

Dos décadas de investigación se resumen en una conclusión. Las soluciones químicas o farmacológicas  no son tan eficaces como el más primitivo de los métodos: la caza y captura. «Necesitamos una hora y media para explorar y limpiar a fondo una cabeza», cuentan las hermanas Bryan. Es una lucha muy similar a la que se lleva a cabo en muchos hogares cada semana bajo la luz de la lámpara más potente de la casa, pero con más paciencia y, eso sí, unas potentes lupas que agigantan la visión de la cabeza del niño a las dimensiones de una enorme sandía. Con un aspirador especial se realiza un primer repaso al paciente. Caen así los piojos despistados. El resto es un todo un Hatari!. En tiempos de paz pastan habitualmente por la nuca y detrás de las orejas, pero si se sienten amenazados trepan hacia latitudes superiores, huyen para salvar su culo, pues en ello les va la vida. Eso, en cualquier caso, vale para los piojos adultos.

Un problema distinto son los huevos. Son puñeteramente pequeños. Ese es el verdadero problema, que la vida sexual del piojo, que la tiene y no es envidiable, hace que si la limpieza no es absoluta el problema se reproducirá en menos de dos semanas y a lo grande.

La cuestión, expuesta crudamente, es más o menos así. La cabeza de los niños es el restaurante de los piojos, pero también su catre. Vamos, que hay apareamientos.

Suele haber más hembras que machos, lo cual puede inducir equivocadamente a pensar que ellos son unos suertudos. Pues no. En realidad más les vale ser unos seductores impenitentes o llevarán una vida monacal, ya que las hembras copulan una sola vez en su vida para realizar todas las puestas de huevos que después vendrán, que no son pocas. Ponen unos ocho huevos por día, que eclosionan al cabo de unos nueve días. Una ninfa tarda otros nueve días en ser adulta y, por lo tanto, en ser fértil. Para entender la magnitud del problema, basta plantear que cada hembra tendrá miles de nietos en menos de un mes. Por eso es una plaga. Y, sin embargo, el problema no preocupa a las autoridades sanitarias como sí lo hace a los padres de las víctimas. ¿Por qué? Probablemente porque es una parásito que no transmite enfermedades. Si así fuera, tendría a media OMS tras sus pasos. No es el caso.

Así no debe extrañar que mucho de lo que se sabe de estos incómodos inquilinos del ático provenga de los estudios llevados a cabo por la voluntariosa señora Shepherd.

Por ejemplo: sin llegar a ser inmunes, los afroamericanos de Estados Unidos son menos propensos a los piojos que los caucásicos. El motivo es que el diseño de las seis patas del insecto es perfecto para agarrarse con una fuerza inaudita al pelo liso, pero no, sin embargo, para hacerlo con el cabello muy rizado.

Los piojos se han adaptado a su hábitat, el hombre, pero no por igual a todas las razas. Lo han hecho como mínimo desde hace 6.000 años. Se sabe porque han sido hallados restos de parásitos en algunas momias egipcias, y según las hermanas Bryan todo parece indicar que a lo largo del siglo XX han experimentado aún mutaciones, que les han hecho resistentes a algunos tratamientos químicos.

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Con todo, los piojos son imperfectos. Sin que se conozcan aún muy las causas, su vida es una ruleta rusa si deciden cambiar de cabeza. «Si su nueva víctima tiene un RH sanguíneo distinto, lo habitual es que mueran», cuentan en Happy Heads. Seguramente sea una muerte horrorosa, pero, de verdad, no dan pena.

En resumen, vuelve el cole y vuelven los piojos. Y el curso no ha hecho más que empezar. Llegarán las colonias escolares y las fiestas de pijamas... «Nos metimos en esto por buscar una salida laboral. Ahora ya ni siquiera descartamos crecer y tener varios establecimientos». Es la guerra.