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DAVID TRUEBA: 'El rey ha muerto'

Al monarca de la república de los cómicos le divertía ejercer de señor con mala leche para huir de plastas

DAVID Trueba / CINEASTA I ESCRIPTOR

Sostenía Fernán Gómez que los actores formaban un mundo particular, ajeno al mundo real. No respondían a ninguna autoridad ni moral que no emanara de las particularidades de su oficio. Tenían la entrada prohibida en clubes de élite, en hoteles de lujo, eran ovejas negras entre las familias respetables, pero a cambio disfrutaban del amor libre antes que nadie, de la personal opción sexual, de la bohemia noctámbula. Puede que muchos carecieran de hogar o de nómina, de plan de jubilación y hasta del derecho a ser enterrado en tierra sagrada, pero no les faltó jamás quien les invitara a una última copa. Esa república de los cómicos tuvo en España un rey: Fernando Fernán Gómez. El rey ha muerto. Viva el rey.

La tristeza es infinita para aquellos que perdemos la oportunidad de volvernos a sentar al calor de su conversación. El vacío es inmenso para los que escrutábamos en su mirada siempre juvenil los latigazos del ingenio. Nos queda la impagable fortuna de haberlo conocido. No sé si ahí fuera, en el mundo real, donde las cosas van tan rápido, habrá tiempo para detenerse a valorar lo que se va. Tampoco importa demasiado, Fernando fue un lujo, y ya se sabe que los lujos casi siempre son íntimos y privados. Queda, para quien esté dispuesto a apreciarlo, la exposición de talento que es su legado artístico.

Fernando fue un hijo natural. Su madre, Carola Fernán Gómez, le dio a luz en Lima en agosto de 1921, durante una gira con la compañía de Fernando Díaz de Mendoza y María Guerrero. Ese supuesto trauma de hijo no reconocido fue vivido por Fernando con la naturalidad de quien ya se sabía ciudadano de un mundo elegido: el de los cómicos. Para terminar de superarlo solo hizo falta que entre sus lecturas compulsivas de adolescencia se cruzara Los Miserables de Victor Hugo, que fue para siempre su libro predilecto. Confesaba que jamás a lo largo de su profesión había encontrado un placer mayor que el de los ensayos en la escuela de formación de actores de la CNT donde entró a los 16 años. Siempre sostuvo que la presencia del público, en cierta manera, limitaba el placer privado de un actor. Así era Fernando, si querías tópicos tenías que ir a buscarlos a otra parte.

Decía no elegir las películas, solo ponía algunas condiciones para aceptarlas: tener fechas libres y que le pagaran su sueldo. Por supuesto que no hubiera escenas de riesgo físico y a ser posible que "el actor", como especificaba su contrato, no montara a caballo ni cantara ni tocara algún instrumento musical. Trabajó con la gente más significativa de la historia del cine español, desde Saénz de Heredia, Edgar Neville, Berlanga, Nieves Conde, Saura, Gutiérrez Aragón, Erice y Armiñán hasta directores más jóvenes que en plena transición lo adoptaron como propio sin ningún trauma generacional.

Dejó el teatro porque, según decía, "no me gusta que la gente me mire mientras trabajo". Sus siete décadas de actor profesional le dejaron tiempo para ser un gran director de teatro y cine. Filmó una de las grandes comedias románticas de nuestro cine, La vida por delante; luego sufrió la atrofia de la exhibición local con su negra película El extraño viaje, que tardó cinco años en poder estrenarse. Rodó la más absurda y destrompoñante adaptación de La venganza de don Mendo y en los años 80 la película definitiva sobre la profesión de cómico de la legua en el siglo XX, El viaje a ninguna parte.

La obra teatral Las bicicletas son para el verano y su libro de memorias El tiempo amarillo son dos sus cumbres literarias. Ganó premios, distinciones y hasta un sillón en la Academia de la Lengua, y todo lo agradeció con el mismo gesto de las manos enlazadas, que era su saludo libertario característico. Pero donde fue imbatible es en el oficio de conversador, bebedor y amigo. Escucharle hablar con un whisky en la mano era un espectáculo asombroso. El humor, la falta de solemnidad, la memoria y la libertad de ideas le convertían en alguien capaz de decir algo inédito sobre cualquier asunto. A sus amigos los hizo reír, pero también les dio techo, dinero y de beber. Lo hacía por el placer que obtenía para sí.

Fue un tímido casi enfermizo. Le divertía ejercer de señor con muy mala leche, decía que eso le liberaba de los plastas, especie abundante que depreda en torno al famoso sin hacer distinciones. Le gustaban una enormidad las mujeres hermosas, ante la belleza femenina sus ojos centelleaban. La última vez que nos vimos, hace unas semanas, brindamos porque era mi cumpleaños, acababa de ser el suyo y porque teníamos pendiente celebrar algunas cosas que nos habían ido bien y un nuevo proyecto en el que nos íbamos a embarcar. Estaba guapo, alegre, ingenioso. Nos hizo reír y al despedirse apretó la mano y repitió lo que siempre decía: "Me encantan estas visitas, no dejéis de venir". Una vez nos dijo que lo que le provocaba el llanto era tener la certeza de que tras la muerte no volvería a ver a sus amigos más queridos. Esa certeza compartida es la que hoy, Fernando, provoca estas lágrimas.

Temas: David Trueba