03 abr 2020

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a pie de calle

Cada día, de 10 a 10, en el quiosco

Edwin Winkels

En su visión de la ciudad, Ildefons Cerdà veía en la plaza de las Glòries el eje geográfico, el centro de gravedad de tránsito de personas y, después, carruajes y coches. Lógico, con la Diagonal y la Gran Vía cruzándose ahí, aunque sea un poco escorado hacia el noreste de Barcelona. Pero como siglo y medio después aquella plaza ignominioso sigue sin despejar las dudas sobre su pasado, presente y futuro, el gran eje viario, pero también de movimiento de personas, ha ido desplazándose hacia el sur. No a la plaza de Catalunya, sino aún más allá, casi en el límite municipal, en la plaza de Espanya, donde en tiempos de Cerdà se colocó una cruz en un montículo (la Creu Coberta) para marcar la frontera con las poblaciones del Llobregat.

Y ahora, durante una semana, la plaza estará aún más animada y atascada, será no solo el gran centro neurálgico de la ciudad, sino del mundo entero, el mundo del teléfono móvil. Un mundo que contrasta con una de las pocas viejas reliquias que permanecen en una plaza que ha ido transformándose desde que la urbanizaran por primera vez en los años previos a 1929, con ocasión de la Exposición Internacional.

«Recarga tu móvil», pone en un pequeño letrero; un mensaje y una acción casi anacrónicas en este minúsculo establecimiento, el Kiosco Antonio, en la amplia acera donde la plaza se convierte en la avenida del Paral·lel. Dentro, María Josefa Hoya, Pepi para familia, amigas y clientes fijos, atiende a través de un hueco de 35 por 50 centímetros, rodeada de golosinas y latas de bebida. Ni ella sabe cuánto tiempo sobrevive ya este quiosco en este lugar. «Mi padre lo compró hace más de 30 años de ese señor Antonio que le da nombre, o sea, ya debe llevar 40 años como mínimo».

Mucho han escuchado y vivido sus padres ahí, como la bomba que en octubre de 1988 mató a un policía nacional justo en la otra punta, ante el entonces cuartel de Belchite, que antes había sido un inmenso hotel, el Hotel nº 1, que albergaba a la mayoría de los visitantes de la exposición. Ahora, vuelve a ser un hotel, el Plaza, aunque aquel edificio «del reloj», como lo llamaban también, ya no está. Solo permanece la construcción antigua del hotel en la esquina con la Gran Via, donde ahora está el colegio Francesc Macià.

Sin apenas ganancias

3 Pepi, por su parte, ha vivido los últimos cambios, la construcción del edificio de los Mossos y de Trànsit, y sobre todo la transformación de Las Arenas. «Se nota que ha dado más vida a la plaza, hay más movimiento que antes». Pero aun así, el pequeño quiosco apenas da para vivir. Pepi está, ininterrumpidamente, desde las 10 de la mañana hasta las 10 de la noche. Ella sola. No hay para pagar a un empleado. «Hay meses que no me salen las cuentas, pero como mi marido trabaja, aún nos lo podemos permitir». Paga la tasa a Vía Pública del Ayuntamiento, unos 2.000 euros al año, y luego un alquiler a su padres, que para ellos es como una pensión.

Son 12 horas al día, que pasarán más rápidas la próxima semana, con tanto ajetreo. «Que no perdamos la feria del móvil, por favor», suplica ella. Y a cambio de otros, María Josefa no subirá los precios que figuran en un cartel: una botella de agua de litro y medio a 1,20 euros, una cerveza igual, un Trina a un euro. La mayoría de sus compradores son trabajadores del Llobregat, que aquí toman el bus, y si les sube el precio, ya no vendrán, teme.