02 abr 2020

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a pie de calle

Aquellas esculturas de la Olimpiada Cultural

Edwin Winkels

Pintan preciosos esos inmensos jardines del Yorkshire Sculpture Park, verdes como siempre en la húmeda Inglaterra, donde se expondrán a partir de mañana 96 esculturas de Joan Miró. Recuerdan al museo de Chillida-Leku, cerca de Hernani, donde Eduardo Chillida colocó entre praderas y bosques una buena cantidad de su cautivadora obra, pero que por la crisis lleva ya más de un año cerrado. Y me hace recordar también una de las mejores visitas jamás a un museo, el de Rodin en París, uno de los jardines seguramente más valiosos del mundo, con obras al aire libre como El pensador y Las puertas del infierno.

Es ese, bajo el cielo abierto, el mejor lugar para esculturas. Puede ser en jardines que son de pago, como los mencionados, y de los que Barcelona también tiene uno, aunque poco conocido, el Jardin de Esculturas con 27 obras de 20 artistas en el Poble Espanyol. Gratis son los jardines de Joan Brossa, también en Mont-

juïc, donde se conservan cuatro estatuas de bronce del antiguo parque de atracciones, dedicados a Carmen Amaya, Charlie Rivel, Charles Chaplin y Joaquim Blume.

El gato que vaga

3 No es Barcelona mala ciudad para las esculturas al aire libre, y no solo por el buen tiempo del que disfrutan, sino por la calidad y la cantidad. Lo que pasa es que por la gran mayoría solemos pasar, a veces a diario, sin darnos cuenta de que existan, de que estén ahí, desde hace siglos o desde hace solo unos años, desde la fuente de Hércules en el paseo de Sant Joan con Córsega (1802) hasta el gato de Botero en la Rambla del Raval. Este último también demuestra que algunas veces no sabemos qué hacer con las esculturas, porque ha estado vagando por media Barcelona, desde el parque de la Ciutadella hasta Montjuïc y el Portal de Santa Madrona, para encontrar finalmente acomodo en esa rambla.

Botero aterrizó aquí en plena fiebre olímpica. Si miras la fecha de construcción o colocación de las esculturas en Barcelona, el año 1992 es el más representado, con obras tan conocidas como el pez de Frank Gehry o las cerillas de Claes Oldenburg. Menos conocidas y a veces casi invisibles, otras ocho obras se colocaron en el Born y la Barceloneta dentro del programa Olimpiada Cultural. Y me preguntaba qué es ahora de ellas, porque algunas han sido bastante maltratadas en estos 20 años. Sobre todo esa jaula al final del paseo de Joan de Borbó, la Habitación donde siempre llueve de Juan Muñoz, que ha estado años y años atosigada por las obras en la plaza del Mar. Pero ahora, mira, se encuentra espléndida, custodiada por cuatro bellasombras o ombús.

Difícil fue también la vida de la Balanza romana del griego Kounellis en la Barceloneta, donde le echaron de la medianera de la calle de Baluard para acabar con sus siete plataformas con sacos de Café do Brasil en la plaza frente al centro cívico. Cerca se encuentra la escultura más fotografiada de las ocho, la más visible también, en plena arena de la playa. Y solo preguntarme si esas cajas torcidas y oxidadas del Lucero herido de Rebecca Horn no están muy maltrechas y descuidadas ya, me encuentro en su interior con tres obreros que, dicen, ya llevan casi un mes arreglando la obra, muy atacada por la humedad y la sal del mar. Ha sido un trabajo caluroso, me cuentan los dos, Joan y José María, en todos esos días que el sol pegaba en los cristales y la temperatura subía y subía en la estrecha torre, donde las luces son como unas chispas que representan esos luceros fugaces.

Quedan cinco obras olímpicas, tres de ellas en la Ribera: todos conocemos esa maleta enorme de Jaume Plensa que ocupa un banco en el paseo del Born, adornada con bolas de hierro bajo otros bancos. El juego de luces de James Turrell en el antiguo convento de Sant Agustí, ahora centro cívico, solo se aprecia de noche, y las cuatro piedras de un tal Rückriem en Pla de Palau pasan desapercibidas por sosas. Las últimas dos las pisamos sin casi darnos cuenta; están en el suelo, aún bien conservadas: las cifras de neón de Mario Merz en el Moll

de la Barceloneta que representan un sucesión infinita de números que aquí, por espacio, se limitan a 21. Y la Rosa dels vents incrustada por Lothar Baumgarten en el suelo de la plaza de Pau Vila. Siguen ahí, los tramuntana y migjorn. Solo el ponent ha perdido la pe por un asfaltado irrespetuoso.