Análisis
En la calle cabemos todos, pero con criterio
El espacio público, como su nombre indica, es un bien preciado y precioso, que debemos compartir todos. Pero, tal como van las cosas, no sería de extrañar que lo privatizasen, como ya hicieron con el agua y pronto pasará con el aire. Suelo y aire fresco son precisamente lo que anda en juego en las terrazas condales. En Barcelona tenemos aproximadamente 3.000 terrazas o veladores, una por cada 550 habitantes. Pero este último año, con la prohibición de fumar en los interiores, han proliferado, no solo en cantidad, un 20% más, sino en tipologías y dimensiones.
La terraza es consustancial a la cultura mediterránea, aprovechando su benigna climatología. Aquí se han inventado sistemas de sombra geniales y mobiliario idóneo al respecto. La típica silla de tubo de aluminio apilable, que no pesa y se seca rápido, es un invento español, fue diseñada porJoan Casas en 1964 y hoy se encuentra instalada y abundantemente copiada por todo el mundo, conocida comospanish chair.
La normativa municipal barcelonesa determina la posible ocupación de la acera, pero la demanda y la picaresca la está desbordando. En algunos casos, la terraza se ha convertido en obstrucción y a veces en auténtica construcción, con cerramientos laterales y cubierta fija del todo inaceptable. El problema es sencillamente que la calle también ha de servir para otras muchas cosas.
Según el libroLa U urbana,libro blanco de las calles de Barcelona, editado por el FAD y el propio ayuntamiento en el 2009, acumulamos 703.540 elementos urbanos en el espacio público, es decir, uno por cada ocho metros cuadrados de acera, o, lo que es lo mismo, uno cada 1,8 metros lineales de calle. Algunos imprescindibles, como el semáforo, pero también bancos (28.073), farolas (107.000), buzones (1.666) o contendores de basura (16.168). De forma que en algunas aceras, para garantizar un tránsito fluido, ya está agotada la reserva de suelo. Pero además de la ocupación preocupa la estética y la generación de ruido. Y también criterios de despilfarro energético con las estufas.
Los restauradores se quejan de las restricciones y de la diversidad de criterio según los distritos, pero, sin embargo, esto es algo razonable. Existen zonas históricas donde ciertas iluminaciones, o materiales, o colores desentonarían mientras que en otras podrían incluso llegar a ser una alegría urbana. Somos muchas ciudades en una.
Barcelona ha tenido tradicionalmente un cuidado exquisito con su paisaje urbano, alabado mundialmente, pero las terrazas dejan mucho que desear. Si realmente queremos mejorar la calidad de nuestro turismo, pero, sobre todo, si queremos estar orgullosos los propios barceloneses y a gusto tomando un aperitivo o un café, debemos asumir un control estético. A mi entender, no se trata de forzar la uniformidad, sino de crear una cultura de proyecto sensible. Lo que está en la calle debe ser sagrado. Hacer bien las cosas y no al tuntún ni a golpe de urgencia. Cuestión de buen diseño, y eso incluye belleza, comodidad y, sin duda, ser legal.
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