11 joyas
que esconde
el paseo
de Gràcia

Poca presentación necesita el paseo de Gràcia, antaño el camino de unión entre la ciudad y el independiente municipio de Gràcia y hogaño sede de las tiendas más lujosas de Barcelona solo aptas para turistas o vecinos con posibles. Entre medio ha habido espacio para ser la zona de ocio preferida de los barceloneses más adinerados con los desaparecidos Camps Elisis, Prado Catalán y los jardines Euterpe, Tivoli, Criadero y Nimfa repletos de restaurantes, teatros, salas de bailes, conciertos y todo tipo de atracciones. Y después ser zona de residencia de estos mismos burgueses.

Era el espacio ideal para ver y ser visto. Lo tenían claro todos los que se preciaban de ser alguien en la Barcelona de principios del XX: el político Francesc Cambó no escondía su paseo diario por la vía y conocida es la anécdota de la rica heredera textil Maria Regordosa, a la que gustaba indicar el destino a su chófer con un expresivo “Anem a fer el merda al passeig de Gràcia (vamos a presumir por el paseo de Gràcia)”.

En la arteria levantaron su hogar las principales familias de la ciudad que no escatimaron presupuesto para convertir sus residencias en reflejo de su poder económico. Conocidas y apreciadas son las joyas de la corona: las famosas casas Batlló, Lleó Morera, Amatller y Milà, pero en el bulevar cada inmueble esconde una historia o muchas, y todos los que han sobrevivido merecen una mirada.

Ahí va una selección, aleatoria e incompleta, de otras joyas, que no son las más renombradas, que esconde el paseo de Gràcia.

1. Casa Pascual i Pons

El primer edificio del paseo de Gràcia que llama la atención es la casa Pascual i Pons. En realidad, dos casas levantadas al mismo tiempo, entre 1880 y 1881, por el mismo arquitecto, el ecléctico Enric Sagnier, para albergar a dos ramas de una misma familia.

Destaca por su estilo neogótico con las dos torres, una circular y otra poligonal, que se erigen en las esquinas de Ronda Sant Pere y Casp, por las ventanas aparejadas, los arcos apuntalados y por la fachada de piedra.

Años ha los bajos albergaron dos comercios tan históricos como olvidados: la vaquería Pons, decorada por el modernista Alexandre de Riquer, y la Sastrería Comas, con un magnífico interior estilo imperio firmado por el propio Sagnier.

2. Casa Rocamora

A la casa Pascual i Pons le sigue la casa Rocamora, tres edificios que comparten una monumental fachada y que pasan por ser el conjunto residencial más grande del paseo de Gràcia. Llevan la firma de los hermanos Bassegoda, Joaquim y Bonaventura, dos arquitectos modernistas con querencia por la corriente gótica que imperaba en el momento de su edificación, a principios del siglo XX.

Destacan las cinco cúpulas cubiertas de cerámica de colores anaranjados cuyas tonalidades cambian en función de la luz que reciben y el aire de fortaleza medieval que le confiere el torreón circular que se levanta en la esquina de la calle de Casp. En eses punto sobresalen, también, las imponentes y singulares tribunas que adornan cada una de las plantas. Otro de los elementos a tener en cuenta es la decoración escultórica de piedra de todo el conjunto.

3. Palau Marcet

En la esquina con Gran Via luce uno de los pocos palacetes urbanos que se conservan en el Eixample: el Palau Marcet, que desde 1960 alberga los cines Comedia. Antes de ser sala de proyección fue teatro y para su construcción se derribó el suntuoso interior del edificio realizado por artesanos de la talla de Eduard Llorenç, Joan Parera, Antoni Rigalt, Joan Balletbò y Francesc Roig. El jardín, también desaparecido, descansa bajo los cimientos del Hotel Avenida Palace.

El palacio, de estilo ecléctico y aire afrancesado, fue un encargo realizado en 1887 por el empresario Frederic Marcet al arquitecto Tiberi Sabater, autor de otro de los edificios del paseo de Gràcia, en el número 60, que merecen una mirada: la casa Olano también conocida como casa Elcano por la ornamentada escultura del navegante que luce en su fachada.

4. Joieria Roca

Frente al Palau Marcet brilla el único ejemplo que queda, tras la destrucción, en 2015, del interior de la galería Joan Prats, de establecimiento comercial de diseño puramente racionalista de Barcelona: la antigua Joieria Roca. La tienda fue proyectada, por fuera y por dentro, por el arquitecto Josep Lluís Sert en la década de los 30 del siglo XX por encargo del orfebre Rogeli Roca, amante de las nuevas vanguardias. El exterior sobrevive en su emplazamiento original, pero el mobiliario descansa en el Museu Nacional desde que en 2009 el comercio cambió de manos.

A tener en cuenta que en la esquina donde ahora luce la herencia del movimiento arquitectónico moderno en 1902 reinaba uno de los monumentos del modernismo: el café Torino, derribado en 1911 y con él la decoración que realizaron Antoni Gaudí, Pere Falqués y Josep Puig i Cadafalch. Ahí es nada.

5. Edificio Unión y el Fénix

En la siguiente travesía, en la esquina con Diputación, se alza uno de los edificios más monumentales del paseo, el que La Unión y el Fénix encargó, en 1927, al arquitecto Eusebi Bona i Puig para acoger la sede de la compañía de seguros. La monumentalidad era un imperativo del proyecto y esta se consiguió levantando una fachada semicircular y coronando el inmueble con un templete cuya majestuosa cúpula soporta las esculturas del ave Fénix y Ganimedes realizadas por Charles René de Saint-Marceaux.

El escultor francés no fue el único artista en trabajar en el edificio, los cuatro conjuntos de piedra que decoran el tercer piso de la fachada -alegorías de la industria, la agricultura, las artes y la navegación- llevan la firma de Frederic Marès.

6. Casa Pere Llibre

La casa Pere Llibre es uno de los pocos ejemplos que quedan de la fiebre orientalista que recorrió Barcelona, y Europa, a finales del siglo XIX. Aunque el edificio ha sobrevivido mutilado, ya que sus bajos fueron reformados a mediados del siglo XX y la original decoración neomudéjar fue sustituida por dos relieves de estilo art-decó firmados por Enric Cluselles Albertí.

Aunque peor suerte sufrió su melliza, la casa Vilomara, separada (o unida) de la primera por un espectacular arco con motivos arabescos que daba entrada a un pasaje al final del cual se erigía el Teatre Espanyol. Ambos sucumbieron a la piqueta, la casa Vilormara en 1915; la sala, en 1889. El artífice del trabajado conjunto fue el maestro de obras Domènech Balet.

7. Hotel Mandarin

Los cuatro conjuntos escultóricos del edificio La Unión y el Fénix no son las únicas piezas de Frederic Marès que acoge el paseo de Gràcia, el que se considera el escultor con más obra pública en Barcelona dejó su huella en los bajos de dos inmuebles más de la vía.

Son, quizá, sus piezas más escondidas y desconocidas, de hecho, pocos transeúntes se fijan en los relieves que adornan las tres puertas de entrada de lo que hoy es Hotel Mandarin y en su día fue sede del Banco Hispano-Americano o en el acceso del edificio del número 51, antaño sede del Banco Vizcaya y hoy establecimiento comercial.

Las dos entidades bancarias fueron los comitentes de estos relieves que beben del noucentisme pero recuerdan el realismo socialista y que simbolizan el progreso y el trabajo.

8. La Casa Vídua Marfà

Cuatro travesías más arriba sobresale una de las entradas de carruajes más elegantes de la ciudad, la que alberga la casa Vídua Marfà y a la que se accede desde una apertura porticada formada por tres arcos de medio punto y columnas de fuste corto y capiteles florales. El vestíbulo y la escalera principal son igual de elegantes y monumentales: es obligado fijar la vista en la claraboya de hierro y cristal policromado que cubre el espacio.

El edificio fue proyectado por Manuel Comas i Thos entre 1901 y 1905 y responde a la arquitectura historicista con elementos modernistas en la planta baja y góticos en la fachada: ahí están las tribunas, la logia y las impostas además de la galería medieval del último piso y las dos torres que flanquean la fachada.

9. Palau Robert

En la esquina con Diagonal, aparece la más neoclásica de las construcciones que alberga el paseo de Gràcia: el Palau Robert. Un edificio que su promotor, el financiero, político y aristócrata Robert Robert Surís, no quería modernista y de ahí que se la encargara a un arquitecto francés, Henry Grandpierre. Se construyó con piedra del Montgrí y con tres fachadas, la principal mirando al fantástico jardín, aún en pie, que diseñó Ramon Oliva y cuyas palmeras provienen de la Exposición Universal de 1888.

En 1934, la familia pensó en derribarlo para levantar The Lido: hotel, sala de fiestas, teatro, cabaret y frontón. La operación no prosperó y en 1936 el palacio pasó a ser sede del Departament de Cultura. Tras diversos vaivenes después de la Guerra Civil –vuelta a manos de la familia, compra por parte de Julio Muñoz Ramonet y el Banco Central- en 1981 fue adquirido por la Generalitat y convertido en centro cultural.

10. Casa Fuster

Fue la última casa particular proyectada por Lluís Domènech i Muntaner, la envidia de la Barcelona burguesa, el edificio más caro de la ciudad en construirse por los materiales utilizados y el primero en usar mármol blanco en su fachada. Y pese a ello estuvo a punto de ser derribada en 1962, cuando lo adquirió la empresa ENHER. La salvaron las protestas de los vecinos. Es la casa Fuster, la vivienda que el empresario Mariano Fuster i Fuster encargó, en 1908, como regalo de bodas para su mujer, Consuelo Fabra. De ahí las iníciales que aparecen en el rosetón de una de las fachadas.

Pese a su monumentalidad, la obra no se completó exactamente como Domènech i Muntaner la pensó: le falta la cúpula que debía coronar la torre cilíndrica que ocupa la esquina del inmueble. Actualmente es un hotel pero ha acogido espacios tan dispares como el consulado de la Alemania nazi, la sede de las juventudes del POUM, el famoso Café Vienés y la no menos conocida sala de bailes El Danubio azul.

11. Farolas-banco

Uno de los elementos más característicos del paseo son las farolas, que también son bancos. Hay 32 repartidas por toda la vía y, pese a lo que muchos creen, no son obra de Antoni Gaudí sino del arquitecto municipal Pere Falqués i Urpí, autor también de las que lucen en el paseo de Lluís Companys y en la avenida de Gaudí, además de las fuentes de Canaletas y de Sant Pere.

Se inauguraron en 1906, entre fuertes críticas por su diseño que aúna un espacio para sentarse de ‘trencadís’ blanco y la propia farola, realizada con hierro forjado y motivos modernistas que finalizan con el escudo de Barcelona rematado por la corona condal con la figura de un murciélago, símbolo de la fortuna en época del rey Jaume I.

Un reportaje de EL PERIÓDICO

Textos: Natàlia Farré
Imágenes: Elisenda Pons
Infografías: Francisco José Moya
Coordinación: Rafa Julve y David Jiménez