06 ago 2020

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a pie de calle

No hagan caso al recepcionista

Edwin Winkels

Camino de lo más alto de Tibidabo me pregunto por qué construyeron una casa embrujada dentro del parque de atracciones cuando la propia montaña está llena de mansiones que, por su aspecto fantasmagórico o inquietante, serían escenarios perfectos para películas o historias de terror. Hay incluso una en venta -preciosa, y no tan escalofriante-, justo al lado del parque; la Villa Tibidabo en el camino de Cal Totxo, cuyo precio han rebajado de 2,6 a 1,6 millones de euros.

Pero sigo hacia arriba, pasando por el restaurante La Masia, donde ofrecen «precios especiales» para los ciclistas que han llegado a estas alturas, y adentrándome en el parque de atracciones donde me esperan para el cásting de, según la convocatoria, «actores que midan 1,80 metros de estatura mínima para espectáculo de terror». La selección tiene lugar en las entrañas oscuras y terroríficas del Hotel Krüeger, que se escribe así, con una diéresis en la u, para no aprovecharse ilegítimamente del nombre de Freddy Krueger, pesadilla surgida de Elm Street y cuyo alter ego también se dedica a pegar sustos muy gordos en este pasaje de terror barcelonés, junto a personajes que se parecen mucho a Jason (de Viernes 13), Eduardo Manostijeras y el malvado muñeco Chucky.

Para el papel de Chucky ya tienen un actor muy, muy bajito, y para el de Freddy necesitan justo uno altito, más de esos 1,80 metros, aunque al cásting se presentan tipos que no llegan ni de lejos. «Es que mucho trabajo no hay para actores, y vas probando de todo», me dice en la puerta Juan Villaró, que en estatura sí da la talla. Pero se exige más que solo eso, y por ello Óscar Hidalgo, el director artístico del espectáculo, les somete en esa asfixiante oscuridad de la mansión a una doble prueba, una de improvisación y otra física, de dar sustos y gritar.

Deficiencia física

3 La primera es más sutil, en el vestíbulo del lúgubre hotel. Escucho cómo Óscar, con paciencia, explica en la penumbra a cada uno de las decenas de aspirantes que van desfilando por la alfombra qué espera de ellos: «Eres el recepcionista, un hombre de mediana edad, víctima del maltrato psicológico por parte del botones, que intenta engañar a la gente para que entre en el hotel. Tú debes evitar, a toda costa, que entren, pero en voz baja, sin que te escuche el botones, y sin tocar a la gente. Puedes tener una deficiencia física, eres cojo o manco. Un gesto pequeño, temeroso, no muy grande. Y tienes que convencer a la gente de que no entre».

Instrucciones que dan lugar a todo tipo de interpretaciones, buenas y malas. Mañana, el elegido tendrá ya su primer día de trabajo. Vivirá los fines de semana en la oscuridad, trabajando unas siete horas, descansando a menudo del esfuerzo, me cuenta Andreu Sánchez, antes actor, ahora sobre todo el director de este horrible hotel del miedo, donde emplea a 18 tipos que poco tienen que ver con los botones y camareras habituales. Un director que procura que dentro del hotel nunca se hagan fotos ni vídeos; el que quiera descubrirlo debe visitarlo, pese a que el viejo y repugnante recepcionista le diga que no se le ocurra entrar.