06 ago 2020

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a pie de calle

Las dos reliquias sincronizadas

Edwin Winkels

En mayo de 1957, los periódicos informaban de unos nuevos «aparatos electrónicos para la ordenación automática del tránsito». Uno de ellos, «único en el mundo», permitía dirigir y coordinar los semáforos de hasta 40 cruces distintos desde una emisora central, permitiendo, por ejemplo, diseñar una de esas «ondas verdes» que ahora nos permiten, si no hay mucho tráfico, recorrer con pocas interrupciones largos tramos de la Gran Via y Aragó. Lo presentó en sociedad, en este caso la Cámara de Comercio de Reus, el inventor del sistema, un ingeniero industrial de aquella población, Gabriel Ferraté, y ya se anunció que era muy probable que «se instale uno de prueba en un cruce de calles de Barcelona».

Fue la Via Laietana la que estrenó ese sistema sincronizado, seguido poco después por la calle de Urgell. Y es ahí donde ahora, más de medio siglo después, permanecen orgullosamente, aunque un poco escorados, pintados y magullados, dos de esos semáforos, los únicos de Barcelona que se encuentran en el centro geométrico de un cruce, unos «estorbos» con los que a veces, y sobre todo de noche, aún choca algún coche pero a los que se ha decidido mantener como símbolos de la evolución de la ciudad. Los primeros semáforos siempre estaban situados así, acompañados a veces por un policía.

En medio del cruce

3 Ferraté, por su parte, que entonces tenía apenas 25 años, dejaría después la empresa EYSSA (Enclavamientos y Señales SA, pionera desde 1948 en la ordenación del tráfico, cerrada en 1978) para extender sus conocimientos como rector de la Universitat Politècnica de Catalunya y fundador y rector de la Universitat Oberta de Catalunya.

Me venían a la mente estas reliquias de rojo, ambar y verde, con farola incluida y aún bien sincronizadas entre ellas, en los cruces de Urgell

con Buenos Aires y Londres al ver ayer en este diario una foto del cruce de Gran Via con paseo de Gràcia con un semáforo de este tipo, aunque el primero de la ciudad fue el que se colocó el 1 de agosto de 1929 en la intersección de Balmes con Provença. Estos datos, algunos ya conocidos, recuerda Ròmul Brotons en su libro Coses de la vida moderna sobre 58 inventos que transformaron Barcelona. Y los semáforos, por supuesto, cambiaron la ciudad. Según ese libro, en aquel 1957 había solo una veintena de cruces regulados por sus luces; ahora, Barcelona tiene unos 34.000 semáforos.

Y hablando de estas calles, Londres y Buenos Aires pertenecen según el nomenclátor de Barcelona a la zona del Eixample dedicada a «capitales europeas». Ahí cerca están también Madrid, Berlín y París (en realidad, la misma calle con tres nombres diferentes) y la avenida de Roma. Pero nada más. A Moscú, Ámsterdam, Helsinki y Estocolmo los colocaron después en la Vila Olímpica, como sedes de unos JJOO. Lisboa está por Vall d'Hebron y Brusel·les es una calle empinada y sin semáforos en Guinardó. A Zúrich y Viena solo les dedicamos bares aquí, no calles.