29 mar 2020

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a pie de calle

Una acera donde el café llega lejos

Edwin Winkels

El olor llama, es irresistible. Impregna casi toda la acera desde 10 metros antes de la puerta y se queda, si sigues recto, durante minutos más anclado en la nariz, imborrable en el olfato. Es difícil seguir sin detenerse, sin girarse, sin acudir a esa llamada desde dentro. Nací, hace muchos años, cerca de una fábrica de café y ahí todo el barrio olía cada día al tostado de los granos. Eso pasa también en pleno Eixample, en la calle de Comte Borrell, a ambos lados del mercado destartalado de Sant Antoni. En la puerta ya avisan de dónde viene ese olor: de medio mundo. «Cafés de Kenia, Brasil, Guatemala, Nicaragua, Honduras, Java, Papúa, India, Perú, Cuba». Y el café del mes es de Tanzania. Pero la estrella, la que más huele, porque es la que sirven y muelen más en el modesto local de Cafés Roure, es el de Colombia. «Es el más suave», dice Pere, que junto con Isabel y Marta sirve detrás de la barra, en un horario de los de antes: de la una y media hasta las cinco esta mezcla de tienda y granja cierra.

Un mail lejano me pedía hace poco dónde se puede tomar en Barcelona un buen café en un lugar auténtico, esos de toda la vida. Y se me ocurría, por ejemplo, la Granja M. Viader, fundado en 1870 por la señora Rafaela Coma como lechera y convertida en granja, con su nombre, en 1910 por Marc Viader Bas, payés de una masía de Cardedeu.

«Fíjate, ahí fuimos a celebrar mi primera comunión, que es hace años ya», me cuenta Pere, del Roure. Y él recuerda otros de esos sitios en Barcelona de ambientes pasados, sin diseños modernos ni otros inventos raros, bares que han pasado de generación en generación, hasta que, a veces, el biznieto ya no quiere seguir con un negocio muy sacrificado.

El Cafés Roure, apellido de los dueños, es de tercera generación, nació en 1927 dos manzanas más arriba, donde se encuentra el local más amplio, con un salón en la parte de atrás. El de abajo, entre Manso y Parlament, es más pequeño. Tan estrecho que Marta, en la caja, puede ver cómo una señora que parece de clase, bien vestida, coloca desde el estante directamente en su bolso un paquete de té bueno de más de cinco euros. A la hora de pagar, no enseña el té; deja su bolso en el suelo. «¿Y el té, señora?» Clase, nada. Prejuzgamos demasiado por el aspecto. A Marta, claro, le pone de mala leche.

Sin cambiar nada

3 Pero hay buen rollo en el local. Es lo que pasa cuando el personal siente suyo el negocio, toda la vida está en él. Sin cambiar demasiado. A veces les dicen en el bar, que está como siempre, que si no piensan en reformarlo. ¿Para qué? Hasta el café, de 90 céntimos, siempre es el mismo, el de Colombia. «Si cambiamos el bouquet, los clientes lo notarían enseguida y protestarían», dice Pere. Esta semana, una de esas clientes colgó en YouTube un vídeo de cómo Pere prepara un café con leche de tres colores. Antes, los Roure lo tostaban ellos mismos, el café, en su nave en el Poblenou, pero se hallaba justo donde se abrió camino la Diagonal. Pero aquí sigue el olor del tostado. Debe ser de Colombia, de 14,60 euros el kilo, o mejor, el del Pico de San Cristóbal, por 17.