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a pie de calle

El arte crece en las madrugadas

Joan Barril

Siempre he admirado de los felinos esa pupila enorme que de noche les permite ver aquello que de día les molesta. Por la noche, Barcelona es un bonito lugar para los gatos curiosos y para los paseantes insomnes. A las dos de la madrugada camino lentamente por la calle del Consell de Cent. La ley antitabaco ha proporcionado a esa calle una animación insólita. Frente a cada bar grupos de gente hablan, fuman se intercambian mensajes. Ahora en las discotecas ya no se dice «¿bailas?» sino «¿vamos fuera a fumar juntos?». La calle siempre es un lugar más silencioso para empezar historias.

La calle del Consell de Cent entre la de Enric Granados y el paseo de Gràcia está copada por discotecas, bares y galerías de arte. Sin duda esa calle pictórica vivió tiempos mejores, cuando a los bancos y a las aseguradoras les sobraba el dinero para comprar un Barceló y colgarlo en la sala del consejo de administración. Eran tiempos en los que la Sala Gaspar ofrecía exposiciones a gente que compraba las obras a plazos y alegraba las paredes de sus domicilios. Ahora no corren buenos tiempos para el arte comprado, pero los artistas persisten.

Frente al número 333 de Consell de Cent lo que antes fue un restaurante italiano ahora se vende. A ambos lados de la puerta dos grandes paredes blancas son una tentación para los pinceles. Frente a estas superficies se encuentra la mirada de berbiquí de Javier Luján, un artista que nació junto al mar en el borde de la Pampa argentina y que ahora ha recalado en Monells.

Junto a Javier Luján está una peña de amigos que van a ocupar aquella pared blanca con una de sus pinturas. «Esas galerías no aceptan a artistas jóvenes. En realidad son premuseos. Hoy les colgaré este cuadro y mañana repartiré a las galerías vecinas la noticia de quién soy yo, cuál es mi obra y que acaba de inaugurarse un nuevo espacio: la 333 Gallery».

La iniciativa de Javier Luján está a caballo de la picaresca y del candor. Lleva la pintura enrollada y la va extendiendo sobre la superficie mientras un aerosol de cola va adhiriéndola a la pared. Javier Luján pega su obra con prisas, como si, en su inocencia, temiese la llegada de la Guardia Urbana interrumpiendo su acción. En estas horas de la madrugada, una pared blanca se ha convertido en la muestra de lo que puede dar de sí la voluntad creativa y la imaginación.

Cambio de piel
Una enorme mantis religiosa ilumina la acera. Se acercan tres taxistas y comentan el lienzo. Una pareja de intelectuales de huesos crujientes se detienen un instante frente a la obra. Los amigos de Javier Luján aplauden: acaba de inaugurarse una nueva galería de arte y la ciudad ha aprovechado la oscuridad para cambiar un pequeño fragmento de su piel.

El artista y su cuadrilla se marchan rambla de Catalunya abajo a celebrar el arte compartido. A la mañana siguiente, como si se tratara de un mensajero, Javier Luján entrará en las galerías que jamás le dirigieron la palabra para anunciar que ahí donde haya una pared se encuentra el verdadero nido del arte. Y que, en tiempos de crisis, la mirada humana merece la belleza gratuita antes que insistir en la cotización a la baja de un rectángulo de arte para la vanidad del consumo privado. La calle del Consell de Cent, de madrugada, también ha sabido dar consejos.

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