24 oct 2020

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BUCÓLICOS ANÓNIMOS

La caricia del suelo da alas

JOAN BARRIL

No es seguro que se sepa el origen de la lágrima. Se puede llorar de pena, así lo hacen los niños que aún somos. Se puede llorar de alegría, porque la emoción de la felicidad supera las exclusas de lo razonable. Se puede llorar del recuerdo, pues sabemos que nunca volverán los momentos de la alegría. Pero, de pronto, rompemos a llorar por cosas que pasan lejos de nuestro interés y de nuestro círculo de aficiones.

Yo mismo me siento sorprendido cuando compruebo que algo tan lejano a mí como son las multitudes, los estadios, el deporte y el atletismo me llevan al llanto tranquilo y constructivo. Me suele pasar en la plaza mientras veo el esfuerzo de los castellers. Me sacude el corazón la gesta de un alpinista llegando a la cima de un monte cuyas vías me había aprendido de memoria. Pero la destilación de la lágrima me sobreviene cuando no hay más decorado que el cuerpo humano y su esfuerzo por superarse a sí mismo. Eso es el atletismo.

El próximo sábado, 20 de octubre, se proyectará en el auditorio de AXA, en L'illa, una película de esas que llevan al llanto. Se trata de Town of runners, dirigida por Jerry Rothwell y un magnífico equipo de producción con las garantías del Instituto Sundance. He visto ese documental de dos horas y se me han hecho cortas. Aprovechen la ocasión para ir a verlo, porque es la mejor manera de conocer un espacio, un tiempo y un alma de un lugar que no suele ser muy asequible: Etiopía.

De la misma manera que se supone que los mejores relojes son los suizos y que el mejor whisky es escocés, ¿cuál es la imagen de marca de Etiopía? Por una parte está la hambruna cíclica que determina las cosechas y que fuerza a los etíopes a una escasez endémica. Pero por la otra está la capacidad atlética de largas distancias. Una visión neocolonialista del mundo diría que los etíopes corren porque carecen de medios de comunicación. Hoy esto ya no es cierto. El poder atlético de Etiopía viene de una endeble red de clubs que fomentan entre sus jóvenes más dotados una actividad que va de la construcción y el mantenimiento de la pista a una selección estatal de favoritos.

Lo verán en la película Town of runners que presenta en Barcelona la AFNE (Associació de Famílies de Nens i Nenes d'Etiòpia). En este magnífico filme el paisaje es el protagonista. Una carretera de tierra será construida por la inversión china. Mientras tanto, dos amigas adolescentes, Hawii y Alemi, se dedicarán a la gran pasión de correr. Lo dice la madre de una de ellas: «Las únicas salidas son el matrimonio y el atletismo». Pero el atletismo significa levantarse muy temprano, esforzarse cada vez más con una dieta mínima y unos medios oficiales que van de la arbitrariedad a la precariedad.

'Town of runners'

3 Un entrenador consagrado a esa pasión, Shentayehu Eshetu, va explicando su presencia en el filme. Se trata de un entrenador que ha consagrado su vida a un pequeño pueblo de la región de Oromia, al sudoeste de Adis Abeba, llamado Bekoji. Este lugar es la famosa Town of runners. De Bekoji surgieron la trimedallista olímpica Tirunesh Dibaba o el fondista Kenenisa Bekele. No es ficción sino realidad, cuando no tragedia. Después de los títulos de crédito un breve y lacónico homenaje a una corredora adolescente que murió de accidente en la carretera que los chinos empezaron a construir en los primeros fotogramas.

Así es la vida en Etiopía, el único país africano que supo resistir a las invasiones occidentales hasta que llegó la aviación italiana para darle gusto a Mussolini. Pero la nueva Etiopía de eso ya no quiere acordarse. Ni tampoco quiere acordarse de la represión policial del dictador Mengistu. Hay un rincón de África que llega al primer mundo corriendo y que no necesita marcas deportivas ni zapatos de catálogo. La caricia del suelo les proporciona alas. Y el espectador inmóvil siente la emoción de una pequeña epopeya de gente común y de jóvenes con ganas de comerse el planeta con las plantas de los pies.