La próxima calle de moda

Una hasta ahora plácida callejuela del Gòtic, Lledó, vive un inesperado despertar comercial digno de estudio

Una chica pasea por la calle de Lledó, en el Gòtic de Barcelona.

Una chica pasea por la calle de Lledó, en el Gòtic de Barcelona. / ALBERT BERTRAN

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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En la Barcelona medieval tres eran las calles inmobiliariamente más cotizadas. Una era la de Mercaders, mutilada durante las obras de apertura de la Via Laietana. Una muestra del aire de lujo señorial que allí se respiraba es la Casa Padellàs, que se salvó de la piqueta y se trasladó piedra a piedra a la plaza del Rei, donde encajaba como un anillo al dedo en un solar. Hoy es la sede del Museu d¿Història de la Ciutat. Otra era la calle de Montcada. Algunas de las grandes familias burguesas de Barcelona levantaron allí sus palacios, hermosos edificios que con el paso de los siglos perdieron esplendor pero que los prohombres del catalanismo arquitectónico gotificaron a principios del siglo XX en una serie de operaciones de dudoso rigor histórico pero espléndidos resultados turísticos. Hoy la calle de Montcada es lo que es. Las opiniones son libres. Había una tercera calle señorial, con el plus de que era la que tenía más pedigrí, pues estaba dentro del perímetro de la antigua muralla romana. Ha tenido varios nombres a lo largo de la historia. Actualmente en el nomenclátor figura como calle de Lledó. Su suerte fue que quedó fuera de los planes de monumentalización del centro de la ciudad impulsados por las autoridades a caballo de los siglos XIX y XX para poner Barcelona en el mapa del turismo. A su manera, se preservó como los mosquitos de Parque Jurásico dentro del ámbar, pero, en su caso, oculta dentro de gruesas capas de roña. Puede que sea la próxima calle de moda.

En Lledó están sucediendo las cosas a velocidad de vértigo. A veces, Barcelona es así, Una calle dormida cobra vida. Sucedió, por ejemplo, años atrás con la calle de Flassaders, Era una ruta insulsa de acceso al paseo del Born. En un pis pas, sin embargo, pasó a ser una coqueta calle de pequeñas tiendas. Lledó parece que ha encontrado esas huellas y sigue la pista, pero con un aliciente extra. En el numero 7 de esa calle está a punto de abrir sus puertas un hotel sin comparación posible en la ciudad. Los clientes disfrutarán sin salir a la calle el pasado romano, románico, renacentista y gótico de la ciudad, todo ello empaquetado bajo la dirección de un proyecto arquitectónico de Rafael Moneo.

La cadena Mercer adquirió el edificio cuando este había tocado fondo. El abandono era notable. El paso de una legión de okupas no ayuda precisamente a la conservación en buen estado de un edificio.

Pero lo que la cadena hotelera compró era diamante por pulir. El número 7 de la calle de Lledó era una casa medieval que se construyó adosada a la muralla romana. De hecho, más que adosada se edificó aprovechando una de las 76 torres de vigilancia de aquella muralla, de modo que cuando el hotel abra sus puertas, el próximo 7 de septiembre, unas de las habitaciones más encantadoras será, al margen de la suite presidencial, la que ocupa la última planta de la torre, con dos ventanas góticas como punto de luz natural.

En una de las vigas del techo de la recepción aparecieron pinturas renacentistas. En lo que será el comedor reservado, un equipo de restauradoras de arte trabajaba aún ayer en la recuperación de unos frescos del año 1280. Pero tal vez uno de los espacios más singulares será la sala de lectura, situada allí por donde hace 1.700 años patrullaba haciendo la ronda los soldados romanos con su gladius (la espada corta) y su scutum (el escudo de proyección).

No es que Barcelona, en sus primeros años de existencia, fuera una ciudad que requiriera una fuerte defensa. Poco antes del inicio de la era cristiana, el Senado romano encargó a Pompeyo que limpiara de piratas el Mediterráneo, y se aplicó a ello con notable eficacia, pues durante siglos las ciudades costeras quedaron libres de esa amenaza. Pero el ascenso posterior de los visigodos alteró el orden de las cosas, de ahí que la segunda muralla de la ciudad fuera mucho más alta que la primera. Hoy es la fachada posterior del futuro Hotel Mercer.

El establecimiento turístico, en cualquier caso, es solo un capítulo de todo lo que acontece en la calle de Lledó. Desde finales del 2011 han abierto como mínimo una decena de nuevos establecimientos. La mezcla es todavía indefinida, pero sugiere ya que la calle saldrá pronto del olvido ciudadano. Entre los nuevos vecinos está Rita Smile, tienda de los especialistas en edición de arte gráfico contemporáneo Mamá Graf, una fabricante de quesos artesanos, tres tiendas de moda, unas termas... Y aunque no tiene la puerta principal en la calle de Lledó, formalmente se considera también vecino a un pequeño establecimiento que pasea a los turistas a bordo del siempre futurista Segway.

Los más viejos del lugar (un par de bares y un restaurante llevan allí más de 15 años) también creen que la calle va camino de una aparentemente inexplicable resurrección, pero la verdad es que los planetas parecen haberse puesto en línea para que así sea. El Ayuntamiento de Barcelona, por ejemplo, también ha puesto de su parte gracias al nuevo enfoque que ha dado el concejal de Cultura, Jaume Ciurana, a las tareas de recuperación del pasado romano de la ciudad, la cenicienta de las políticas arqueológicas del municipio. Junto a la calle de Lledó, en la vía paralela, Sotstinent Navarro, avanzan a buen ritmo la labores de demolición de un par de fincas sin ninguna gracia que habían sido construidas adheridas a la muralla romana. Con los trabajos en curso, que finalizarán a fin de mes, quedará al descubierto un nuevo tramo de la antigua defensa de la ciudad. Son precisamente los edificios que ocultaban la torre de la muralla que ahora ocupará en parte el Hotel Mercer.

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Arqueólogos y urbanistas

«De momento completaremos la demolición de los edificios. Después será el momento de los arqueólogos, que se encargarán de descubrir si el subsuelo esconde alguna sorpresa y, cuando ellos finalicen, será el turno de los urbanistas, porque la calle es evidente que necesita una sesión de cirugía estética», explica Ciurana. La opción de que allí surja algún tesoro de tiempos pasados es en principio remota, pero también es cierto que a escasos metros, junto al edificio del archivo municipal, apareció en 1994 un mosaico de lo que todavía se considera el primer retrato de un barcelonés. De él se sabe poco. Era un joven algo narizotas pero bastante hermoso. Era un jinete. Vivió allá por el siglo IV. Y era, además, vecino prácticamente de la calle de Lledó, se llamara como se llamara entonces aquella vía intramuros.