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El drama de los asentamientos de Sant Martí

Historias tristes de la nave

Muchos de los hombres han acabado recogiendo chatarra después de perder el empleo y la vivienda

Algunos de los jóvenes habitantes de la fábrica de la calle de Puigcerdà explican sus vivencias

HELENA LÓPEZ
BARCELONA

La nave de la calle de Puigcerdà en la que sobreviven 300 senegaleses

La nave de la calle de Puigcerdà en la que sobreviven 300 senegaleses / FERRAN NADEU

Hagie llega a la nave a media mañana. Pasadas las doce. Lleva los tejanos remangados para que no se le mojen con los charcos. Acaba de ponérselos limpios, algo que no puede hacer todos los días. Todavía no ha dormido. Después de pasar toda la noche recogiendo chatarra, a primera hora ha ido a una parroquia del «barrio chino» a comer algo, ducharse y cambiarse de ropa. Hace tres años que vive en Barcelona, donde se ha dedicado siempre a la chatarra. Antes, este senegalés que no sabe decir su edad, aunque recuerda que nació en 1978, había vivido 10 años en Girona, trabajando de lampista. «Eran otros tiempos, cuando había trabajo». Hagie es uno de los habitantes de la nave del 127 de la calle de Puigcerdà, en Sant Martí, en la que sobreviven cientos de personas y que acoge uno de los principales centros de compra venta de chatarra. «No me gusta vivir aquí, claro que no me gusta. No quiero salir en la foto. No quiero que mi familia sepa que vivo aquí. Que vivo así», explica el joven de ojos grandes y tristes.

Lama ha sido uno de los últimos en llegar a la nave, hace apenas dos semanas. Es del sur de Senegal, de la misma ciudad de Ibrahima, uno de los líderes del grupo. Tiene 27 años y llegó a España hace cuatro años. Vivía en Roquetas, en Almería. Y trabajaba en el campo. Pero ya no hay trabajo. Hace tiempo que no hay trabajo, por eso ha decidido probar suerte en Barcelona. «Vivir aquí es duro. En Roquetas vivía en un piso compartido con otros amigos. No me imaginaba que esto iba a ser así. Hace frío, no hay agua y las ventanas están rotas, pero como mínimo no estamos en la calle. Aquí hay luz y tenemos una cama», explica el joven desde su parcelita de nave, frente al televisor encendido. A su lado, una chica pela patatas para la comida.

DE BADAJOZ A PUIGCERDÀ  

Los más veteranos de Puigcerdà vienen de la gran nave desalojada en Badajoz. El procedimiento ha sido siempre el mismo, que no deja de ser el clásico «un desalojo, otro ocupación», en su caso, sobra decir que por una cuestión de supervivencia. «Desalojaron la nave de Consell de Cent y lleva desde entonces cerrada e inutilizada. Después hicieron lo mismo en Badajoz, donde tiraron la fábrica y ahora es un solar en desuso, y si desalojan aquí, pasará lo mismo. Es evidente que ahora nadie va a construir nada», reflexiona Andrés García, abogado de los residentes en la nave, la gran mayoría hombres.

Adbdoul tiene 30 años y es guineano. Lleva cuatro meses en Sant Martí, aunque llegó a Barcelona hace cinco años. En su primera época aquí trabajaba en un laboratorio en Cerdanyola y vivía en un piso en Ripollet. Pero perdió el trabajo, se le acabó el paro y, al ver que no podría seguir pagando el alquiler, se trasladó a la nave de Puigcerdà, donde tiene un pequeño restaurante.

MANTAS PARA EL FRÍO  

«Nos hace falta de todo. Ahora, sobre todo, mantas, para el frío», cuenta Abdoul. Y es que el frío incipiente no es fácil de llevar en el gélido lugar, donde sus habituales se calientan alrededor de hogueras en bidones en la calle.

Ibrahima -quien comparte nombre con uno de los líderes de la nave, pero no hay que confundirle con él- también es uno de los recién llegados. Proviene del desalojo de Doctor Trueta, y anteriormente había vivido en la nave de Badajoz. Tiene 37 años y vive en Catalunya desde hace siete. Siempre se ha dedicado a la chatarra. Al principio la recogía él mismo con un carrito de súper, rastreando contenedor tras contenedor, pero ahora hace de intermediario. Él compra la chatarra que recogen otros y después la vende a terceros. Antes lo hacía en Doctor Trueta y, tras el desalojo, está en uno de los locales de Puigcerdà, que es casi como una pequeña ciudad. Asegura que la compra a 19 céntimos el kilo y la vende a 20. Los chatarreros industriales -legales- no compran chatarra de los carritos. Solo la quieren ya seleccionada. Ese es su trabajo. El de él y el de otros, los intermediarios, que son varios en la nave.

Mohamed no vive en la nave, solo trabaja en ella. Acude a vender la chatarra que recoge -oficio cada vez más complicado, ya que como hay tantas personas que se dedican a ello es más difícil encontrar. Explica que se la compran a 16 o 17 céntimos, «depende». Lamenta que los desguaces no compren a los particulares, porque con los intermediarios pierden dinero «y ya ganamos bastante poco».

La creación de una cooperativa de la chatarra -uno de los objetivos por los que trabajan muchos de los habitantes de la nave que todo indica que quedará reflejado en el futuro plan municipal de asentamientos- es precisamente legalizar su trabajo y evitar intermediarios, que ellos mismos pudieran realizar todo el trabajo. Reivindican que su labor es importante en la ciudad y que con su actividad todo el mundo gana, ya que reciclan y hacen algo que nadie hace: el cartón sí lo recoge el ayuntamiento, pero la chatarra no, destacan.

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