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Nueva fórmula a prueba en el Maremagnum

El último riñón

Los 135 años de historia de los urinarios de Barcelona son el reflejo de sus 'expos', de sus JJOO y hasta de las pulsiones anarquistas

CARLES COLS
BARCELONA

Lo fácil sería ir a lo sórdido, porque es cierto que buena parte de la historia de los urinarios de Barcelona tiene muy poco de micción y mucho de Al Pacino en A la caza. Eso es lo fácil. El reto es repasar los 135 años de historia de los lavabos públicos de la ciudad y lograr que al final la pregunta sea por qué a ningún concejal se le ha ocurrido aún abrir un Centro de Interpretación de la Orina (¡caray!, si los hay de todo, hasta de la trucha, en Palencia) en la plaza Urquinaona o, mejor aún, en la plaza de Gaudí, donde resiste aún en pie uno de aquellos futuristas urinarios que en 1985 se instalaron en Barcelona, con hilo musical y todo. Aquel, en cierto modo, es el último riñón de una ciudad con una cierta propensión a la cistitis urbanística.

Los primeros mingitorios públicos de Barcelona fueron instalados en Pla de Palau en 1877. Eran, a su manera, el preludio de la Exposición Universal que se avecinaba. También la Exposición Internacional de 1929 dictó un cierto canon sobre cómo tenían que orinar los barceloneses. Entonces se decidió que era mejor esconderlos bajo tierra que exhibirlos como hacían los franceses con sus vespasianas, aquellas estructuras livianas en las que una plancha metálica garantizaba un poco de intimidad y que en Barcelona tuvieron que ser rediseñadas después de que en 1906 un anarquista colocara un bomba en una de ellas. El rediseño consistió en recortar la parte baja de las paredes de metal, de modo que se vieran los pies y cualquier bulto sospecho so.

Los más célebres

Fue precisamente en ese tránsito del urinario surgido de la Expo de 1888 al del más discreto recinto subterráneo adoptado con la celebración de la Expo de 1929 cuando nació el más célebre de los lavabos públicos de la ciudad, los de Urquinaona. El pasado marzo fueron demolidos. Su estado era deplorable, aunque, en honor a la verdad, era muy consonante con el resto de la plaza.

De ese negocio se suele contar siempre la misma anécdota: que su última encargada, Carme, nació allí, pues sus padres eran los primeros concesionarios del urinario. Esa es la anécdota más conocida. La ignota es que durante años aquel establecimiento dependía de la Unidad Operativa de Aguas Potables del Ayuntamiento de Barcelona, lo cual no dice mucho sobre lo que en esta ciudad se consideran aguas potables.

La cuestión, ya por terminar, es que los urinarios de Barcelona casi merecerían su centro de interpretación. Ayer, una breve visita al que aún subsiste en la plaza de Gaudí era un nostálgico viaje en el tiempo por 30 céntimos a los años en los que Barcelona soñaba con ser olímpica. Vamos, que quería ser tan moderna que plantó esos mingitorios que se lavan solos tras cada uso, tienen colgador de chaquetas, un simpático apéndice para colgar el cigarrillo (no, no va con segundas) y que de su pasado de gloria solo han perdido el hilo musical. La culpa se supone que debe ser de la SGAE.