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Inquietud por los siniestros en la capital catalana

Soluciones para la moto

El 69% de los accidentes con víctimas tienen como protagonista a un vehículo de dos ruedas

Barcelona amplía la duración del semáforo rojo en ocho cruces peligrosos para evitar colisiones

CARLOS MÁRQUEZ DANIEL
BARCELONA

ABarcelona, en materia de motos, no le queda otra que inventar. La tentación de compararse con Roma es comprensible, pero la capital italiana, con un transporte público muy deficiente, y con un tráfico de dibujos animados, no sirve como paradigma, sino más bien como alivio que lleva al engaño. Inventar; no hay otra. Las cifras de accidentalidad de las dos ruedas preo-

cupan y mucho. Hay que actuar sin esperar una conducción más responsable. Los controles no bastan y no ayudan a la imagen de la Guardia Urbana. La solución está en la calle, en aplicar sistemas como la ampliación del tiempo de rojo semafórico total en los cruces más peligrosos. Ya se ha probado y el resultado es inmejorable. Y ahora se extenderá a algunas de las intersecciones en las que más motoristas se han visto implicados en accidentes frontolaterales.

Manuel Haro es el jefe de la unidad de accidentes de la policía local de Barcelona, pero vestido de calle parece más un filósofo de la movilidad que un agente de la ley. Acepta la invitación de este diario de tomar el pulso a la situación de la moto e inicia su disertación con una premisa tan poco optimista como objetiva: «hay dos grupos de motoristas, los que se han caído y los que se van a caer». Tras mucho versar sobre actitudes, automatismos mal llevados, ninguneos a las señales horizontales y malas ideas como el casco abierto, Haro detalla cuál es el plan para esos cruces conflictivos. «Se trata de ampliar de tres a seis segundos el tiempo en el que las dos calles que se cruzan están en rojo», resume.

COBIJAR AL INFRACTOR / ¿Pero esto no implica dar cobijo al conductor infractor y dejarle más tiempo para que pase cuando el poste luminoso le dice lo contrario? «Así es, pero nuestro objetivo es garantizar su seguridad, sin esperar que cumpla las normas», concreta el agente. Ese no esperar suena a lanzamiento de toalla en toda regla, una rendición ante «un colectivo que parece no ser consciente de los riesgos a los que se somete» y que quizás soltaría algo de gas si asumiera que tiene hasta 15 veces más probabilidades de sufrir un percance que un automovilista.

La Guardia Urbana localizó una quincena de cruces donde se habían registrado varios choques en los que un vehículo de dos ruedas había interpretado el semáforo a su antojo. En dos de ellos -València con Sicília y Muntaner con París- se pusieron a prueba esos seis segundos de núcleo desierto, y en los siguientes 12 meses no hubo ni un solo accidente cuyo origen fuera el ninguneo del rojo. Celebrado el éxito de la medida, cogieron el resto de intersecciones, se sentaron con los responsables municipales de Movilidad y analizaron cuáles podían integrar el cambio y cuáles no, teniendo en cuenta cuestiones vinculadas a la fluidez del tráfico. Durante este mismo mes, serán otros seis puntos (ver gráfico) los que cambien su tiempo semafórico.

EVITAR TRAGEDIAS / Conocer el comportamiento permite adelantar acontecimientos, y en el caso de la moto, evitar tragedias personales e intentar reducir ese 69% de accidentes con víctimas en los que hay una moto implicada. La actitud del vehículo motorizado de dos ruedas es muy volátil, pero hay ciertos automatismos coincidentes, como la circulación por los laterales en las calles con muchos carriles. Haro detalla el caso de Aragó: «Es una vía con mucho coche en doble fila. Los automovilistas evitan los extremos porque conocen esta circunstancia, pero las motos la aprovechan porque pueden esquivarlos con facilidad y avanzar con mayor rapidez». Los automatismos son uno de los peores enemigos de la moto. Hace escasos días, un motorista que bajaba por Bailèn no vio que el semáforo estaba estropeado e interpretó que estaba verde. Resultado: trompazo contra un coche que cruzaba por Consell de Cent. «Yo lo he visto verde, yo lo he visto verde», repetía, mientras aguardaba la ambulancia.

Otro automatismo, o más bien dicho, otra mala costumbre de los moteros, es entender que el ámbar es una invitación a dar gas antes de que se ponga rojo. «Es un fenómeno inexplicable. Parece que los motoristas han olvidado que el naranja implica frenar y no acelerar para poder cruzar», comparte un perplejo Haro. Las prisas tampoco son un buen compañero de viaje. El jefe de la unidad de accidentes de la Urbana recuerda el caso de una chica que se fue al suelo hace escasos días. Dejando a un lado el contexto del siniestro, cuando la policía hurgó en la historia salió a la luz que la joven llegaba tarde a una reunión que había empezado cinco minutos antes. «Acababa de recibir una llamada en la que le preguntaban dónde estaba», explica Haro.

«En un accidente hay un cúmulo de casualidades. La Guardia Urbana puede poner más controles, pero al fin y al cabo, la capacidad de pensar la tiene el motorista». Si todavía no se han caído, sean la excepción que cumple la norma.