13 ago 2020

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a pie de calle

Respuestas en el laberinto judicial

Edwin Winkels

Seguramente es casualidad, pero por algún guiño del destino la absolución y la muerte están muy cerca, comparten techo. Uno de los ocho edificios que componen la Ciutat de la Justícia, esos magnéticos bloques de hormigón de colores que deleitan a unos y horrorizan a otros, está vacío. Casi vacío. Mientras que en la fachada cuelga el inevitable cartel de despachos en alquiler, en los bajos todos los cristales están pintados de blanco, pero dos de los locales están abiertos: comparten el tétrico edificio la Caixa dels Advocats y una oficina de apoyo de los Serveis Funeraris de Barcelona. Ambos, eso sí, tienen sentido en una ciudad judicial, ya que no solo hay tribunales, sino que el edificio de al lado es el del Institut de Medicina Legal, donde entre otras cosas realizan autopsias a víctimas de accidentes o crímenes.

Me acerco a la Ciutat de Justícia por la curiosidad despertada por todo ese interminable desfile ante jueces de políticos, famosos y hasta un yerno del Rey cuando a la mayoría de los mortales no nos toca nunca presentarnos en el juzgado. Y cuando vamos a la gran ciudad de jueces y abogados partida por la frontera entre Barcelona y L'Hospitalet andamos muy perdidos. Y como -supongo por razones arquitectónicas del inglés David Chipperfield- la mayoría de señales son bastante pequeñas y oscuras, hay en el vestíbulo y los pasillos unas cuantas personas con chaleco amarillo que contestan a todas nuestras preguntas.

Son informadores con historia, porque hacen este trabajo como parte de su condena por un juez. Como el joven Enric, que me explica en medio del vestíbulo que le pillaron en un control de alcoholemia tras una noche de juerga en Palau de Plegamans. El juez le propuso cambiar la multa de 1.100 euros por 160 horas de trabajo para la comunidad. Y ahí está, dos mañanas por semana durante cuatro horas -o sea, en total estará 40 días- de informador. «Al principio necesitaba una chuleta, porque esto es un laberinto, pero ahora me lo sé todo de memoria», cuenta, más fastidiado por haber perdido el carnet de conducir durante 11 meses que por hacer este trabajo voluntario-forzado.

En los edificios centrales de la ciudad en miniatura han querido poner las cosas un poco más fáciles al darle a cada bloque una letra. No por orden alfabético, sino por la F de Fiscalía, la P de Penal, la C de Civil y la I de Instrucción. En la primera planta están las salas de vistas, donde un funcionario llama a acusados que no aparecen. Hay muchos agentes también para testificar. En los papeles de citaciones colgados en las paredes constan muchas faltas por hurto y delitos de apropiación indebida, atentado contra la autoridad y estafa. Esta última podría aplicarse también al precio que en la cafetería del sótano piden por un rioja sencillo, un crianza de Cune, que cuesta 23 euros cuando en el súper no pasa de 6. Los bocadillos (3,55) y focaccias (2,10) son de precios más ajustados.

La voz de los funcionarios

3 Hablando de ajustes: cuatro sindicatos de funcionarios judiciales convocan en un panel protestas contra los recortes. «Los funcionarios vemos de cerca los problemas reales de la justicia. Exigimos, por tanto, que nos permitan participar en la toma de decisiones», dice un cartel. Tomo nota. Me olvido de los Millet y Camps y Urdangarín y pienso en toda esa gente anónima que intente que la justicia funcione, pese a que todos tenemos nuestras dudas.