La delincuencia urbana

La guarida de los carteristas

Exhiben fajos de billetes en los bares y ya están acostumbrados a las identificaciones policiales

Los ladrones habituales del metro se reúnen cada día entre la calle de Salvà y la plaza de El Molino

Uno de los carteristas habituales del metro (con camiseta blanca) en la calle de Salvà con un menor, el lunes.

Uno de los carteristas habituales del metro (con camiseta blanca) en la calle de Salvà con un menor, el lunes. / DAVID PLACER

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DAVID PLACER
BARCELONA

Al final de su jornada laboral, buena parte de los carteristas del metro de Barcelona se dirigen a la plaza de El Molino, en la avenida del Paral.lel.  Allí se reúnen, a pasar la tarde, a revisar sus mensajes de móvil, a sentarse en los bancos y en las aceras. No es un secreto para nadie en la zona: ni para los comerciantes, ni para los vecinos ni tampoco para la policía, que constantemente coordina acciones para identificar al grupo de personas, generalmente gitanos rumanos, que deambulan por la zona.

El 28 de junio pasado, un grupo de carteristas era sorprendido por una pareja de agentes secretos de los Mosssos mientras robaba a un turista inglés en la estación de Diagonal. La semana pasada, el mismo grupo fue detenido y liberado hora y media después para intentar delinquir de nuevo, como publicó este diario. El lunes pasado, uno de los miembros de la banda paseaba por el Paral.lel. No buscaba carteras. Iba abrazado a su chica. Minutos después otro carterista (en la foto) que aplastó la mano de un vigilante de seguridad en la estación de Jaume I la semana pasada entraba en un locutorio de la calle, fumaba un cigarro en la entrada mientras esperaba a su compañera de trabajo. Minutos después, se sentaban en la plaza. El lunes era su día de descanso.

EL TRIÁNGULO MOLESTO / Los vecinos de la calle de Salvà denuncian de forma reiterada las constantes reuniones de los grupos de carteristas frente a sus comercios favoritos: un locutorio, un bar y un colmado. «Es el triángulo de los carteristas», dice un vecino. Allí compran bebidas, se reúnen, van y vienen y organizan comidas en medio de la calle, casi siempre dejando un rastro de basura sin recoger, según los vecinos. «Las mujeres siempre andan con los billetes entre los pechos. A veces los reparten», asegura Antonia. «Yo he visto cómo se reparten lo que roban en el metro. En plena calle. A veces llevan dólares», agrega Luis, otro residente del barrio.

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Algunos vecinos han prestado sus ventanas y balcones para que los Mossos d'Esquadra graben vídeos del movimiento de la calle. Las acciones policiales han incluido la revisión de los locales frecuentados por los carteristas, pero la policía nunca ha encontrado ningún motivo de peso para cerrar los establecimientos. El lunes pasado, la Guardia Urbana identificaba a hombre en la calle de Salvà y se lo llevaba en el coche patrulla. Pocos minutos más tarde, los Mossos identificaban a los clientes del bar Riera Alta.

Los comercios regentados por españoles se niegan a servirles. Aseguran que ocasionan molestias y que, ante algún despiste, los carteristas también pueden robar a los clientes de las mesas vecinas. «Solo les doy las cosas si son para llevar. No los quiero sentados en la mesa. Ellos ya lo saben y no insisten», asegura la encargada de un bar de la plaza de El Molino. Los vecinos aseguran que los jefes de la banda viven en un piso de la calle de Salvà donde acuden los carteristas para repartir el botín.