Alerta en un centro educativo del Barcelonès

El hambre de aprender

La directora subraya que «el aprendizaje queda cada vez más lejos en un ambiente de pobreza»

Una escuela de L'Hospitalet alza la voz contra el daño que los recortes causan en la educación

Alumnos de la escuela pública Santiago Ramón y Cajal de L’Hospitalet, el jueves, en un momento del recreo.

Alumnos de la escuela pública Santiago Ramón y Cajal de L’Hospitalet, el jueves, en un momento del recreo. / RICARD CUGAT

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CARLES COLS
L'HOSPITALET DE LLOBREGAT

Entre los años 2006 y 2011 sucedió en L'Hospitalet algo extraordinario. Se invirtieron 62 millones de euros adicionales en educación. Lo hicieron mano a mano la Generalitat y el Ayuntamiento de L'Hospitalet. A finales del curso 2006-2007 aprobaron el sexto curso de ESO un 73% de los alumnos. A finales del curso 2010-2011 fueron un 87% los aprobados. Lo dicho, extraordinario. Por un lado en la máquina educativa entraba dinero y por la otra salían unos resultados académicos mejorados.

Y hasta aquí las buenas noticias. Lo que a continuación sigue no va a gustar a quienes sostienen que la cirugía de los recortes que practica la Generalitat no ha seccionado ningún órgano vital del estado del bienestar. Es la descripción sin anestesias de lo que se vive a diario en la escuela pública Santiago Ramón y Cajal contado por su directora, Anna Vilar. Sucede en esa escuela, pero también en muchas más. Hay que tomarla, pues, como un ejemplo, no como un caso insólito.

Vilar, de entrada, ha hecho cuatro cálculos. Ha tomado como referencia lo que la Unicef considera pobreza (una renta per cápita anual de 4.100 euros) y lo que ese organismo internacional considera algo peor, la pobreza extrema (2.750 euros por persona y año). «En nuestra escuela esas son las rentas que tienen las familias más privilegiadas».

BECAS / No es un dato que deba extrañar a las administraciones, pues basta con analizar los baremos de puntuación con los que el Consell Comarcal del Barcelonès concede, de acuerdo con la Generalitat, las becas de comedor. La máxima puntuación la obtienen quienes disponen de una renta per cápita inferior a los 2.200 euros anuales. Aquellos a los que la Unicef considera simplemente pobres, es decir, no pobres en grado extremo, muy difícilmente tienen acceso a esa ayuda. De las 135 familias que en el curso que acaba pidieron beca de comedor en la escuela Ramón y Cajal, 65 acreditaron una renta per cápita inferior a esos 2.200 euros. El problema es que la ayuda pública solo cubre la mitad del coste del servicio. Los padres tienen que abonar el resto, 3,10 euros por almuerzo. «Hay familias que no piden directamente la beca porque son conscientes de que no podrán pagar su parte», asegura Vilar.

Se puede contar así, con cifras y casi asépticamente. Se puede hacer de otro modo.

En escuelas como la que dirige Vilar y en muchas otras situadas en barrios donde el paro golpea con más fuerza están comenzando a ser comunes situaciones que eran inimaginables hace muy pocos años. Algunos alumnos no pueden hacer los deberes en casa porque la familia vive no en un piso sino en una habitación de alquiler. Son niños que jamás van al cine, al teatro, a un museo o al zoológico con sus familias. Solamente si la escuela organiza esas salidas extraordinarias (como puede, pidiendo ayuda en muchas ocasiones) conocerán lo bueno que allí se aprende.

Con todo, lo que más sobrecoge es todo aquello que concierne a la alimentación. «Desde la escuela se ha apadrinado a algunos niños que, si no lo hacen en la escuela, tal vez no comerán suficientemente», explica la directora. No es que sus padres les desatiendan. Hacen lo que pueden. Pero cuando una familia pierde la renta mínima de inserción y su sustento depende ya de la beneficencia, se puede decir que come, pero no que se alimenta correctamente. Las entidades del tercer sector proporcionan arroz, pasta de sopa.., pero raramente productos frescos. «Estos niños solo comen ensalada, carne, pescado y yogur en la escuela», subraya Vilar.

CARTA A LA 'CONSELLERA' / «En un ambiente de pobreza, el aprendizaje queda muy lejos». Es una de las conclusiones que el equipo docente de la escuela Santiago Ramón y Cajal ha remitido a todo aquel que es alguien en la cadena de mando del sector educativo catalán, comenzando por laconselleraIrene Rigau.

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¿Por qué esa carta? Porque además de recortar en sueldos, personal y en políticas de ayuda, la Generalitat es morosa. A las escuelas de L'Hospitalet se les adeuda aún la transferencia de las becas de comedor del segundo y tercer trimestre de este año. El pago, formalmente, lo ha de ejecutar el Consell Comarcal del Barcelonès, pero previa transferencia de la Generalitat. No es extraño, por lo tanto, que algunos centros educativos públicos hayan tenido que recurrir a donativos para costear ciertos gastos. La escuela Santiago Ramón y Cajal es uno de ellos.

Buscarle un resumen a una visita a una escuela castigada por la crisis no es fácil. Núria Marín, alcaldesa de L'Hospitalet, tiene uno realmente acertado. «No puede ser que la crisis la paguen los niños». La Generalitat -explica- está recortando en todos los tramos de la educación, desde la preescolar a la universitaria. Lo logrado en los últimos cuatro años en L'Hospitalet, esa notable mejora de los resultados académicos gracias a una millonaria inversión, «se deshará como un azucarillo, y no en cuatro años, sino antes», teme la alcaldesa. El aviso ahí queda.