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a pie de calle

Hay un fantasma en el claustro

CATALINA GAYÀ

P rimero voy de día; por si acaso. Cuentan en el Raval que un fantasma recorre el patio del antiguo Hospital de la Santa Creu y acudo en busca de esa alucinación. Con paso seguro, entro por la calle del Carme sin saber que, quien lo ha visto, asegura que ese fantasma deambula por el claustro entre la fuente y la cruz barroca. Me enteraré más tarde. Ahora invado su territorio a ciegas. Huele a hachís y a meados.

Lo primero que avisto son unas mesitas con libros y un hombre corpulento con unas tijeras en la mano. ¿Será real? El hombre, que mantiene a raya rosales y parroquianos, se llama Bernardo y hasta el viernes era el encargado de la biblioteca en El Jardí. Bernardo reparte periódicos, presta libros con etiqueta de la biblioteca y mantiene este ala del patio en una calma tensa.

Antes era coto de yonquis; ahora el espacio se ha democratizado y hay estudiantes, toxicómanos, jubilados y vecinos. Interpelándolos por su nombre, Bernardo pide a un grupo de chicos, algunos enganchados a la metadona y otros con huellas de heroína en las carnes, que se sienten tranquilamente. Ese ya no es solo su territorio; ahora es de todos. Le hacen caso y organizan una partida de dardos cuya diana es un árbol. Apuntan, tiran, aciertan.

Zombis y vampiros

Uno de ellos grita que Nicolas Sarkozy está expulsando gitanos en Francia: «No hay derecho si son europeos». Lo leyó en un periódico que le prestó Bernardo. ¿Hay fantasmas? «Aquí hay vampiros, zombis, murciélagos -dice Bernardo- pero son de carne y hueso. Yo estoy recogiendo firmas par que se mantenga el servicio porque quieren quitarlo por el frío». Un vecino coge un periódico. Bajo el brazo lleva un libro de título inquietante: La Muerte, una reflexión.

Debo seguir. Atravieso el patio. Los árboles se reflejan en las ventanas cerradas de la capilla y unos estudiantes se besan en un recoveco de la escalera de la biblioteca de Catalunya. En un cartel se lee que, en el siglo XI, este lugar fue hospital de peregrinos. En el siglo XV, «afollats, contrets, nafrats, infants gitats» aliviaban su dolor entre estas paredes.

La puerta de la capilla está abierta y el viento mece la cortina negra. No entro. Los chicos de la cafetería El Jardí tienen información sobre el fantasma. Aseguran que de noche «pasan cosas raras». «A veces, cerca de la fuente se ve una luz diferente a la que utilizan los guardias para hacer la ronda. Es como de farolillo. Aparece cada vez que remueven la tierra. Aquí hubo mucho sufrimiento, muertos, siempre encuentran huesos», explica Pablo Lippo. ¿Podría ser el espectro de Gaudí? ¿De Rafael Casanova? ¿De un tullido? No se sabe, pero muchos pasaron sus últimas penas aquí. Mente racional, Pablo intenta buscar un argumento a la luz misteriosa. No lo encuentra. «Lo que se ve es una silueta, no sé si es un fantasma». Dicho esto, se cae una de las estufas de pie. El tiempo y las caras se paralizan. No hiere a nadie, pero no se sabe cómo ha ocurrido. Una ráfaga de nafatalina aturde mi nariz.

Desde la cafetería oteo la puerta abierta de la capilla. Una artista ha conseguido que la luz se haga por 31 de las aperturas. Durante dos décadas, la capilla había estado en penumbras. El sol se cuela en la entrada. En el coro se vislumbra una silueta. ¡Es una estatua de la fachada de Hospital! Me giro. Hay un haz intermitente en la bóveda. ¡Es una paloma! Regreso de noche. Ya no camino con paso seguro y me refugio en El Jardí. La verdad, no me atrevo a deambular por el claustro. La cruz me intimida. Me digo a mí misma que quizá haya un gato.

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