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a pie de calle

Bajo el cañón, lejos de clase

Edwin Winkels

Hace unos años, en una feria que no recuerdo de qué trataba -de cáñamo, de ofertas educativas, de coches tuneados o de erotismo- me llamaba mucho la atención un stand del Ejército de Tierra con dos azafatas en ropa ligera y muy apretada que repartían folletos para interesar al público por el reclutamiento. Estos días, en el Salón Náutico, es la Armada española que tiene un puesto propio, pero no hay chicas llamativas ni ofertas de trabajo, sino un temario serio como la construcción naval. No necesitan reclutas. «Para cada puesto en la Armada tenemos cuatro aspirantes. Si antes solo se interesaban inmigrantes sudamericanos, ahora, con la crisis, hay cola, incluso de gente con carrera universitaria», me explica un oficial a bordo del patrullero Meteoro P-41.

En una preciosa mañana, hemos salido al mar con este flamante patrullero, recién estrenado, el primer buque de acción marítima (BAM) de la Armada y que pese a su tamaño tiene solo 35 tripulantes, que están un mínimo de un año destinados a este mundo reducido de poco más de 90 metros de eslora. «Es pura tecnología», me explican la falta de necesidad de tener más hombres y mujeres a bordo, aunque cuando en el futuro vaya a realizar alguna misión, sea guerrera sea humanitaria, puede acoger a más gente.

Profesores interesados

3 Esta mañana del martes, el Meteoro va más lleno y revuelto de lo habitual, con más de 100 escolares que son instruidos por personal uniformado sobre el barco, aunque parecen los profesores que los han traído hasta aquí los más interesados en descubrir los secretos del patrullero. Los chavales, tras subir y bajar por el laberinto que son los pasillos y las empinadas escaleras, se hacen fotos entre un gran cañón Otto-Melara y con un par de ametralladoras, antes de tumbarse en la cubierta y descansar al sol. Son tres horas en el mar, aunque siempre con Barcelona -y su muy visible nube de contaminación- a la vista, y algunos lo pagan con mareos y estómagos revueltos. «Mirad la línea del horizonte», les sugiere una marinera a dos chavales para combatir su malestar.

«Se está mejor aquí que en clase», comentan Miguel, Jesús, Aron y Hector, de sexto de primaria del colegio religioso Sant Miquel, del Eixample, que se mezclan con los alumnos de ESO del liceo francés Bon Soleil de Gavà. Y dicen que han aprendido bastante, como que «el barco cuesta 90 millones de euros». Antes, un profesor ha advertido seriamente a sus alumnos: «Durante la visita no quiero preguntas tontas».

Mientras nos alejamos de la costa, al mando del capitán de corbeta David Fernández-Portal Díaz del Río, y a una velocidad de 4,3 nudos, con un rumbo de 190 grados y con una profundidad del mar de 108 metros -datos todos ellos que se ven en el inmenso puente de gobierno- me cuentan que pronto el Meteoro recibirá la bandera de combate en Barcelona, que es cuando ya realmente puede suceder a otros ilustres Meteoro de la Armada, el primero de 1889.