10 abr 2020

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a pie de calle

Sórdida frontera en la Filmoteca

Edwin Winkels

Aviso para los cinéfilos que estos días comiencen a descubrir la nueva Filmoteca de Catalunya, búnker de hormigón y acero oxidado situado en el barrio del Raval. Un aviso por parte de vecinos veteranos. Una alerta no solo para los que asistirán a las sesiones de las 20.00 y 22.00 horas, sino también de las 17.00 y 19.00 horas. Uno de los dos caminos más rápidos para volver hacia la Rambla y el metro es, además de la calle de Sant Pau, la caminata por las de Robador y Hospital.

Pero ahí, en esa primera calle, a menos de 100 metros de las puertas de la Filmoteca, se halla lo que los vecinos llaman «la frontera». Una frontera que se encuentra donde Robador se estrecha, se convierte en un pasillo angustioso, de los más peligrosos de la ciudad.

«De día hay que pasar por ahí firme, rápido y con cara de muy pocos amigos. De noche, ni yo, que llevo todos mis 56 años en este barrio, me atrevo a pasar», me cuenta Mariano al borde de la nueva plaza de Salvador Seguí, que nació con el derribo de pisos y ante las puertas del nuevo equipamiento.

No es lo mismo ir al cine de la Generalitat en la avenida de Sarrià que en el Raval. En la primera solamente pasan coches rápidos y poca cosa más. En su nuevo emplazamiento, el entorno es una película en sí mismo, una de cine B.

La gran esperanza municipal es que un gran centro cultural como éste acabe de devolver la dignidad a este barrio, algo que los bloques nuevos de al lado, los polémicos de la Illa Robador, no han conseguido. Porque de momento, el paisaje sórdido y gore de antes permanece. Ahí siguen, por ejemplo, las decenas de chicas y mujeres que ofrecen sus cuerpos, vigiladas por grupitos de chulos desde los bares de Robador.

Recuerdan Mariano, y su amigo y contertuliano Francisco, que en tiempos del barrio chino, bares como Oregon y Taketa servían de base a las clásicas prostitutas de aquí, las damas que llevaban a los clientes a las habitaciones de arriba sin que tuviesen que salir primero a la calle. «Podías decir que te habías tomado un café con leche y nada más…», se ríen los dos. Ahora hay un bar que se llama Filmax, como la productora; casualidad.

Arquitectura cuestionada

3 Poco se ríen de la Filmoteca, sin embargo. No convence al barrio. Por su aspecto, primero. «Una mierda, hablando claro.» En una plaza muy dura, las puertas son estrechas, no ofrecen una entrada holgada y agradable al vestíbulo. Y la fachada de la calle de Sant Pau, que sigue ahí tan estrecha como siempre, es inhóspita, con solo placas de acero oxidado que dejan una larga raya de gotas de color marrón en la acera cuando llueve. Pero no convence también por otra razón: «¿Qué hace una cosa como una Filmoteca aquí?», se pregunta Francisco.

Pues eso, intentando reanimar una zona muy deprimida. Una zona donde ellos recuerdan la existencia de pisos de gente que desapareció. Donde ahora se abre esta gran plaza adoquinada, con el nombre del anarcosindicalista más conocido como el Noi del Sucre, antes había una pequeña placita con una fuente y un grafito enorme, de color rojizo, de Rock Hudson. Por cierto, ya haría bien la Filmoteca en poner en su web una pestaña y un mapa sobre cómo llegar y poder evitar la frontera.