29 oct 2020

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TRAGEDIA EN EL DISTRITO DE SANT MARTÍ

Las barracas del siglo XXI se cobran 4 vidas en BARCELONA

Las víctimas, de origen rumano, fallecieron tras un incendio fortuito en una chabola

El ayuntamiento sondeó en marzo a los ocupantes, que rechazaron la ayuda municipal

CARLOS MÁRQUEZ DANIEL
BARCELONA

Lo más llamativo era la ausencia de dolor. Ni una sola lágrima; como mucho un lamento pasajero. Nadie lloraba ayer la muerte de esas cuatro personas casi invisibles. Quizás porque vivían al margen de la ciudad, no digamos de su entorno inmediato, el 22@, ese distrito tan tecnológico como deshumanizado, otrora templo de la industria barcelonesa y barrio de agitada vida social convertido ahora en sede de grandes y virtuales corporaciones.

Esas personas malvivían en una barraca situada en un solar de la calle de Bilbao donde años atrás se tejía el producto de una pudiente firma de ropa. La chabola se construyó hace más de una década, aprovechando el hueco que regala una rampa que da acceso a este terreno situado junto a Can Ricart. Ese techo que obligaba a entrar agachado, esa ausencia de ventilación, fue la madrugada de ayer causa más que suficiente -probable, hasta que los Mossos d'Esquadra digan lo contrario- para que una mujer y tres hombres murieran por inhalación de humo. Seguramente mientras dormían. Un incendio tan fortuito como fatal en una barraca del siglo XXI situada a 100 metros de un hotel de lujo, a 250 metros de la estilizada fábrica Oliva Artés, reciclada para albergar una comisaría de la Guardia Urbana.

Los bomberos recibían el aviso a las 3.30 horas, pero su pronta intervención solo serviría para amansar la quema. La presencia de materiales inflamables -maderas, plásticos y colchones- convirtió los segundos en minutos y nada se pudo hacer por esas almas cuya identidad oficial se desconoce al margen de lo que relatan Emil y Andrei en la página siguiente.

GENTE BUENA / Dicen los vecinos que los rumanos del otro lado de la acera eran gente de bien. Que en Navidad incluso les habían llevado un lote con un poco de todo, que el marido hacía «chapuzas varias en las casas del barrio» y que la mujer, cuando salía, que no era muy a menudo, «parecía mentira lo limpia que lucía».

Joan Maria Soler, miembro de la junta de la asociación de vecinos de Poblenou, se acercó al solar como queriendo compartir algo con la prensa. «Eran muy buena gente y la relación era excelente. Hace un par de años aquí había muchas más barracas, pero las desalojaron porque algunos causaban problemas. Ellos no, y se quedaron. La solución al problema de los asentamientos de inmigrantes en Sant Martí no es echarlos cuando hay quejas vecinales». Y ahí dejó su mensaje: esa sutil petición de trabajar más en la prevención y menos en la persecución.

Joaquim Forn, primer teniente de alcalde y responsable de Seguridad del ayuntamiento, recogió el guante y explicó poco después que los servicios sociales visitaron el lugar en marzo. Contabilizaron, dijo, siete rumanos en la parcela, a los que ofrecieron varias opciones, entre ellas la extradición. Declinaron la ayuda municipal y optaron por seguir adelante, seguir invisibles. Como lo son los cerca de 30 solares y fábricas ocupadas en un barrio que, tocado por la crisis, mezcla edificios de alto copete con un floreciente mercado de todo tipo de chatarra.

UN FENÓMENO DISTINTO / Bolívia, Almogàvers, Sancho d'Àvila, Llull, Pamplona, Àlaba..., son muchas las calles de Sant Martí, tal y como detalló EL PERIÓDICO hace escasas semanas, en las que aflora el fenómeno del chabolismo en una versión mucho menos romántica que la de los años preolímpicos, cuando Pasqual Maragall derribaba la que debía ser la última barraca de Barcelona.

El asunto de la propiedad de los solares volvió a retumbar ayer como excusa para no poder actuar con decisión: si no hay denuncia del dueño, poco se puede hacer. ¿No es esta una buena ocasión para echar mano de la colaboración público-privada que tanto abandera el alcalde Xavier Trias? El problema es que, en caso de tener demanda, lo que procedería es el desalojo, lo que tampoco soluciona nada. Y visto como está el Poblenou, lleno de fábricas fantasma y solares en desuso, el conflicto del asentamiento está más cerca de solidificar que de desaparecer.