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Arctic Monkeys, el poder del acné

JORDI BIANCIOTTO / BARCELONA

Del rock seguimos pidiendo que sea sinónimo de excitación, creatividad, ingenio y (opcional) un punto de incorrección. Ingredientes que se amontonan con desorden, un poco en bruto, en la propuesta de Arctic Monkeys. Quizá este cuarteto de rostros pálidos con acné no salve el futuro de la música, pero, a estas alturas, con su segundo disco a punto y un año largo de rodaje escénico a sus espaldas, ya saben cómo resolver una noche de sábado con canciones angulosas y un directo rocoso y estridente.

Entradas agotadas desde hace semanas, cámaras de MTV en acción, público familiarizado con el repertorio del grupo vía iPod (con cierta presencia de fans británicos) y sensación de asistir a una noche de consagración de la última next big thing catapultada por la prensa británica, esta vez, todo hay que decirlo, a remolque de internet.

Y si, hace un año, el grupo de Sheffield dejó un rastro de promesa corta de cocción, esta vez hubo más quórum: los chicos han crecido y han aprendido a manejar su armamento.

Espíritu de garaje

Un arsenal resistente, heredero de los destrozos de The Who, de los dardos melódicos de los Buzzcocks y de tantas otras páginas del rock de la vieja Inglaterra. Sin preámbulos ni liturgia escénica: el grupo comenzó a andar en Razzmatazz enchufando guitarras y atacando dos canciones de su nuevo disco, Favourite worst nightmare (a la venta el 23 de abril), duras y compactas, con ese acabado de rock de garaje ensayado tras la clase de recuperación de química. Y la tercera canción de la noche ya irrumpió para matar: I bet you look good on the dancefloor, una de las joyas de la corona.

El carisma escénico no es aquella virtud por la que la banda será recordada. Pero los focos apuntaban más hacia la propia música que a sus ejecutantes. Canciones tocadas por esos títulos gloriosos, como You probably couldn't see for the lights but you were staring straight at me (Probablemente no podías verlo por las luces, pero estabas mirándome justo a mí), un batido de punk-pop desesperado con un poco de factor hooligan.

El grupo las alternó con media docena de estrenos, como su sencillo Brianstorm, ricos en despliegues atronadores, urgencia rítmica y estribillos de ciudad dormitorio. Y para la recta final se reservaron cuatro cartas ganadoras de su primer disco: The view from the afternoon, Dancing shoes, Fake tales of San Francisco y A certain romance, a golpe de machete, exorcizando los espíritus de The Jam y Madness, pinchando hueso. Una hora de reloj. Sin bises.

Iniciando una campaña 2007 que se prevé intensa, el grupo marcó territorio con un concierto rotundo. Abandonaron Razzmatazz planteando, no obstante, ciertas dudas sobre su esquema operativo. Arctic Monkeys es ese grupo aupado vía internet, símbolo de un nuevo modelo alternativo de show business y saludado por traer aire fresco a la escena, que, una vez conquistada la cima, prohibe todo acceso a su nuevo disco hasta el día D e impide la entrada a su concierto barcelonés a los fotógrafos de todos los medios de la ciudad. Sí, los chicos han crecido, y rápido.

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