CRÓNICA DE UN TIEMPO QUE QUEDÓ EN LA MEMORIA COLECTIVA BARCELONESA

Tal como ya no somos

En 1986 Barcelona hacía también escuelas, centros cívicos, plazas y escaleras

Aquel intenso 17 de octubre los barceloneses retomaron el orgullo de serlo y la esperanza

El 17 de octubre de 1986, Juan Antonio Samaranch designaba a Barcelona como ciudad olímpica. Los barceloneses lo celebraron por todo lo alto. / FUNDACIÓ BARCELONA OLÍMPICA

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Javier Belmonte

El 17 de octubre del 2006, cuando se cumplían 20 años de aquel «À la ville de...» que Juan Antonio Samaranch pronunció en Lausana, Josep Miquel Abad, el hombre fuerte ejecutivo de la candidatura olímpica barcelonesa y una de las 30 personas que acompañaban al alcalde Pasqual Mara-

gall en la reunión suiza del COI, declaró a este diario: «Barcelona no supo aprovechar la inercia del 92. Perdimos mucho tiempo mirándonos el ombligo». Hasta llegar al «ensimismamiento», añadía. Cinco años más tarde, 25 después de aquel estudiado «... Barsalona» del presidente del COI, la cosa no ha mejorado y una de las peores crisis del capitalismo de todos los tiempos tampoco lo va a permitir a corto ni medio plazo. Esta es una crónica sobre tal como ya no somos. Ni quizá volvamos a ser.

Pero volvamos a aquel 17 de octubre de 1986, a Lausana, a la explosión de júbilo en la plaza de Cata-

lunya, a Jordi Pujol aplaudiendo ante una tele y rodeado de cámaras en su despacho de la Generalitat, a aquel Pasqual Maragall de gabán saltarín al viento flanqueado en Mont-

juïc por Pujol y Narcís Serra, ambos sonrientes, y ante 100.000 emocionadas personas. A aquel día tan intenso en el que los barceloneses recuperaron el orgullo de serlo y la esperanza en el futuro, y perdieron aquello que Félix de Azúa, en su memorable artículo del Titanic en El País había definido como «tristeza histórica de perdedores de ligas».

SIN MÓVILES, EURO NI CHAMPIONS / Inusualmente, la temporada 1984-85 el Barça de Terry Venables había ganado la Liga y meses antes de la nominación olímpica perdió estrepitosamente la final de la Copa de Europa de Sevilla. No había móviles entonces, ni euros -un dólar valía 175 pesetas- ni el Barça ganaba la Champions, fundamentalmente porque nunca se clasificaba. ¿Qué nos dejaron aquel «à la ville de ...» y los Juegos celebrados seis años después. Pues casi tanto como legaron los romanos de La vida de Brian a los judíos. La apertura al mar, las rondas, las tres villas olímpicas, el nuevo Montjuïc, los entonces controvertidos pirulís de Norman Foster y Santiago Calatrava, un plan de hoteles que levantó ampollas en un movimiento vecinal en franco retroceso, el urbanismo redistributivo socialdemócrata en los barrios periféricos castigados por el desarrollismo franquista, el turismo masivo durante tiempo denostado y ahora aplaudido en las encuestas como paño caliente para la maltrecha economía... Y la ilusión, el orgullo y el sentimiento de pertenencia a algo que Maragall, el ideólogo de todo aquello, concebía casi como una ciudad estado.

EN EL DISCO DURO DE CADA UNO / Como un 11-S o un 11-M, aquel 17-0 se ha grabado en el disco duro de los barceloneses de entonces. Todos deben de recordar qué hacían aquel día. Pero en los discos duros -como en los servidores de Blackberry- también se borran cosas. Porque de todo hace ya 20 años, decía Jaime Gil de Biedma, y de aquello ya hace 25. Aquel 1986 murió Enrique Tierno Galván, el llorado alcalde socialista de Madrid, y también Salvador Espriu, y solo en San Francisco 467 personas fallecieron de sida. Rock Hudson murió ese año del mismo mal e hizo que empezara a cambiar la percepción social de la epidemia. Felipe González logró la segunda mayoría absoluta para el PSOE, impuso el en el tramposo referendo de entrada en la OTAN y el 1 de enero España fue oficialmente admitida en lo que aún llamábamos Mercado Común Europeo y de paso descubrimos el IVA. ETA asesinó a Yoyes y TVE empezó a emitir por las mañanas. Y se aprobó la primera ley de extranjería: unas 50.000 personas pidieron tramitar los papeles cuando se calculaba que los foráneos eran 500.000. Los solteros de Plan (Huesca) recibían a su caravana de mujeres casaderas. Los grises iban de marrón cuando abrieron la verja de Gibraltar y saludaron a los bobbies. Gorbachov era elegido secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética y los mineros británicos volvían derrotados al trabajo tras un año en huelga contra las políticas neoliberales Margaret Thatcher. Y hubo un sangriento atentado en el restaurante El Descanso, de Barajas, frecuentado por militares estadounidenses de la cercana base de Torrejón. La policía habló de un misterioso grupo llamado Yihad Islámica.

¿Y en la flamante ciudad preolímpica? Pues abundaban las buenas noticias. La estatua ecuestre del dictador Franco en Montjuïc pasaba discretamente al interior del castillo; se reconstruía el pabellón Mies van der Rohe; en septiembre se inauguraban seis escuelas, cifra récord desde 1931. Se estrenaban parques, centros cívicos, plazas duras que daban vidilla a las polémicas en la prensa, escaleras en los empinados barrios de Collserola. Aún no se había inventado eso que hemos dado en llamar urbanismo preventivo.

EXPERDEDORES DE LIGAS / Dicen que la nostalgia siempre es reaccionaria. A veces lo dudo. En cualquier caso, siempre nos quedará el abrigo de Maragall levitando aquella gran noche sobre la ciudad, la sonrisa enigmática de Pujol -el president debía de estar pensando ya en aquel momento de gloria socialista que los Juegos Olímpicos serían catalanes o no serían- y las clamorosas ausencias de Felipe González. Y la multitud de gente anónima y exultante de alegría que protagonizó la portada de EL PERIÓDICO el 17 de octubre (no, la web, no, entonces tampoco había internet). Acabados los Juegos, en el 93 empezó una crisis. Otra crisis, mas de eso quién se acuerda.

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Tal como ya no somos. Pero al menos no nos ha vuelto a invadir aquella tristeza histórica de perdedores de ligas. Ahora, además de crisis de las gordas, ya hay móviles, webs y euros (estos, por el momento) y el Bar-

ça suele ganar la Champions.